viernes, 24 de mayo de 2019

SANGALLO EL JOVEN. FOTOGALERÍA

Sobrino de los arquitectos del Quattrocento Giulliano y Antonio da Sangallo (el Viejo) se convierte el discípulo y amigo de Bramante .
Dos serán sus grandes mecenas. 
Por una parte el Papado, convirtiéndose en director de las obras del Vaticano (junto a Peruzzi) y la Familia Farnese para la construirá tanto dentro como fuera de Roma.
Su estilo nunca llegó al manierismo de sus contemporáneos, manteniendo un fuerte compromiso con las posiblidades del clasicismo, que sólo esporádicamente abandona

Santa María de Montserrat


Palazzo Farnese (terminado por Miguel Ángel)
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San Giovanni de los Florentinos
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Palacio en via Guilia

jueves, 23 de mayo de 2019

EL JARDÍN DE LA ISLA. ARANJUEZ


El jardín de la isla, a espaldas del palacio, es un verdadero híbrido entre los llamados jardines secretos y los modelos manieristas.

Su diseñador, Juan Bautista de Toledo lo diseñó (inicio 1560) sobre un gran eje axial que corría en diagonal frente al río, creando una idea de paseo y perspectiva a la que se añadieron parterres laterales que retomaban la tradición renacentista italiana.

En estos lugares se fomentaba la intimidad y el sosiego, creando cesuras en el movimiento principal e invitando al reposo y la contemplación.
Para ello se situaron en ellas fuentes, unas de claras influencias italianas, en donde la escultura toma el control, y otras de tradición islámica, más bajas, que potenciarían aspectos relacionados con el sonido.
Fuente de Neptuno. Algardi

El jardín, frente a las ideas iniciales, nunca se cerró con tapias altas, y sólo se construyó un dique frente al río para prevenir inundaciones sin eliminar la idea de continuidad del paisaje fluvial, que se integra como fondo en él.



Junto a todo ello existían numerosos emparrados (muy habituales tanto en Italia como España) que fomentaban tanto la perspectiva como los factores de intimidad, y en las reformas tardobarrocas se añadieron los grandes bancos de labra (que dieron un carácter más retórico a la naturaleza) y se replantaron los boj, creando tapices donde antes existían grandes claros para la plantación de rosas (a las que era tan aficionado Felipe II)

miércoles, 22 de mayo de 2019

ÁNIMA MUNDI. Luis. Praderas Azules. EL VERANO EN EL QUE FUIMOS ROXETTE, MARTINA

DALE AL PLAY DEL VERANO EN EL QUE NOS POSEYÓ ROXETTE



Aquel verano del 89 fue el de Roxette, o el de Martina, da lo mismo, pues ambas fueron lo mismo en aquel verano en donde volví a creer en el amor de una forma entera, y de la misma manera que Roxette era (misteriosamente, pero por completo cierto) Eurythmics hecho rock, Martina fue una nueva Sabrina con la que todas las piezas volvieron a encajar 
Apenas fueron tres semanas de guitarras eléctricas como sonrisas con una pequeña brizna de tristeza que lo llenaba todo de paz y dulces, y como escribí en un diario que luego se perdió en algún sitio en mi habitación, aquellos veinte días fueron lo que debería ser una vida en pareja, pues igual que Roxette, con Martina el sexo fue potentes guitarras en medio de la melodía de sus palabras que invitaban a la confidencia, y la ternura subrayada por los gemidos que tenían ritmo de bolero, con conversaciones insomnes que llegaban a confundirse con la amanecida en donde comprendí cosas sobre el mundo que apenas  había intentado siquiera pensar.
La misma noche en la que nos conocimos en aquel pub de Alonso Martínez sonaba Roxette, y siguió sonando en casa de su prima que salía desde hace meses con uno de mis amigos. 
Los padres estaban de vacaciones en la playa y nosotros nos besamos por primera vez y terminamos durmiendo juntos, como si fuéramos los protagonistas de una de aquellas terribles películas de adolescentes tardíos que nos fueron creando el imaginario de lo que debía ser el amor que 

