sábado, 14 de noviembre de 2015

LA EPIGRAFÍA ISLÁMICA


En el Islam la escritura es algo más que un simple instrumento de comunicación. Para el musulmán, sea del país y lengua que fuera, la escritura en árabe clásico tiene un rango superior, pues es el idioma en el que Alá habló a los hombres, aquél que reveló la verdad del Corán al profeta Mahoma. Una verdadera escalera hacia la divinidad.


Este carácter divino, unido a la tradición poética preislámica (en lo esencial nómada, que sólo puede trasladar pequeñas e imprescindibles cosas) y a la prohibición (no tan férrea como se cree) de representar figuras para evitar la idolatría, hicieron de la caligrafía todo un arte mayor en el Islam.
Se crearon entonces distintas escuelas de calígrafos que desarrollaron los dos modos principales de escritura, la kúfica (más geométrica y dura) y la nasji (de formas curvas entrelazadas, creado por Ben Muqla en Bagdad).
En ellas (según Concepción Porras) "los rasgos verticales interrumpiendo los horizontales se definen como la esencia única que se deshace en la multiplicidad. mientras que la progresión del trazo marca el movimiento que va desde la acción hasta el corazón. la progresión por tanto del exterior al interior". 
Mientras la horizontal es historia, proceso, devenir; la vertical sería el constante ser, la esencia, la divinidad misma que recuerda la inmutabilidad y unidad dentro de la apariencia de multiplicidad y cambio.

Epigrafía kúfica. Mosaicos del mirab de la Mezquita de Córdoba

Epigrafía nasjí. La Alhambra.

Estas formas fueron utilizadas tanto en la escritura sobre papel (recogido desde los chinos en el siglo VIII) como en la arquitectura, normalmente realizada en materiales pobres que son recubiertos por completo (horror vacuii) por todo tipo de decoración, entre ella la epigráfica.
En ella se unen tres formas de lectura, según el conocimiento del visitante.
 La primera es puramente decorativa. Líneas que se desplazan de forma brusca o entrelazada y suave llenando largas bandas horizontales que recorren el muro. Si nos fijáramos un poco en ellas y deslizáramos los ojos por sus caminos comenzaríamos a descubrir una especie de ritmo repetitivo, una música en piedra y yeso que, en el fondo, es una de las principales (pero menos destacadas) del arte islámico.
Si supiéramos leer árabe, junto a esta función decorativa se encontraría otra iconográfica, hablándonos habitualmente de la palabra divina que lo invade todo (mezquitas pero también palacios, baños, objetos…), recordándonos la omnipresencia divina, la presencia de Allah en todos los rincones guiando al hombre en sus acciones más cotidianas (habría que recordar que la palabra Islam significa sumisión).

Mirab de la mezquita de Nashi Duruk. Irán. Museo de Pérgamo. Berlín.

Junto a ambas posibilidades habría una tercera interpretación que entroncarían con el mundo sufí (en tantas cosas parecido a la ideología zen).Estas palabras que flotan sobre los muros, su visión rítmica, la suave recitación de las mismas como si fuera un mandala, podría crear para el iniciado un estado más allá de lo sensorial que le pudiera llevar al éxtasis, el conocimiento de lo divino.



Como puede verse, la caligrafía árabe es mucho más que una simple escritura, es un arte y una forma de oración inspirada por el mismo Alláh, algo tan difícil de comprender por la mentalidad occidental.
 Por eso os recomiendo el libro de Yasmine Gatha La Noche de los Calígrafos (Siruela, 2005), por la capacidad que tiene de transmitirnos estas sutiles sensaciones de sacralidad que tiene un cálamo lleno de tinta rasgando sobre el papel.

Soy el morabito (ermita) de Dios. Mi tintero nunca cesó de hablar de sus gloriosas victorias. Su Trono nunca dejó de iluminar mi papel, mi sepultura
                                                     

La novela se centra en la vida de una mujer calígrafa en Turquía, enredando sus peripecias personales con el mundo (casi de realismo mágico) de sus sensaciones mientras escribe versos del Corán, justo en el momento en el que Turquía está entrando en una nueva fase occidentalizante de la mano de Mustafá Kemal, que insiste en la laicidad y cambia el alfabeto árabe por el occidental.
Es, además de todo, una bella historia femenina que busca la libertad sin perder sus raíces tradicionales. Algo que la imagen de la portada resume perfectamente. Una de las fotografías más conocidas de Shirit Neshath



Para saber más hay un fantástico artículo en
Y otro aún mejor sobre los tipos de letras  en


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