martes, 17 de mayo de 2016

MONEO. EL EDIFICIO HELVETIA


Precisamente ahora que la torre Pelli ha llegado a su conclusión (y lamentablemente ha confirmado las apreciaciones que ya realizábamos hace años), parece buen momento para echar un vistazo a una obra tan moderna como bien integrada en el entorno.

Evidentemente, jugamos con ventaja, pues al contrario que Pelli, Moneo siempre se ha caracterizado por proyectos singulares, bien trabajados y aún más estudiados para su entorno. Lo suyo siempre ha sido la modernidad que añade, no que rompe.
El edificio ya ha cumplido los 25 años y tal es su exquisitez que muchos visitantes de la ciudad no reparan en él (al contrario de lo que ocurre con la Torre Pelli o las famosas Setas de la Encarnación).
Su situación, entre la Giralda y las del torres albarranas almohades, era sumamente compleja, pues no debía competir con ellas y, a la vez, preservar un tramo de murallas conservadas.

Para ello, la primera decisión fue crear un edificio subrayadamente horizontal, que no compitiera con las torres y se adecuada a la idea de muralla que encierra.

Esta horizontalidad se conseguirá por medio de la estructura del paramento y la presencia de dos grandes cornisas voladas (casi a la manera de los palacios florentinos) que consiguen, además, un fuerte claroscuro sobre la fachada a la vez que la cierran en altura, generando en el espectador un movimiento visual de izquierda a derecha.

Estas dos cornisas crean así una estructuta tripartita, con una planta baja dominada por el ladrillo, y dos plantas con columnas de mármol de Macael, a la vez funcionales (realmente son vigas) como simbólica (nos traen el recuerdo renacentista, tan caro a la ciudad), siendo más destacadas las del piso intermedio, al que se le dota de un mayor significado visual.


El tejado se adorna con unas curiosas buhardillas a mitad de camino entre lo islámico y lo renacentista que vuelve a reivindicar la historia de la ciudad, su hibridación entre lo islámico y lo clasico.
De la misma manera, la luz es utilizada para resaltar las hiladas de los ladrillos y para crear una inscripción al modo romano, con las letras hechas en hueco-relieve sobre el muro.

Para eliminar, además, la pesadez de un bloque demasiado alargado, Moneo vuelve a hacer de las suyas con la distribución de las ventanas y un juego (casi constructivista) de rematar las esquinas.



En su fachada principal Moneo abre uno de sus característicos vanos que realmente no es la entrada al edificio, sino a la historia. Cuando el paseante entra en él (como en un pasaje) encuentra, a su frente, cómo el edificio se desvanece en su interior, adelgazándose para no irrumpir en la muralla aún conservada.
Las ventanas interiores han cambiado por completo, transformándose en una corrala moderna que crea un efecto intimista de patio de vecindad.

Por el contrario, a la salida, el visitante se encontrará con la última sorpresa: la torre del Oro enmarcada en su vano
























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