martes, 19 de abril de 2016

EL BESO. RODIN


Como ocurrió en otras ocasiones, esta escultura se encontraba en el plan general de las famosas Puertas del Infierno, representando una historia moral extraída de la Divina Comedia: dos cuñados, Francesca y Paolo se enamoraron perdidamente y se entrelazan en un beso mientras leen la historia de Ginebra y Lanzarote, momento en el que son descubiertos por el marido de ella que los manda ejecutar, penando desde entonces en el infierno.

En las múltiples revisiones que sufrieron las Puertas el tema se independizó y se hizo a tamaño algo mayor del natural.

En esta escultura Rodin reafirma toda su admiración por Miguel Ángel, como es visible en el empleo del non finito, las anatomías (hercúlea la de él, blanda en la de ella íntimamente relacionada con las Tumbas Mediceas), la forma serpentinata que enlaza las figuras en un movimiento constante hacia arriba y que obliga al espectador a un movimiento semejante para observar la escena desde varios puntos de vista que desvelan y esconden sucesivamente los distintos elementos...

Pero como suele ocurrir con el escultor, a la tradición une la más irreverente modernidad, cambiando los dioses por hombres, eliminando el podium y, sobre todo, eliminando incluso los personajes para centrarse en algo tan etéreo (y poco representado) como un beso.

Pasamos así de lo moral a lo puramente sensorial, de la narratividad tradicional al efecto instantáneo, de las acciones al concepto, acercándose al simbolismo pero sin perder su anclaje humano y realista.



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