Pero no. No.
 Tú, como siempre, rompiste todos los esquemas y

- Mira, esta es nuestra habitación - dijiste sin forzar una sola palabra, y a mi, aquella nuestra me dejó un poso de dulzura en la boca que ya me acompañaría los siguientes 20 días con sus noches en donde me enseñaste que había mil formas diferentes de quererse a las que yo había conocido, desde las lágrimas de miel a los gritos un segundo antes de perder el sentido y tener que abrazarnos con ansia de náufragos para no desaparecer de tanto placer que nos crecía dentro. 
- ¿No ves el mundo lleno de mariposas, Luis? - me decías entonces. 
- ¿Amarillas? 
Y azules, igual que esta canción de Roxette que escuchamos tantas veces juntos que terminó por tomar la forma de tu pelo amanecido sobre la almohada de aquella casa luminosa por tus manos blancas que se volvían palomas sobre mi mejillas cuando me mirabas con tal intensidad que yo me sentía húmedo de rocío en aquellos amaneceres que nos descubrían despiertos recitando versos de Neruda mientras nos íbamos acercando lentamente hacia el abismo al que nos lanzábamos aunque los cuerpos ya casi no pudieran, pues la canción nos habitara una vez más, y luego me hablaras de política, 
y de las canciones de Silvio Rodríguez, 
Me describías con palabras de almendras la casa de la Isla Negra del poeta en Valparaíso 
- Que está tan llena de versos que apenas si caben dentro. Te lo aseguro, Luis.
Un lugar maravillado que ni siquiera el propio Pinochet pudo destruir, pues los recuerdos sacan su fuerza de su propia inexistencia, y cuanto menos cuerpo tienen más poderosos se vuelven, igual que aquel verano de Roxette que nos hizo un refugio con sus guitarras como si fueran ramas descubiertas en la playa desierta de un agosto en pleno Madrid, con las calles abandonadas durante todo el día que sólo comenzaban a animarse tras el atardecer, cuando salíamos los cuatro a las terrazas del barrio y yo no podía dejar de mirarte, como si de pronto volviera a tener 16 años, mientras tú bailas sus canciones, Divina, bajo la sombre nocturna de los pinos y, de repente, con tu suavidad de las cosas sencillas, te girabas y me buscabas con tu mirada de avellanas.
¿Dónde estás que no te encuentro?
- A tu lado, siempre a tu lado, Martina aunque
ya no volviera a verte nunca más y, en la distancia, te fueras convirtiendo lentamente en un poema propio que aún hoy sigo teniendo en mi lista de reproducciones más íntima, aquella que es imborable y son mis Praderas Azules que de vez en cuando escribo cuando necesito saber que sigo vivo.




- Siempre a tu lado, Martina aunque
una sola cosa no puedo perdonaros, ni a ti ni a Roxette, que no volvieras a estar aquí el verano siguiente, cuando nuestro dúo nos escribió una canción exclusivamente para nosotros.


Pero por dentro y por fuera
me he convertido en agua como una lágrima en tu mano,
y es con un duro día de invierno con lo que sueño.

Debe haber sido amor, pero ahora ha terminado,
debe haber sido bueno, pero de alguna manera lo perdí,
debe haber sido amor, pero ahora ha terminado,
está en el lugar donde el agua fluye,
está en el lugar donde sopla el viento.




martes, 21 de mayo de 2019

YVES KLEIN. CUADROS AZULES


En 1957, un artista un tanto peculiar, hizo su primer cuadro azul. Se llamaba Yves Klein y se iba a convertir junto a Beuys y Warhol, en uno de los grandes artistas de la segunda mitad del siglo.

Y es que el arte después de la segunda Guerra Mundial había tomado un rumbo imprevisto. Aunque Picasso y Mattisse siguieran produciendo durante mucho tiempo, se habían apartado de la vanguardia más experimental, y sólo a partir de los 80 se les recuperaría con los Nuevos Salvajes alemanes y la Transvanguardia italiana.
 El nombre de moda era entonces Pollock y sus grandes cuadros pintados como una batalla contra el cuadro, y más tarde el Pop de Warhol que (más en lo ideológico que en lo material) terminó por darle un rumbo nuevo al arte actual.

Junto a ello, y de forma casi secreta, se estaba generando la gran revolución de la segunda mitad del siglo (y de la que aún vivimos en gran parte): el arte conceptual. 
Recuperando la idea de arte de Marcel Duchamp y sus famosos ready-made ,estos artistas comenzaron a plantear el arte en términos muy diferentes, dándole muchísimo más papel al espectador. En este arte el artista se limita a sugerir, a pintar un problema que ha de continuar el espectador, poniendo una parte de sí mismo para hacer funcionar la obra de arte, que ya no sería sólo el lienzo u objeto, sino toda esa interrelación entre espectador y obra.

