El cuadro más bello, diría Proust.
Un cuadro extraño, uno de los de mayores dimensiones que pintara el pintor, uno de sus escasísimos paisajes (frente a sus escenas de interior)Para él utilizó un telescopio invertido que creaba un frente más lejano y un primer plano más amplio.Por lo demás, utilizó las proporciones típicas del paisaje holandés. Casi dos tercios para el cielo que aquí se amplían con los reflejos de su luz vacilante en el canal.Con ellos convierte a la luz en el protagonista total de la obra (incluso en sus juegos de luz directa y luz filtrada entre las nubes que se multiplican en casas y torres).Una luz que maravillaría a los impresionistas. Pues era la misma luz que buscaban ellos, efímera, cambiante, una luz que construía y destruía sin cesar, una luz fenomenológica, óptica, que hiciera del tiempo algo extremadamente complejo y de la eternidad un puro deseo frente a lo cambiante, contingente.Una caja traslúcida de algodones apilados, como muy pronto veremos.
La vista de Delf (Ana Molinero)
















































