Un hombro desnudo
Como la verdad
Paga su perfección
A la caída de la tarde
Que resplandece solitaria
Bajo la secreta medía luna
De mi nostalgia.
Odysseas Elytis
Un hombro desnudo
Como la verdad
Paga su perfección
A la caída de la tarde
Que resplandece solitaria
Bajo la secreta medía luna
De mi nostalgia.
Odysseas Elytis
Que nadie se asuste si no sabe jugar al mus. Casi podrá entender la toda historia pues el mus, aún más que el futbolín, no es un juego, es la vida entera y verdadera.
Realmente yo no sé por qué las empresas se siguen empeñando en hacer entrevistas de trabajo, pues con unas cuantas partidas se sabe más de una persona que el mismo sujeto.
Se descubre rápidamente a los coléricos, pero también a los cobardes, y mucho antes a los listos que a los tontos.
Y no, la suerte tiene poco que ver, casi igual que en la vida, pues hay quien gana con malas cartas y quien siempre pierde aunque lleve cuatro reyes.
Es más un saber jugar las cartas, aprender a jugar de farol, envidar cuando se debe y también aprender a pasar. Es saber jugar con tu compañero, pero también con tus contrarios.
A mí me había enseñado (como a tantas cosas más) mi padre, experto en dúplex. Me enseñó las reglas pero sobre todo a estar atento de todos los gestos y descartes para ir aprendiendo cómo pensaba mi contrincante pero sobre todo mi pareja, pues la traición más terrible y dolorosa es la que te hace quien está más cerca de ti, y como siempre decía Michel Corleone, intenta pensar como lo hace tu enemigo; si le odias pierdes tu ventaja.
Fui aprendiendo eso y, a la vez, a esconder mi propio estilo, pues si eras imprevisible eras invisible a los ataques más graves, algo que muy pronto aprendí a poner en práctica en mi vida de tímido recalcitrante y sensible, usando mi apocamiento como una gigantesca coraza que muchos entendían como altanería hasta que Pili me dejó al descubierto con una sola frase, apenas dos días de conocerme.
-Déjate de esos juegos conmigo, no hace falta que te escondas. No pienso hacerte ningún daño.
Y es cierto, jamás me lo hizo.
Ella no sabía jugar al mus, pero era demasiado inteligente, sobre todo para sí misma.
Yo, por el contrario, debía seguir las reglas y permitirme los órdagos con mucho cuidado, lanzándolos en ocasiones simplemente para perderlos, pues es bueno desconcertar para luego obtener beneficios, me decía mi padre a menudo.
Lo que no me contó nunca es que a veces la estrategia falla y ganas lo que pensabas perder. Eso te termina creando una sensación de triunfo peligrosa que suele acabar en desastre tarde o temprano.
Lo que sí aprendí, aunque tarde, es aquello de jugador de chica, perdedor de mus, y al cabo de los años comprendí que hay que aspirar a todo para conseguir algo, y no conformarse con las migajas ni con los ojalás.
El mundo entero es tuyo; conquístalo.
Pero eso fue algo después, cuando realmente comprendí el mensaje real que llevaba dentro el lobo estepario más allá de su mística alemana.
Para entonces la vida había transcurrido dejando atrás a muchas personas que, pese al tiempo pasado, yo sigo echando de menos pues fueron una parte importante de mi juventud.
A Gerardo, que era tan buena persona que siempre terminaba perdiendo por no dañar a nadie, o a Mario, hecho de fuego como su Montesa de dos y medio, que destrozaba cualquier planificación posible y te obligaba a jugar como si el mañana de la próxima mano no existiera.
El que aún seguía allí era Pablo, pero él merece otras historias completas que no caben aquí, pues fue mus, futbolín, correrías nocturnas hacia aquella urbanización de las Eloisas.
Era eso y programas de radio grabados en un simple cassette, interminables partidas de pin pong y sobre todo, un amigo verdadero que siempre mantuvo conmigo un solo secreto que terminaría por separarnos.
Él era mi pareja habitual en aquellas tardes inacabables de julio, cuando aprendíamos que no siempre hay que esperar buenas cartas para atreverse a jugar. Vale con la pura decisión, como la que un día me unió a Martina pese a tenerlo todo en contra, pues era bella, políglota, inteligente y sensible. Pero yo aposté y gané la partida. Tan breve como intensa.