Junto a ello el pensamiento oriental, presente desde el propio Manet, los impresionistas o los postimpresionistas, vuelve a cobrar una nueva importancia. Intentando resumir al máximo, esta filosofía pretende la unicidad de todo. En ella no caben las características contradicciones occidentales (blanco-negro, día-noche, hombre-mujer, bueno-malo…). Por el contrario, afirma que todo pertenece a todo y se relaciona con todo. (Verdaderamente es difícil explicar, con nuestro lenguaje occidental, siempre tan racional, una filosofía que es ante todo espiritual).
Uno de los símbolos más conocidos de oriente, el famoso yin yang, quizás aclare mejor las cosas, pues además de ser un círculo (una rueda que gira, algo que fluye y nunca se detiene, como entiende el mundo el oriental), nos demuestra que en el más puro negro existe el blanco, como en cada hombre hay mucho de femenino o en la más absoluta maldad algo bueno o viceversa.
 Nos dice, también, que nada puede ser eliminado sin que todo el sistema quede dañado, pues la armonía de contrarios es en verdad la esencia de la vida, como cualquier biólogo podría decirnos sobre un sistema ecológico, en donde todo (desde la bacteria al león) tienen una unión tan íntima que si desaparece uno terminará por desaparecer el otro.








Ante esta idea desaparece el típico concepto occidental del hombre como rey absoluto de la creación, que la manipula (y extermina) en función de su ambición o placer. 
Por el contrario, en la filosofía oriental el hombre es parte integrante del todo y como tal debe comportarse. Debe conocerse a sí mismo para conocerlo todo, pues en el interior de cada ser está la Naturaleza entera (como mucho más tarde demostró el descubrimiento del ADN). Para ello debe, ante todo, no dejarse seducir por las puras apariencias (el samrasa), sino buscar la esencia (el famoso nirvana, numerosas veces tan mal interpretado).

Para conseguir llegar a este estado mental se han recurrido a numerosos métodos, desde el movimiento (las artes marciales, el taichi, el yoga), los mantras (canciones repetitivas, como la de los monjes lamaístas) o los mandalas (dibujos geométricos repetitivos, curiosamente muy parecidos a las lacerías islámicas).

Estos mandalas, por tanto, son simples medios para conseguir algo que le parece inconcebible al hombre occidental: dejar quieto el pensamiento, abolirlo y dejar la mente en blanco, sin un solo pensamiento o imagen (intentad comprobarlo, ya veréis lo difícil que os puede resultar).

Lacería de la Alhambra
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Por último, y muy relacionado con lo anterior, ya habían existido artistas que antes de la II Guerra Mundial habían intentado llevar a la pintura a la abstracción. Muchos de ellos eran teósofos (una variante occidental del pensamiento oriental), como Kandinsky o Mondrian. En sus obras habían intentado eliminar todo lo que resultase anecdótico para buscar la armonía esencial que permitiera al espectador introducirse en uno mismo sin ningún tipo de distracción figurativa. Un paso más allá había llegado Malevich con su suprematismo. Su último cuadro, cuadrado blanco sobre blanco ya no era nada (en términos tradicionales), pero según el propio autor era una ventana abierta hacia el interior de cada uno de los espectadores.

Malevich

En este sentido hay que entender el cuadro azul de Klein. Un cuadro que no es un cuadro tradicional, sino un mandala, un medio, un instrumento de búsqueda. Por ello, no intentéis buscar en él lo que podéis encontrar en la pintura tradicional, pues no lo encontraréis. De hecho tendréis que mirar de una forma por completo distinta, sin utilizar vuestra razón (nada de composición, ni iconografía, ni personajes, ni siquiera pincelada). En vez de analizarlo tendréis que sentirlo.



Decía Kandinsky que sus cuadros eran música. Quizás sea la mejor forma de entender todo esto. Tenéis que mirar el cuadro azul como escucháis música. Cogéis el MP3 y buscáis vuestra canción favorita. Si cerráis los ojos os podréis dejar arrastrar por ella hasta perder el sentido del tiempo y el espacio, a veces tanto, que cuando termina uno siente que aterriza de nuevo en el mundo. Ésa es la idea, mirar sin ver, mirar hasta que se pierda de vista el propio cuadro. Su azul profundo os ha ido poco a poco atrayendo hasta confundiros por él y poder estar libres de las ataduras del mundo cotidiano. Estáis con vosotros mismos, con la esencia y no la apariencia, como diría Jesús Chaparro (al que debo, por cierto, casi todo lo que sé de filosofía oriental).

