Siempre fue flashdance, por supuesto
Que nadie se asuste si no sabe jugar al mus. Casi podrá entender la toda historia pues el mus, aún más que el futbolín, no es un juego, es la vida entera y verdadera.
Realmente yo no sé por qué las empresas se siguen empeñando en hacer entrevistas de trabajo, pues con unas cuantas partidas se sabe más de una persona que el mismo sujeto.
Se descubre rápidamente a los coléricos, pero también a los cobardes, y mucho antes a los listos que a los tontos.
Y no, la suerte tiene poco que ver, casi igual que en la vida, pues hay quien gana con malas cartas y quien siempre pierde aunque lleve cuatro reyes.
Es más un saber jugar las cartas, aprender a jugar de farol, envidar cuando se debe y también aprender a pasar. Es saber jugar con tu compañero, pero también con tus contrarios.
A mí me había enseñado (como a tantas cosas más) mi padre, experto en dúplex. Me enseñó las reglas pero sobre todo a estar atento de todos los gestos y descartes para ir aprendiendo cómo pensaba mi contrincante pero sobre todo mi pareja, pues la traición más terrible y dolorosa es la que te hace quien está más cerca de ti, y como siempre decía Michel Corleone, intenta pensar como lo hace tu enemigo; si le odias pierdes tu ventaja.
Fui aprendiendo eso y, a la vez, a esconder mi propio estilo, pues si eras imprevisible eras invisible a los ataques más graves, algo que muy pronto aprendí a poner en práctica en mi vida de tímido recalcitrante y sensible, usando mi apocamiento como una gigantesca coraza que muchos entendían como altanería hasta que Pili me dejó al descubierto con una sola frase, apenas dos días de conocerme.
-Déjate de esos juegos conmigo, no hace falta que te escondas. No pienso hacerte ningún daño.
Y es cierto, jamás me lo hizo.
Ella no sabía jugar al mus, pero era demasiado inteligente, sobre todo para sí misma.
Yo, por el contrario, debía seguir las reglas y permitirme los órdagos con mucho cuidado, lanzándolos en ocasiones simplemente para perderlos, pues es bueno desconcertar para luego obtener beneficios, me decía mi padre a menudo.
Lo que no me contó nunca es que a veces la estrategia falla y ganas lo que pensabas perder. Eso te termina creando una sensación de triunfo peligrosa que suele acabar en desastre tarde o temprano.
Lo que sí aprendí, aunque tarde, es aquello de jugador de chica, perdedor de mus, y al cabo de los años comprendí que hay que aspirar a todo para conseguir algo, y no conformarse con las migajas ni con los ojalás.
El mundo entero es tuyo; conquístalo.
Pero eso fue algo después, cuando realmente comprendí el mensaje real que llevaba dentro el lobo estepario más allá de su mística alemana.
Para entonces la vida había transcurrido dejando atrás a muchas personas que, pese al tiempo pasado, yo sigo echando de menos pues fueron una parte importante de mi juventud.
A Gerardo, que era tan buena persona que siempre terminaba perdiendo por no dañar a nadie, o a Mario, hecho de fuego como su Montesa de dos y medio, que destrozaba cualquier planificación posible y te obligaba a jugar como si el mañana de la próxima mano no existiera.
El que aún seguía allí era Pablo, pero él merece otras historias completas que no caben aquí, pues fue mus, futbolín, correrías nocturnas hacia aquella urbanización de las Eloisas.
Era eso y programas de radio grabados en un simple cassette, interminables partidas de pin pong y sobre todo, un amigo verdadero que siempre mantuvo conmigo un solo secreto que terminaría por separarnos.
Él era mi pareja habitual en aquellas tardes inacabables de julio, cuando aprendíamos que no siempre hay que esperar buenas cartas para atreverse a jugar. Vale con la pura decisión, como la que un día me unió a Martina pese a tenerlo todo en contra, pues era bella, políglota, inteligente y sensible. Pero yo aposté y gané la partida. Tan breve como intensa.
Los lunes no se habla de droga nos invita a un mundo propio, a la realidad cotidiana de una generación que es adulta pero no lo es, que ha dejado de ser algo que eran y se han adentrado en otro algo que no saben muy bien qué será.
Un mundo de domingos lentos que dejan lunes cansados para hablar de nada.
(Las generaciones maduran, mutan y, acaso, entristecen; pues todo va cumpliendo años y perdiendo en el camino una parte de la inocencia).
Son un grupo de amigos en su intimidad más significante, aquella que habla de los detalles que parecen carecer de importancia y son la médula de todo el discurso. Zapatos, biquinis, un cigarro encendido o una barba recortada… Pero también gatos, o pezones, o un septum lleno de nostalgia. Es una lectura desde lo insignificante y cotidiano de las esperanzas, pero también de los miedos de una generación que ya abandonó la adolescencia para entrar en un puro presente. Este es el pequeño universo. Un mundo sin reglas férreas, moralidades ni grandes verdades. Pues interesan mucho más las grietas, los lugares intermedios, ambiguos, las múltiples formas de cuerpos y deseos ante un mundo que cada vez corre más deprisa.Frente a todo ello se nos propone un momento de pausa, de silencio, de intuición. Sin necesidad de explicaciones.
Esos son los ladrillos de esta mirada,
leve en su profundidad.
Para ver su obra anterior (0 lavadoras) que forma la prehistoria de esta nueva exposición en Yuste/Giner desde el sábado 18 de julio.
Se trataba de un retrato, el de su pareja, Ross, que acababa de morir de SIDA. Este se había convertido en 80kg de coloridos caramelos, justo el peso que tenía el día en el que murió.
Ya de por sí la historia es verdaderamente conmovedora: convertir la muerte y la enfermedad en dulces. Pero aún iba más allá.
La obra se convierte en un acto más allá de lo visual, pues comemos a su amado, pero también a la propia enfermedad mortal en los años 90. Comulgamos su recuerdo (si se quiere ser más radical e iconoclasta)