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miércoles, 5 de agosto de 2026

AQUELLAS PRADERAS AZULES. Jugando al mus

DALE AL PLAY Y ENTRA EN LOS TERRITORIOS DE LA FUERZA QUE MARCARON MI VIDA

 Que nadie se asuste si no sabe jugar al mus. Casi podrá entender la toda historia pues el mus, aún más que el futbolín, no es un juego, es la vida entera y verdadera.

Realmente yo no sé por qué las empresas se siguen empeñando en hacer entrevistas de trabajo, pues con unas cuantas partidas se sabe más de una persona que el mismo sujeto.

Se descubre rápidamente a los coléricos, pero también a los cobardes, y mucho antes a los listos que a los tontos.

Y no, la suerte tiene poco que ver, casi igual que en la vida, pues hay quien gana con malas cartas y quien siempre pierde aunque lleve cuatro reyes.

Es más un saber jugar las cartas, aprender a jugar de farol, envidar cuando se debe y también aprender a pasar. Es saber jugar con tu compañero, pero también con tus contrarios.

A mí me había enseñado (como a tantas cosas más) mi padre, experto en dúplex. Me enseñó las reglas pero sobre todo a estar atento de todos los gestos y descartes para ir aprendiendo cómo pensaba mi contrincante pero sobre todo mi pareja, pues la traición más terrible y dolorosa es la que te hace quien está más cerca de ti, y como siempre decía Michel Corleone, intenta pensar como lo hace tu enemigo; si le odias pierdes tu ventaja. 

Fui aprendiendo eso y, a la vez, a esconder mi propio estilo, pues si eras imprevisible eras invisible a los ataques más graves, algo que muy pronto aprendí a poner en práctica en mi vida de tímido recalcitrante y sensible, usando mi apocamiento como una gigantesca coraza que muchos entendían como altanería hasta que Pili me dejó al descubierto con una sola frase, apenas dos días de conocerme. 

-Déjate de esos juegos conmigo, no hace falta que te escondas. No pienso hacerte ningún daño. 

Y es cierto, jamás me lo hizo. 

Ella no sabía jugar al mus, pero era demasiado inteligente, sobre todo  para sí misma. 

Yo, por el contrario, debía seguir las reglas y permitirme los órdagos con mucho cuidado, lanzándolos en ocasiones simplemente para perderlos, pues es bueno desconcertar para luego obtener beneficios, me decía mi padre a menudo. 

Lo que no me contó nunca es que a veces la estrategia falla y ganas lo que pensabas perder. Eso te termina creando una sensación de triunfo peligrosa que suele acabar en desastre tarde o temprano. 

Lo que sí aprendí, aunque tarde, es aquello de jugador de chica, perdedor de mus, y al cabo de los años comprendí que hay que aspirar a todo para conseguir algo, y no conformarse con las migajas ni con los ojalás. 

El mundo entero es tuyo; conquístalo. 

Pero eso fue algo después, cuando realmente comprendí el mensaje real que llevaba dentro el lobo estepario más allá de su mística alemana. 

Para entonces la vida había transcurrido dejando atrás a muchas personas que, pese al tiempo pasado, yo sigo echando de menos pues fueron una parte importante de mi juventud.

A Gerardo, que era tan buena persona que siempre terminaba perdiendo por no dañar a nadie, o a Mario, hecho de fuego como su Montesa de dos y medio, que destrozaba cualquier planificación posible y te obligaba a jugar como si el mañana de la próxima mano no existiera. 

El que aún seguía allí era Pablo, pero él merece otras historias completas que no caben aquí, pues fue mus, futbolín, correrías nocturnas hacia aquella urbanización de las Eloisas.

Era eso y programas de radio grabados en un simple cassette, interminables partidas de pin pong y sobre todo, un amigo verdadero que siempre mantuvo conmigo un solo secreto que terminaría por separarnos. 

Él era mi pareja habitual en aquellas tardes inacabables de julio, cuando aprendíamos que no siempre hay que esperar buenas cartas para atreverse a jugar. Vale con la pura decisión, como la que un día me unió a Martina pese a tenerlo todo en contra, pues era bella, políglota, inteligente y sensible. Pero yo aposté y gané la partida. Tan breve como intensa.


miércoles, 9 de agosto de 2023

AQUELLAS PRADERAS AZULES. Los gritos de The Police

DALE Y ESCUCHAS LOS GRITOS MIENTRAS LEES LOS PRIMEROS DOLORES QUE TRAJO LA ADOLESCENCIA


 Al principio fue la más sencilla, claro, DE DO DO DO DE DA DA DA.

Allí comencé a acostumbrarme  a sus disonancias que sólo comprendí verdaderamente con Diana y su descubrimiento del jazz.

Luego fui retrocediendo acompañado de la mano de Joaquín Luqui para reconocer que en sus canciones había algo extraño pero hipnótico que me atraía sin comprenderlo, pues yo era aún demasiado joven e inexperto pues

Aún no sabía que todas las lunas, incluso las más radiantes y bellas, tienen una cara oscura llena de terribles cráteres de los que aquellas canciones hablaban por debajo de sus magníficas líneas de bajo.

Hasta que no lo comprendiera ningún libro me podría enseñar en qué consiste la miseria y el dolor, y lo aprendí de un sólo golpe aquel aquel 24 de agosto, cuando Sabrina quedó castigada y aquella historia de nuestro primer amor acabara sin remedio, sin otra sólo palabra que las de su amiga que me informó de todo.

Entonces sucedió un tiempo de terrible silencio.

Un páramo sin esquinas ni contorno, árido, imposible de comprender pues

¿dónde guardar todo el amor que me quedaba dentro, ya sin dueña?


Luego apareció Mozart para esconderse, y sólo mucho más tarde, cuando el estupor y la pena se habían convertido en voces de lija que arañaban el estómago desde dentro, entonces, comprendí perfectamente los gritos de The Police.

Eran mi propia vida, el espejo de mis dieciséis años hecho añicos, esquirlas que cortaban como sólo sabe hacerlo la ansiedad, haciendo finísimos filetes con el propio aire de respirar que duele  mientras paseaba por la luna, sermones, oscuridad, hombres de demolición, sincronizaciones y no saber perder... Todo hasta el terrible cada vez que respiras y la estrella ninja de siete puntas y alma de acero e hiel de Roxanne y su luz roja de todas mis ilusiones reventadas en algún lugar indefinido de mi interior, entre los pulmones y el corazón


  Luis. Soldado desconocido

                       AQUELLAS PRADERAS AZULES. ÍNDICES



                                  ÁNIMA MUNDI