En el fondo es como encontraros con un espejo. Si lográis concentraros sentiréis cada uno de vosotros cosas distintas, pues os veréis a vosotros mismos; el cuadro sólo ha servido de medio.

Para que ocurriera todo esto Klein estuvo buscando mucho tiempo un color lo suficientemente profundo y seductor a la vez. Cuando lo encontró lo llegó a patentar como IKB. También investigó la forma de aplicarlo para que no quedara ningún rastro de su individualidad (su pincelada), optando por el rodillo sobre una superficie levemente satinada. Incluso dio instrucciones para colgarlo (a qué distancia de la pared) para que el cuadro llegara a flotar sobre el blanco de la pared, pues la idea de ingravidez está muy relacionada con el mundo oriental que tan bien conocía Klein (cinturón negro de judo), pues es la forma de liberarnos de nuestro cuerpo accidental y dejar que nuestra esencia lo llene todo, como una especie de energía interna que se expandiría infinitamente hasta ser todo.

Si queréis en el propio Madrid podéis ver un Azul de Klein en la cuarta planta del Reina Sofía, aunque lamentablemente protegido con un cristal que rompe gran parte de su poder magnético, al reflejar todo el entorno (¡con qué poco se puede acabar con el arte bajo el pretexto de la protección!).

También podéis ir a la planta de entrada del Museo Thyssen en donde se expone un Rothko. Este pintor tiene muchas conexiones con Klein y hay que sentirlo de la misma forma, igual que como se mira el mar y, de repente, nuestros pensamientos se disparan sin lógica hasta que todo se va diluyendo y terminamos por no pensar en nada y hasta nuestra propia respiración se acompasa al ritmo de las olas, su ruido y movimiento sin pausa pero sin angustia. Un estado mental de verdadera placidez en el que conseguimos olvidar nuestras preocupaciones y angustias, pues el mundo que nos rodea desaparece y nos encontramos en plena soledad. Una soledad plena pero no triste, sino algo suave que nos da la sensación de flotar, de no ser nosotros mismos, sino el propio mar.


Ya os advierto que la cosa no es fácil, pues estamos demasiado acostumbrados a tener miles de estímulos sensoriales en torno nuestro, a hacer, a movernos, al cambio. Pero si lo intentáis podéis conseguir sensaciones sumamente placenteras y estaríais más cerca de la verdad o la esencia o como queráis llamarlo.

lunes, 20 de mayo de 2019

SERT. EL TALLER DE MIRÓ EN MALLORCA


En 1956 Miró busca instalarse en Mallorca en una especie de exilio interior.
Para ello buscó una finca cercana a Palma, entonces rodeada de vegetación y mar.
La propiedad tenía una masía, pero el pintor necesitaba un estudio adaptado a las obras de grandes dimensiones con las que entonces empezó a trabajar.
Para ello contó con Sert, amigo desde su juventud que realizó los planos de este estudio adaptándose a las necesidades del pintor (espacio de gran altura, con zonas dedicadas al taller y otras al almacenaje o el simple descanso) pero también del paisaje, la tradición y la modernidad.

Para ello imaginó un gran paralepípedo de gran espacio diáfano realizado en hormigón aunque posteriormente decorado por el color (de sus puertas) y los materiales (piedra, cerámica) que lo uniera con las tradiciones de la isla.

Estudió especialmente  la incidencia de la luz, abriendo los ventanales (muy altos) hacia el norte, mientras cerraba el muro sur con muro o formas brise soleil. Creaba así un espacio luminoso pero sin sol directo. Una luz generosa pero difusa incrementada por las claraboyas superiores.

Estas ventanas también se cubrían para impedir la insolación por medio de tejados en voladizo de forma curva que, al exterior, animaban la construcción y le daban una indudable personalidad.


Con todo ello Sert evolucionaba siguiendo la estela de su maestro Le Corbusier, abandonando algunos aspectos del funcionalismo (aunque sin perder funcionalidad) que ya vimos en su Pabellón del año 37, rompiendo la idea de edificio como caja por medio del color, las texturas y las formas curvas expresivas.



