domingo, 6 de marzo de 2016

EL PRIMER MURILLO EN EL CONVENTO FRANCISCANO DE SEVILLA


San Diego de Alcalá y los pobres

El primer contrato relevante que tuvo el joven Murillo lo hizo con el monasterio de San Francisco de Sevilla (hoy desaparecido y que se encontraba en la actual plaza Nueva).
Fueron 13 cuadros que se encuentran dispersos por museos de todo el mundo tras el expolio que hizo (durante la Guerra de Independencia), el mariscal Soult.
La temática era común en la época, la exaltación de la Caridad y la Limosna como verdadera seña de identidad de la orden franciscana.
Para ello se sirvió de varios santos de la orden como San Diego de Alcalá (del que ya hablamos aquí y que se supone que es el rostro original, copiado de la propia bula de canonización) o el propio San Francisco.
En este cuadro (que abre el artículo) vemos claramente su aprendizaje tenebrista y realista (especialmente en el rostro del santo) derivados de los modelos de Ribera o Zurbarán, con fuertes contrastes de luces, preferencia de los cálidos...
Sin embargo, ya podemos empezar a encontrar en algunos punto del cuadro dos rasgos que será típicos de su pintura madura: una pincelada más suelta, que deja suavemente indefinidos los perfiles y un gusto por la idealización de los personajes que hace mucho más llevadera la pobreza (como ya vimos aquí)













La obra más interesante de todo el conjunto (actualmente en el Louvre), es la llamada cocina de los ángeles, que representa los numerosos éxtasis que sufría un hermano cocinero, Fray Francisco Pérez, y que le hacían levitar.
Mientras esto sucedía, los ángeles realizaban su tarea.
El milagro tiene unos curiosos testigos, el prior y dos caballeros de Calatrava que entran en este mismo momento en la cocina, dando así fe de lo sucedido (al fondo, casi escondido entre las sombras) tiene la misma experiencia, reaccionando de forma mucho más explícita que a mi siempre me ha recordado las maneras de Velázquez en la Fragua de Vulcano.
El formato, muy alargado, se resuelve con maestría a través de dividirlo en dos zonas (la más humana a la izquierda, la angélica a la derecha), con dos exquisitos ángeles como eje de simetría que percibimos en la primera mirada.
A partir de entonces nuestra atención se desvía hacia el fraile en éxtasis, rodeado de una aureola intensa (muy habitual en su obra), que a su vez nos invita a conocer a los recién entrados.
Desde allí, el espectador recorre ya de una manera habitual (izquierda-derecha) el cuadro, convirtiéndolo en una pura narración que nos dejará hechizados en la zona derecha y los quehaceres angélicos















En esta parte Murillo mezcla la tradición realista hispana (con un inmenso bodegón) y las figuras llenas de grazia (muy romanas en alguna de sus poses que recrean esculturas clásicas o recurren a las formas de putti) que consiguen esta perfecta unión de lo terrenal y lo espiritual en un espacio continuo en donde ambas realidades se entremezclan sin ningún tipo de fisuras (el Cristo entre los pucheros de Santa Teresa), que era, según Gállego, algo habitual en el barroco español que (frente al italiano) entiende lo celestial plenamente integrado en la realidad humana



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