viernes, 10 de octubre de 2014

LA VENUS DE MILO. UN CLASICISMO BASTANTE POCO CLÁSICO


Como ya analizamos en el Espinario, el neoaticismo fue un estilo ecléctico nacido por el ansia de coleccionismo de los nuevos ricos de Roma.
Explicábamos también que su clasicismo no es del todo genuino, sino más bien una pura sensación (acaso la que necesitaban los romanos acaudalados, más ansiosos de poseer que de degustar verdaderamente las esencias del arte clásico).
Fechada en tono al siglo II a C., su desconocido autor hace (según Elvira Barba) una versión de la Afrodita de Capua de Lisipo.

Hay también en ella un culto a la belleza cándida (y a la vez morbosa) de Praxíteles y su actitud nostálgica, de belleza abstraída en sí misma.

Quizás su mayor genialidad sea el ritmo ondulante que imprime al cuerpo, que genera una suave hélice en vertical, con unas medidas verdaderamente desproporcionadas que, sin embargo, resultan convincente, incluso bellas al modo clásico.

Junto a esto, el suave erotismo de su realismo (tan helenístico) del cuerpo o el pictórico juego de los finos pliegues (que tanto le debe a la Victoria de Samotracia), la han hecho famosa pese a sus evidentes carencias, pues sólo es necesario girar la figura para ver cómo se descompe su armonía, se gigantiza y pierde todo tipo de hermosura o erotismo.




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