DE TURISMO POR PALMA DE MALLORCA

domingo, 19 de mayo de 2019

TRES JOYAS EN FORLÍ


Al final del valle del Po, cerca de Rímini, se encuentra esta ciudad que, francamente, no resulta demasiado amable en una primera visita.
Sin embargo, existen en ellas tres pequeñas joyas (que oscilan entre lo artístico y lo histórico) que bien merece la pena una visita.
La primera de ella es la abadía de San Mercuriale, edificio reconstruido a finales del siglo XII sobre una construcción paleocristiana de la que aún guarda algún relieve.
Realizado en estilo lombardo, el interior de tres naves sobre grandes columnas y falsas tribunas laterales, resulta verdaderamente evocador en sus penumbras y su suelo que se desliza cuesta abajo hacia el presbiterio.




Al exterior destaca el portal de acceso con obra del taller de Antelami.

Y sobre todo su elegante y alta torre románica, uno de los ejemplos más insignes de la Italia románica.

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Esta abadía se encuentra situada en la Piazza Saffi, antigua plaza del mercado renovada en tiempos fascistas que muestran el intento de reconstruir la antigua grandeza romana en claves totalitarias (que realmente anularan al individuo) y formas depuradas, cercanas al mundo futurista.



El tercer elemento que me gustaría destacar de Forli es su Rocca, inspirado en ideas de Leonardo da Vinci para una de las grandes personalidades del Renacimiento, Caterina Sforza

viernes, 17 de mayo de 2019

MADERNO. FOTOGALERÍA ENLAZADA

Maderno es una figura de tránsito entre el manierismo de Vignola y el barroco de Bernini y Borromini.
Su estilo (en esencia manierista) se acerca al barroco en proporciones y una mayor articulación de los espacios y elementos

VATICANO (FACHADA)


SANTA SUSANA
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TRINITA DEI MONTI

jueves, 16 de mayo de 2019

ÁNIMA MUNDI. LUIS. Los Pecos a pesar de todo



Si Mecano ya era un pecado para un chico, qué decir de los Pecos.
Era su música una perfecta construcción adolescente que comenzaba en la propia cara de de sus cantantes y seguía por sus voces disímiles, por sus letras de empalago, por la armonía de esquinas suavizadas, con más sentimentalismo que sentimiento.
Todo eso era verdad, y sin embargo...

Sin embargo sus letras eran tan pegadizas que era imposible no cantarlas, pendiente de que nadie te mirase.
Era eso y su música llena de múltiples sonidos (pues en realidad era un terrible muro de sonido), el piano de fondo, los coros y diez mil violines acompañados por una batería que remedaban, a la española, a lo más puro adolescente, el Abba que también nos espantada mientras a la vez caíamos en su fascinación.
Emociones en almíbar, como aquella película de Love Story ante la que todos hacíamos un gesto explícito de vómito y luego, a solas, llorábamos como magdalenas mientras en la calle llovía y apenas había paseantes en el espejo de las aceras.
Los coches pasaban como cohetes en medio del resplandor de sus faros y uno, sin paraguas, con el pelo ya empapado, ya no podía hacer otra cosas que seguir llorando mientras recordaba la frase: Amar es nunca decir lo siento.
Algo parecido sucedía con los Pecos y sus canciones que te iban hiriendo por dentro porque te contaban toda la angustia y el desamor que te ardía dentro.

Sin remedio alguno; eras sus letras y te hubiera gustado decirlo a los cuatro vientos si no fuera por la estúpida frase que nos habían grabado a fuego desde la más tierna infancia: Los chicos no lloran, ni visten de rosa, ni se miran en los espejos. 
Los chicos aguantan como jabatos, pues aunque hacía ya años que hubiera muerto el dictador, su impronta ideológica estaba presente en ese machismo a ultranza que tanto daño le hacía a las mujeres... pero también a los hombres.

Una moral de señores que, en el fondo, nos hacía esclavos de todo un largo catálogo de estereotipos que la música hacía visible.

¡Aguanta sin pestañear!
¡No muestres tus debilidades! (pues no puedes tenerlas).
Tú eres un hombre, no una niña, y entre tus deberes está la vigilancia de los sentimientos.
Pues igual que ellas debían de ser atractivas en todo momento, tú debes guardar la compostura y el honor, pues ellas son (deben ser) veleidosas, y tú fuerte y seguro, hecho de una sola pieza sin fisuras que debes mostrar siempre a los demás para que nadie pueda decir (siquiera pensar) que...
¡No! 
Aunque te mueras por dentro debes seguir actuando como el héroe sin miedo ni desmayos.

Así teníamos que ser, aunque, en el fondo, estaban los Pecos... a pesar de todo