Y es que Ingres siempre es mucho más complejo de lo que parece en un principio.
FOTOGALERÍA ENLAZADA DE INGRES
Y es que Ingres siempre es mucho más complejo de lo que parece en un principio.
FOTOGALERÍA ENLAZADA DE INGRES
Bajo el ampuloso título (y la multitud en un cuadro que no es tan grande como parece), Esquivel hace todo un manifiesto político (que no estético) del romanticismo.
Como un Courbert en su estudio, Esquivel hace repaso de todas las figuras (especialmente literarias) de esta corriente del romanticismo español en las que no faltan ni el conde de Toreno ni Espronceda, ambos ya fallecidos.
Evidentemente, los que nunca aparecerán serán ninguno de los miembros del clan Madrazo que habían copado los grandes encargos culturales. Se trata, por tanto, un cuadro de la disidencia (que, por cierto, muy pronto se volverá el grupo hegemónico contra la que reaccionará el realismo y el mundo del 98 a finales de Siglo). Una disidencia bastante poco revolucionaria y bohemia, como podemos ver en sus poses y ropa.
Es curioso también que en esta obra apenas aparezcan pintores, y por supuesto nadie de la veta brava que practicaba una pintura mucho más moderna (tanto en lo técnico como en lo estético o ideológicos) derivada del último Goya.
Esto ocurre porque, aunque opuesto a Madrazo, Esquivel se muestra como un profundo clasicista alejado de los verdaderos experimentos románticos, tal y como se puede ver en su estudio, lleno de obras clásicas, copias de maestros del barroco hispano y (presidiendo de forma indirecta desde su cuadro, la Isabel II que todos cortejan para que les deje entrar en su Olimpo)
Velléda forma parte de un conjunto que comercializó la Faïencerie de Choisy-le-Roi en los últimos años del siglo XIX, del que también formaba parte "Diana" , "Mauresque" y "Alsace" copiados de modelos de Albert E. Carrier de Belleuse.
Este escultor, educado en el último barroco y el rococó, director de la Manufactura nacional de Sevres desde 1876 destacó especialmente por sus modelos femeninos con un característico el ideal de belleza que, basándose en la gracilidad, femineidad leve seducción y exquisitez rococós lleva a sus modelos a las mismas puertas del modernismo más exquisitro (sólo haría falta comparar algunas de sus obras con las de Mucha (algo que su traslado a la loza hace aún más visible)
El Hospital de Jornaleros de San Francisco de Paula, más conocido como Hospital de Maudes
Fue construido como hospital para asistencia sanitaria gratuita dispensada a jornaleros en 1908 y finalizado en 1916, por Antonio Palacios y Joaquín Otamendi.
El hospital se mecena por Dolores Romero Arano (viuda de Curiel y Blasi).
La idea en sí resulta novedosa y claramente relacionada con las corrientes filantrópicas y de fraternidad
La reina regente María Cristina, viuda del rey Alfonso XII, decidió la construcción de un Panteón al modo parisino en donde enterrar y honrar a nuestros grandes hombres de la historia.
El concurso fue ganado por el arquitecto Fernando Arbós y Tremanti.
Como en otras obras suyas, utilizó el estilo neobizantino (aunque el modelo sería gótico, el del Camposanto de Pisa, del que tomará sus características franjas blancas y negras)
El proyecto corresponde a Federico Aparici, En las paredes exteriores se esculpieron las alegorías de la Pureza, el Gobierno y la Reforma.
La estructura se corona con la imagen de la libertad realizada por Ponciano Ponzano. Con gorro frigio (iconografía clásica de los libertos que se retoma en la revolución francesa), su mano izquierda porta un cetro y la derecha un yugo roto, mientras la cabeza refulge con una diadema de rayos
Es 10 años anterior a la estadounidense.
TODOS NUESTROS POST SOBRE EL PANTEÓN DE HOMBRE ILUSTRES
El tema fue propuesto a los pintores por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para optar a la beca de estudios en Roma en el año 1899.
Este discípulo de Sorolla consiguió una de las mejores obras (aunque no consiguió la beca) por su composición que ayuda a darle un profundo dramatismo, con ese anarquista apresado al que se acerca su padre con la nieta (e hija) en las manos mientras su madre y esposa es consolada por un sacerdote.
