El programa que había establecido Juan de Mañara para su hospital de la caridad hablaba de muerte (las famosas vanitas de Valdes Leal o el retablo de Roldán sobre la muerte de Cristo) pero también de esperanza , hablando del poder de las obras de misericordia.
En esta obra Murillo conjugó ambos temas en la figura de San Juan de Dios, el santo granadino que empeñó su vida en el cuidado de los enfermos y atención a los muertos, dándoles sagrado entierro (lo cual era muy semejante a la orden de la Caridad refundada por Mañara).
Para ello retrocede a los orígenes de su estilo y (frente al resto de los temas de la iglesia) recurre al tenebrismo más intenso.Es toda una lección caravaggiesca por la luz, los tonos cálidos, la formación en aspa que crea el santo con el ángel y el realismo.
La intensidad de la mirada del santo al ángel, su profunda humanidad y humildad, es algo verdaderamente magnífico.

































