jueves, 8 de enero de 2015

LA ANUNCIACIÓN DE VAN EYCK


 En el mismo momento en que en Italia comenzaba el Quattrocento, en el norte flamenco una serie de pintores (los llamados primitivos flamencos) llevaban a sus límites al tradición gótica, rompiendo con una parte del simbolismo medieval (en realidad escondiéndolo bajo una apariencia de realidad) para buscar una pintura óptica, realista y detallista hasta el extremo, tal y como gustaba a los grupos de grandes comerciantes y mercaderes que eran sus principales comitentes.
La revolución la inicia el maestro Campin y llega a su primera madurez en las figuras de Van Eyck y Van der Weiden.


El primero de ellos organizó su arte en función a la luz. La luz reflejada y proyectada pero también la luz como el instrumento para crear texturas y calidades.

Su técnica es tan minuciosa y genial que, sin ningún tipo de las teorías que corren en la Italia del Renacimiento, llega a una apariencia total de realidad y consigue los primeros trampantojos (trampa para el ojo, engaño visual) modernos.

En esta obra del museo Thyssen, de pequeño tamaño, tan típico de la piedad popular que las colocaría en pequeños oratorios privados, Van Eyck nos propone una ambigüedad ¿Es escultura, es una pintura?
Utilizando la técnica de grisalla y la iluminación, la escena de la Anunciación representa dos esculturas que proyectan sus propias sombras sobre el fondo (e incluso sobre los marcos fingidos de los cuadros o hacen reflejar sus siluetas en la piedra pulida que les sirve de fondo) para negar la representación bidimensional y crear una nueva realidad como las que podía plantear Andrea del Castagno en su Cenáculo o Mantegna en su famoso Cristo muerto (aunque estos utilizarán mucho más la perspectiva que la luz).

Para encontrar algo semejante en Italia deberíamos ir hacia Masaccio o, por supuesto, a Leonardo da Vinci, tan influido por esta escuela

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