miércoles, 8 de mayo de 2013

SAN LUIS DE LOS FRANCESES. Leonardo de Figueroa


Esta iglesia es el triunfo del barroco en la gran ciudad barroca de Sevilla.
El triunfo del poder de la imagen y el espacio que los jesuitas impusieron como una forma de educación por los sentidos, siendo uno de los principales valedores del arte barroco, como ya vimos en el Gesú.

En Sevilla ya poseían la casa profesa (la Anunciación) de maneras tardomanieristas, y ahora se crea la iglesia del noviciado.

Las obras, en parte patrocinadas por el propio rey Felipe V (que mantuvo la Corte en la ciudad entre 1729 y 33; el llamado lustro real) por su especial cercanía a este santo francés en donde realeza e iglesia se unían.

Con una planta sumamente centralizada (cruz griega con con brazos rematados en exedras) toda la construcción se resuelve en vertical, hacia la gran cúpula central.

Hacia ella nos dirigen de una forma vertiginosa las enormes columnas salomónicas  que terminarán por hacernos estrellar por la elevada, decorada y luminosa cúpula sobre esbelto tambor.

Toda la iglesia es el mejor ejemplo del horror vacuii del último barroco.Con múltiples retablos (obra de Duque Cornejo) y pinturas murales (Lucas Leal), los panes de oro, los espejos, las pinturas en trampantojo, las esculturas o las reliquias se confunden en un continum que desborda la percepción y crea una sensación de fastuosidad lejana a la experiencia habitual.



En medio de todo este maremagnum se desarrollan los principales temas de la Compañía (padres fundadores, obras de caridad...) con un especial interés por el tema de la muerte (tan barroco, como ya vimos) presente en las representaciones escultóricas (sus meditaciones) y la profusión de reliquias de las que ya hablamos aquí.



Al exterior la iglesia se resuelve con una fachada plana, levemente articulada por la decoración carnosa y nuevas columnas salomónicas, un puro telón antes de entrar al gran teatro sacro de su exterior que la trama urbanística del barrio rompe en múltiples visiones que se cuelan entre las callejas.


Sobre ella, y flanqueada por torres se impone la gran cúpula, íntimamente emparentada con la que ya analizamos de la Magdalena, llena de color gracias a sus revocados y sus tejas multicolores






























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