lunes, 27 de marzo de 2017

VAN GOGH EN ARLES (1). un clasicismo japonés


Cuenta Vincent Van Gogh en sus cartas a Theo que, al llegar a Arlés, un manto de nieve lo cubría todo pero, al par de días, cuando calentó el sol y se derritió el manto blanco, una primavera repentina llenó todo de luz y color. Fue entonces cuando el pintor comprendió que había llegado a sus propios sueños

"No necesito estampas japonesas porque siempre digo que estoy en Japón"

Lo que había buscado en ellas, de repente lo tenía delante de sus propios ojos: una Naturaleza transformada por la luz y el color que hacía empalidecer sus referentes impresionistas.
Comenzó así una etapa en donde todas sus intuiciones anteriores se convierten en puras realidades, abandonando el color local impresionista por otro absoluto, cada vez más saturado e intenso.
Comenzó a pintar los árboles frutales en sus huertos, los puentes sobre los canales del Ródano ("buscando lo efímero en lo eterno" Walther), los campos cercanos, las marinas de Saintes Maries sur Mer...

Los motivos japoneses se repiten mientras el pintor siente renacer en su interior un edén prodigioso, tan colorista como sereno en donde poder poder crear.
En su mente, además, comenzó a imaginar una comunidad de aristas en este paraíso oriental que culminará (terriblemente) con la llegada de Gauguin.

Los paisajes de este periodo se caracterizan por su composición ortogonal, de amplias perspectivas en las que se suceden los campos de color que cada vez más se decantarán por el contraste entre amarillo y azul-violeta.
Sin embargo, pronto todo cambiaría...



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