Todo parecía una mala película de serie B, pues estábamos en pura posmodernidad (aunque todavía no lo supiéramos) y todo se volvía simulacro irónico.
Algo alegre y triste, un poco ridículo pero lleno de fuerza con esas voces poderosas y un muro de sonido hecho de chispas de colores y frases entrecortadas de notas.
El mundo cantaba al amor tras esos decorados pintados, y había títeres, muchachitas y una bailarina sobre sus puntas.
Había soul, bossa nova, sintetizadores, arreglos de cuerdas y vientos y una producción perfecta de Trevors Horn que definió el sonido del grupo y lo volvió sofisticado como Roxy Music al que se le hubiera dado una nueva vida de cataratas de sonido.
Era la nueva vida, la nueva década que conquistaría para siempre el futuro con sus ilusiones edulcoradas que aún parecían posibles. Michel Jordan y una música elegante y poderosa, llena de ritmo pero también de la nueva poesía de los sintetizadores. DeLoreans previstos para ir y volver al pasado; hombreras, cardados; Mike Oldfield, travestis andróginos mejor maquillados que ninguna mujer y Queen reinando aquí y más tarde en los cielos.
¿Parece todo esto poco?
Una alegría que sabíamos que nos mataría; miles de holocaustos y ataques nucleares mientras las mujeres empezaban a coger algunos mandos de la nave y con ellos su poderío, su sexo húmedo, la ruptura del ayuno.
Todo esto y más era esta canción.
Luis (fragmento de su inconclusa tesis doctoral sobre la Música de los 80 y la posmodernidad; acaso su introducción).
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