jueves, 26 de junio de 2014

PICASSO Y STRAVINSKI

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Habitualmente solemos separar las artes visuales de otras formas de cultura (literatura, música, danza) en compartimentos estancos, impidiéndonos ver cuántas relaciones tienen (y cuánto nos pueden ayudar las unas para comprender las otras)

Si queréis ver un ejemplo muy evidente de estas relaciones sólo hace falta pararse un momento a escuchar esta famosa consagración de la primavera de Stravinski (1913) con las Señoritas de Avignon de 1907 que ya analizamos aquí.


En ambos casos nos encontramos con dos obras de la vanguardia más radical que rompen definitivamente con las reglas de cada arte establecidas durante toda la edad moderna. Las Señoritas lo hacen con la perspectiva, el buen gusto o la belleza, el punto de vista único, el cuadro como ventana...; la Consagración con las ideas de línea melódica, de ritmo, de variaciones...
Ambas son la expresión máxima de toda una serie de pasos previos que habían ido socavando los respectivos artes desde la segunda mitad del XIX. Picasso es así deudor del escándalo programado de Manet, del mundo antiliterario de los impresionistas, de la búsqueda de la esencia de Cezanne, del color del primer Matisse o del redescubrimiento de las culturas no occidentales.
Por su parte Stravinski partía de los experimentos postrománticos, de los gestos de Mahler, del pictoricismo de Debussy, del serialismo de Ravel, de la ruptura escenográfica de Satie.
Las dos, también, son el germen de toda una amplia revolución (el cubismo o la música dodecafónica) y, a la vez, profundamente incomprendidas por el público (y hasta por sus propios colegas) en su momento de realización (el público insultó y formó un gran escándalo en la primera representación de la Primavera mientras el propio Braque le preguntó a Picasso delante de las Señoritas si lo que quería era hacerle beber petróleo)
Simplemente era un desfase entre creación y recepción en donde el artista provoca reacciones ante un público que aún no es capaz de asimilar todas las novedades presentadas, casi como un torrente impetuoso, ante sus ojos y oídos


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