jueves, 7 de enero de 2016

RAFAEL. AURORRETRATO Y RETRATO DE GULIO ROMANO


El retrato, el último de su larguísima serie, siempre se ha encontrado rodeado por la polémica, pues no todos los autores se ponen de acuerdo sobre la personalidad de ambas figuras (aunque las últimas publicaciones de Joannides y Harris, apuestan por esta teoría).
De ser cierta el retrato es todo un tratado sentimental, el del viejo maestro (que morirá muy pronto pese a su juventud) y el joven aprendiz (una de las personalidades básicas de su taller y el que mejor fortuna tendrá tras la muerte de su maestro). Hay entre ellos un flujo que cariño que va más allá de lo puramente profesional y, acaso, toda una advertencia: la moderación que debe practicar el siempre impulsivo y fogoso Gulio Romano.
Técnicamente, Rafael trabajó en este retrato de dobles figuras como ya había hecho con el de León X, utilizando la diagonal como forma de entrada (oblícua) en el espacio pictórico, enlazando ambas figuras por el magnífico escorzo del brazo (en realidad un zig-zag de escorzos que recorre todo el cuadro), la mirada vuelta del aprendiz y el juego de correspondencias cromáticas (blanco contra blanco, negro a favor del negro).
Su pincelada llega a una sutilidad casi veneciana (¿influencias de Piombo o del propio Tiziano, cuya obra ya se conocía desde hace años en el Vaticano)


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