Un naturalismo llevado a extremos teatrales, tal y como gustaba en estos momentos (recuérdese Ciencia y Caridad de Picasso joven) que sirva de entretenimiento emocional a la burguesía biempensante que mira esta realidad a través del filtro de un cuadro, de forma segura, incluso dando una pequeña oportunidad de simpatía moral ante el asesino (o más bien hacia su pobre familia)
Simple, intenso, entre la idea y la realidad.
Para su sepulcro Benlliure utilizó la figura yacente puntuada, en la cabeza, por una historia verdaderamente sensual, mientras que a sus pies aparece un obrero recostado, símbolo del pueblo (se trataba del jefe del partido progresista/liberal)
TODOS NUESTROS POST SOBRE BENLLIURE
TODOS NUESTROS POST SOBRE EL PABELLÓN DE HOMBRES ILUSTRES
Este pastel realizado por Rossetti (dentro de una serie más amplia), nos presenta el amor (venus) como una sensual mujer de cabellera rojiza rodeada de flores (la pasión y la fertilidad), una manzana (Eva? Helena?) y un dardo (Cupido?, metáfora erótica?) como un puro conciliato renacentista.
Todo el cuadro se mueve entre lo espiritual y lo carnal que presenta a la mujer como objeto deseable pero peligroso (que luego conformará la idea de la femme fatale), entre lo sexual y lo religioso, como un icono rodeado de pan de oro (como las futuras obras de Klint)
¡Cómo caíste del cielo, oh Lucifer, hijo de la mañana! Derribado fuiste a tierra, tú que debilitabas a las naciones.
Tú que decías en tu corazón: subiré al cielo. Levantaré mi trono por encima de las estrellas de Dios y me sentaré sobre el monte de la congregación, hacia los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré; seré semejante al Altísimo.
Pero tú has sido derribado (...) Los que te vean te mirarán fijamente y te considerarán, diciendo: ¿Es este el hombre que hacía temblar la tierra, que trastornaba los reinos...?
Hay también en la obra una fuerte impronta de Paraíso perdido de Milton que le permite representar al mal desde la belleza (y no la fealdad o lo horrible de lo demoníaco), lo cual lo hace aún más amenazante, pues es algo tan deseable como terrible que nos atrae visualmente mientras nos repele intelectualmente.
Esta tensión se incrementa aún más en la mirada, una evolución de la terribilitá miguelangelesca del David (con ese mismo brazo que cierra su mirada y nos evita distracciones.
Esos ojos, sin embargo, no nos miran. Son la imagen de una profunda introspección, la de la rabia y su odio posterior que ha generado en Lucifer la batalla perdida. Una entrada directa en el reverso tenebroso de la fuerza, como Lucas comprendió claramente en la Guerra de las Galaxias 
El día se resiste a aparecer cuando los obreros ya se encuentran en camino a la fábrica.
En la ciudad fantasmal aún alumbran las luces de gas (que junto a las vías del tranvía nos hablan de la modernidad, una que no da nuevos horizontes sino que encadena más a los hombres) y la sombra de los hombres avanza como si fueran espectros, bultos deformes que trabajarán hasta la noche.
El autor experimenta con la técnica divisionista que hace extenderse la luz desde las farolas hasta irse perdiendo en la niebla y los reflejos
Si no fuera así veríamos la clara influencia de la pintura paisajística clásica y de las luces con las que Corot acariciaba sus árboles junto al río. Veríamos un tema clásico (una ninfa) en una naturaleza exuberante y una paleta aclarada por el contacto con la pintura clásica en Roma (pero también por experiencias de mediados de siglo que estaban confluyendo a las formas luminosas que terminarán en las no sombras impresionistas, como las de Courbet, Millet o Manet).
Una pintura que oscila entre un segundo estadio del romanticismo (lo que llamaremos muy pronto simbolismo) y el realismo.
El pasado del futuro simbolismo
Uno de ellos era esta montaña artificial que, en el fondo el cubrimiento de una gran bóveda que tenía en su interior una gran noria que elevaba el agua que se deslizaba por rocallas sinuosas, llenas de vegetación.

En la parte superior existía un templete (desaparecido) que servía como observatorio elevado de todo el conjunto.

El arquitecto fue Isidro González Velázquez, siendo el director botánico Bernardino Berogán.