El control de la pincelada cada vez más deshecha, los colores fríos y ácidos, con esos maravillosos grises metalizados, las anatomías estilizadas sin fin, creadas por bandas de sombras verticales (especialmente visibles en las piernas), las lívidas luces o el punto tan elevado sobre el horizonte son algunos rasgos más llamativos de este periodo.
En él todo se ha convertido en color y pintura, casi un mundo abstracto que se dirigiría a las emociones (muchas de ellas místicas, pues retrata el alma torturada de los hombres, siempre en lucha por ascender hacia el absoluto)El personaje es el conocido (y contradictorio) San Sebastián del que ya hablamos largamente aquí como emblema de la homosexualidad.
En cuanto a su curiosa exposición se debe a que en algún momento del XIX el cuadro se troceó, reuniéndose ambos fragmentos en 1987 (aunque con faltas que cubre el marco)
Como siempre en esta época, Toledo al fondo, espectral con su castillo de San Servando y puente de Alcántara

















