Ahora que estamos los dos solos en medio de la noche, unidos tan sólo por las ondas, escúchame.
Haz el favor e imagina Sentado al borde de la bahía.
Ottis era nuevo, y Vangelis en su Blade Runner, y Bowie y los falsamente alegres Pet Shop Boys, pero
no Oldflied, ni
el hotel California de tus orgasmos más sentidos, cuando te hablaba por
dentro tuyo y casi eran palabras de dulce épica las que tú escuchabas. No lo
eran ni el Barry
Wait de voz suspirada, ni las baladas de Scorpions de cuando éramos heavys,
ni Roxanne de
the Police o ll stand by you de
Pretenders, ni, por supuesto, el Let
it be de los Beatles.
Te puse un auricular y me tumbé a tu lado en aquel rincón junto
a los … (fresnos, yo creo que eran
fresnos).
En aquella burbuja de sombra fresca
nos escondimos del calor radiante del mediodía a escuchar esa música que eran
pequeños trocitos de vidrio con felicidades dentro, y tú cerraste los ojos para
que yo pudiera mirarte más allá de tus pupilas atardecidas. Te fuiste haciendo
un ovillo sin sueño mientras a nuestro alrededor se extendía un lago de calor
que acuchillaban las chicharras, y el frío sonido del agua lamía las piedras
como yo repasaba el mapa de los lugares permitidos de tu piel en un punto
enrojecida que
(¿Recuerdas?
Te quemaste y durante unos días solo podía tocarte en
sueños)
Unas aguas gélidas que parecían rajar
las piedras del fondo con el bamboleo de sus telarañas de luz.
Eso o la deliciosa y suave curva de tu
vientre que me hacía pensar en cosas impensables por definitivas.
El olor a pinos que fue creciendo
según pasaba el día y nuestra piel que se iba poco a poco agrietando de sol y
viento, encendiéndose como una antorcha hasta que terminé masturbándote bajo la
tierna castidad de una toalla del pato Donald, tan roja como tus deseos.
- ¿Y tú? – me dijiste.
- Lo mío va a ser demasiado cantoso. Mejor lo dejamos para
mañana y te cobro doble.
Y tú enrojeciste un poco, como
siempre, pues los años pasados no habían conseguido limar esos conflictos que
siempre tuviste entre el sexo y las palabras, en realidad que tuvimos todos más
allá de las reuniones de amigotes, pues pese a todos los años ya pasados
seguíamos todavía jugando a policías y ladrones con los largos tabúes que nos
habían grabado a fuego dentro.
Aquel día fue así, con el
aroma de la resina de las jaras como una presencia casi humana y el agua verde
de aquella poza solitaria como tus ojos entornados por la luz mientras nos
secábamos sobre las largas losas de granito y su peculiar olor al calentarse; un
infierno de bolsillo bajo el sol del mediodía. El cuarzo brillante y la piel
mojada, aún entumecida, hecha un escalofrío por el juego del sol radiante y la
brisa fina de la montaña, mientras el río seguía su vida de aguas deslizadas y
hacía pequeños saltos y trenzados, pintando un cuadro de brillos y
transparencias.
Aquel día nos bañamos juntos como nunca volveríamos a hacer, ateridos en las aguas de hielo, riendo y tiritando al mismo tiempo, y eras tan bella cincelada en agua, hecha ondas bajo ella, con pinceladas del amarillo de tu bikini y el rojo de tus uñas, que hubiera dado un mundo por haberte conservado así para siempre y no en el pálido reflejo de las palabras,
pues siempre faltan adjetivos y ahora más que nunca,¿Duermes?
¿No, verdad? Querrías soñar sin necesidad de dormir.
Yo tengo tu solución. Venga, entra a mis Praderas más azules
En ella permanecieron algunas canciones intocables, como
el Karma Chameleon o las historias terribles bajo
melodías de plata de Olfield y The Police,
pero desaparecieron los Sultanes de Swing, pues ya hacía tiempo que Luis había
decidido salvaguardarlos exclusivamente para sus éxtasis personales.
