Del queremos un Calatrava para nuestra ciudad, al queremos un Guggenheim para nuestro pueblo.
En las afueras de El Ciego (Rioja Alavesa) se levanta una ondulación de metales coloridos sobre un mar de viñedos.
Es bueno que el espectador lo mire bien desde lejos, pues será la mejor experiencia que tendrá del edificio.
Le parecerá una bellísima alucinación cromática de titanio dorado y rosa.
Según se vaya acercando, el espectador saldrá del hechizo. Era un puro juego de magia al que, muy pronto, se le advierte el truco.
Pues esto no es el Guggenheim, una arquitectura total que se desarrolla con una continuidad admirable, provocando al espectador.
Pero aquí no. Todas estas ondulaciones son simplemente un parasol montado sobre altos pilares que da sombra a un edificio cúbico sin ningún tipo de carácter.
Todo se ha convertido en un postizo.