Este cuadro manifiesto nos habla de dos genios (brevemente amigos) que buscaron caminos para salir del marasmo decimonónico en el que estaba cayendo el arte a mediados del XIX.
Más allá del neoclasicismo o del romanticismo, buscan en un realismo extremo (el naturalismo) una forma de ver la realidad desde una actitud crítica y nada condescendiente (siempre se recuerda el famoso Yo acuso, de Zola) que abre la tendencia del artista intelectual, comprometido con su tiempo y sus polémicas.
Este cambio convertirá al artista en un ser incómodo que ya no canta las grandes hazañas de la jerarquía política y religiosa. Comienza a ser un sospechoso que vive al margen de las convenciones sociales tradicionales, que se une a otros de la misma calaña.
El escándalo será una de las estrategias de estos pintores (que será muy utilizada en el XX), como la famosa Olimpia en un cromo en la parte superior izquierda.
Pero en este cuadro también hay una declaración de las fuentes de inspiración del pintor. Una mezcla casi imposible que hará estallar el impresionismo; Velázquez (los borrachos) y la pintura japonesa (las japonerías de las que ya hablamos aquí). La pincelada suelta junto a una nueva manera de trabajar la perspectiva, el color, la luz.


