Tampoco volvió a aparecer el Hotel
California, pues su epifanía llegó demasiado tarde para ser vuelta a incluir,
y Eurythmics cambió de tema para recordar que enaquella cama reposaba un ángel que dejaba la habitación perdida de plumascuando se marchaba, y en honor a ella aparecieron también un nuevo tema de Blondie, y Feel Like A Woman de Shania Twain que
Luis le tradujo para que se convirtiera en el
nuevo himno de su feminismo cada vez más armado.
Por su parte, él siguió acercándose a los sonidos negros y se atrevió a compartir con ella su devoción cada vez más
creciente por Queen en la versión más
romántica de Love of my life, incluyendo tras
ella los novísimos acontecimientos de su biografía con el Pistolero
de los Pistones o el Berlín de Top Gun,
aunque también se colara una advertencia sobre su futuro con el Hombre de Piano cantado
por Ana Belén, pero ellos no quisieron hacerla caso, y prefirieron
dejarse llevar por Uptown Girls
de Billy Joel, pues aquella batería siempre le daba ganas de vivir, igual que la de
Harrison, y en algún momento indeterminado Luis se había dado cuenta
que era la misma sensación que tenía los minutos previos a que ella viniera,
con el corazón desbocado como un quinceañero.
Tras ella añadió Let it be porque sí, igual que Instans karma de Lennon que seguía teniendo el aroma de las chimeneas en medio del frío de las navidades que pasaron juntos, y lo cerró todo con
Manic Monday
de the Bangles que se terminó por convertir en la canción privada de
aquel verano en el que estuvieron más cerca que nunca de la felicidad absoluta.
-Es algo maravilloso esta canción, Sabrina - le dijo una noche cualquiera a la sombra de aquella gran vela -. Aunque la letra diga otra cosa..., hay tanta ternura en esa voz que me muero por dentro cada vez que la escucho. Me deshago como un azucarillo, cariño. (Me deshago como un terminar junto a tu cuerpo desnudo y caliente; le hubiera gustado también decirla)
Top Gun. Esa puñetera película fue lo que echó a perder a mi generación, según David. El año 1986 fue increíble para el cine. Visto desde la distancia, pocos años pueden contar con semejante lista de estrenos. Para todos los gustos. Clásicos, superéxitos, películas de las que aún hoy se habla. Y todo en un solo año. Pero mi generación no se volvió ni antibelicista por Platoon ni mística por La misión. Lo único que quisimos todos fue ser como Maverick en Top Gun. Queríamos ser perfectos, triunfadores, llevar una maravillosa cazadora de cuero y unas Ray-Ban que nos sentaran de maravilla y pilotar cazas como quien monta en bici y cabalgar sobre una Kawasaki y llevar a una chica de caerse de espaldas detrás agarrada a nuestra cintura y que a tu espléndida sonrisa la acompañase siempre de fondo una banda sonora épica.
Como aquella horrorosa canción. Take my breath away. De pronto, todos queríamos cortar la respiración. Pero la vida no es así. La vida, como la película, necesita un reparto de papeles. Algunos están destinados a ser solo Iceman, el chuleta paródico, el quiero y no puedo, la caricatura del héroe al que al final no le queda más remedio que rendirse ante la grandeza de este. Un patético y minoritario grupo. La gran mayoría, entre ellos yo, estamos destinados a ser Goose. El buen chico, el amigo simpático, el tipo con mujer mona e hijo mono, leal al héroe, de vida previsible y aburrida, un ser colateral, el secundario graciosete, un personaje que solo sirve para dar la réplica y morir cuando le venga bien a la historia legendaria de Maverick. Pero no, claro, veías la película y antes de salir del cine ya habías decidido que ni hablar de eso. Top Gun nos hizo rechazar ese destino natural. Ahora todos queríamos ser Maverick. Y eso no significa que quisiéramos convertirnos en pilotos de cazas. Me refiero más a un concepto. Así llamaba David a esa hambre insaciable de éxito exhibicionista. El concepto Maverick. Ser un triunfador.
Los viajeros de la Vía Láctea (Fernando Benzo)
Una gota de sudor se desliza por tu vientre desnudo, muy despacio, al ritmo de tu respiración que, tras el terremoto, se ha ido acompasando.