lunes, 28 de noviembre de 2016

MARGARITONE DE AREZZO. SAN FRANCISCO


Antes de las grandes figuras de Duccio o Cimabue, existieron una serie de autores menores que lograron ir rompiendo con la maniera greca (bizantina) que había dominado el románico (Sant Angelo in Formis) y el primer gótico (Pietro Cavallini).
Ahora nos pueden parecer toscos, e incluso un tanto infantiles, pero habría que ponerse en su contexto para comprender la gran aventura intelectual que estaban iniciando: separarse de un modo de hacer que llevaba siglos instalados y, por primera vez, cuestionar las reglas "casi sagradas" de la pintura, y pasar de idealismo platónico a un aristotelismo que acepta la realidad como objeto de la pintura (y no su idealización absoluta bajo esquemas intelectuales previos)
Así es cómo deberíamos entender el inicio de la perspectiva en su tosca casulla, la realidad de su cíngulo o la expresividad de la mirada.
Están empezando a traducir un sentimiento, el franciscano, que amaba el mundo y apelaba a los sentidos y las emociones para conocerlo, que serán básico en los pintores de Trecento (aquí lo analizamos con mayor profundidad).
El autor, Margaritone de Arezzo, trabaja en el siglo XIII y será citado por el mismísimo Vasari


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