lunes, 27 de abril de 2015

EL UNIVERSO DOLOROSO DE EDUARD MUNCH



 La enfermedad, la locura y la muerte son los ángeles negros que custodiaron mi cuna y me acompañaron durante toda la vida. Sin el miedo y la enfermedad mi vida sería como un bote sin remos

Hace ya tiempo analizamos su obra más conocida, el Grito. Hoy quisiéramos internarnos un poco más en sus referencias vitales y sus correlatos artísticos a través de la pintura y la litografía (arte al que dedicó grandes esfuerzos, y que influiría decisivamente de El Puente)
Su infancia fue muy difícil, marcada desde forma temprana por el muerte, pues tanto su madre como su hermana murieron de tuberculosis.
Es normal que esta idea, la de la muerte, sea constante. La muerte y sus consecuencias, la orfandad, la soledad que deja en su entorno, poblado de oscuros fantasmas que, como un hado irreversible, condiciona el futuro trágico de sus personajes.

A esto hay que unir un padre colérico y de una moralidad estricta que condicionaría su educación, en la que lo emocional siempre fue desatendido.
No nos puede sorprender que, tras esta infancia y juventud, Munch tuviera una madurez marcada por el alcoholismo y las reiteradas crisis nerviosas en las que el mundo se volvía hostil (como nos narra en el Grito) a la vez que se convertían en una amenaza constante, como sombras que siempre le acompañarán.

Para cerrar su tragedia, Munch siempre mantuvo un profundo recelo hacia la mujer y las relaciones sexuales (vistas de una forma agobiante, cercana al pecado pero también la muerte, como su famosa Danza de la Vida o la Vampiresa)


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