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miércoles, 5 de agosto de 2026

AQUELLAS PRADERAS AZULES. Jugando al mus

DALE AL PLAY Y ENTRA EN LOS TERRITORIOS DE LA FUERZA QUE MARCARON MI VIDA

 Que nadie se asuste si no sabe jugar al mus. Casi podrá entender la toda historia pues el mus, aún más que el futbolín, no es un juego, es la vida entera y verdadera.

Realmente yo no sé por qué las empresas se siguen empeñando en hacer entrevistas de trabajo, pues con unas cuantas partidas se sabe más de una persona que el mismo sujeto.

Se descubre rápidamente a los coléricos, pero también a los cobardes, y mucho antes a los listos que a los tontos.

Y no, la suerte tiene poco que ver, casi igual que en la vida, pues hay quien gana con malas cartas y quien siempre pierde aunque lleve cuatro reyes.

Es más un saber jugar las cartas, aprender a jugar de farol, envidar cuando se debe y también aprender a pasar. Es saber jugar con tu compañero, pero también con tus contrarios.

A mí me había enseñado (como a tantas cosas más) mi padre, experto en dúplex. Me enseñó las reglas pero sobre todo a estar atento de todos los gestos y descartes para ir aprendiendo cómo pensaba mi contrincante pero sobre todo mi pareja, pues la traición más terrible y dolorosa es la que te hace quien está más cerca de ti, y como siempre decía Michel Corleone, intenta pensar como lo hace tu enemigo; si le odias pierdes tu ventaja. 

Fui aprendiendo eso y, a la vez, a esconder mi propio estilo, pues si eras imprevisible eras invisible a los ataques más graves, algo que muy pronto aprendí a poner en práctica en mi vida de tímido recalcitrante y sensible, usando mi apocamiento como una gigantesca coraza que muchos entendían como altanería hasta que Pili me dejó al descubierto con una sola frase, apenas dos días de conocerme. 

-Déjate de esos juegos conmigo, no hace falta que te escondas. No pienso hacerte ningún daño. 

Y es cierto, jamás me lo hizo. 

Ella no sabía jugar al mus, pero era demasiado inteligente, sobre todo  para sí misma. 

Yo, por el contrario, debía seguir las reglas y permitirme los órdagos con mucho cuidado, lanzándolos en ocasiones simplemente para perderlos, pues es bueno desconcertar para luego obtener beneficios, me decía mi padre a menudo. 

Lo que no me contó nunca es que a veces la estrategia falla y ganas lo que pensabas perder. Eso te termina creando una sensación de triunfo peligrosa que suele acabar en desastre tarde o temprano. 

Lo que sí aprendí, aunque tarde, es aquello de jugador de chica, perdedor de mus, y al cabo de los años comprendí que hay que aspirar a todo para conseguir algo, y no conformarse con las migajas ni con los ojalás. 

El mundo entero es tuyo; conquístalo. 

Pero eso fue algo después, cuando realmente comprendí el mensaje real que llevaba dentro el lobo estepario más allá de su mística alemana. 

Para entonces la vida había transcurrido dejando atrás a muchas personas que, pese al tiempo pasado, yo sigo echando de menos pues fueron una parte importante de mi juventud.

A Gerardo, que era tan buena persona que siempre terminaba perdiendo por no dañar a nadie, o a Mario, hecho de fuego como su Montesa de dos y medio, que destrozaba cualquier planificación posible y te obligaba a jugar como si el mañana de la próxima mano no existiera. 

El que aún seguía allí era Pablo, pero él merece otras historias completas que no caben aquí, pues fue mus, futbolín, correrías nocturnas hacia aquella urbanización de las Eloisas.

Era eso y programas de radio grabados en un simple cassette, interminables partidas de pin pong y sobre todo, un amigo verdadero que siempre mantuvo conmigo un solo secreto que terminaría por separarnos. 

Él era mi pareja habitual en aquellas tardes inacabables de julio, cuando aprendíamos que no siempre hay que esperar buenas cartas para atreverse a jugar. Vale con la pura decisión, como la que un día me unió a Martina pese a tenerlo todo en contra, pues era bella, políglota, inteligente y sensible. Pero yo aposté y gané la partida. Tan breve como intensa.


miércoles, 7 de enero de 2026

The look of Love y las nuevas vidas de los 80

No se podía ser más elegante. Esos trajes blancos con listones verticales, como finos gánsgster; esos bastones, esos sombreros flexibles; la multitud alegre y extraña que paseaba por el parque.

Todo parecía una mala película de serie B, pues estábamos en pura posmodernidad (aunque todavía no lo supiéramos) y todo se volvía simulacro irónico.

Algo alegre y triste, un poco ridículo pero lleno de fuerza con esas voces poderosas y un muro de sonido hecho de chispas de colores y frases entrecortadas de notas.

El mundo cantaba al amor tras esos decorados pintados, y había títeres, muchachitas y una bailarina sobre sus puntas.

Había soul, bossa nova, sintetizadores, arreglos de cuerdas y vientos y una producción perfecta de Trevors Horn que definió el sonido del grupo y lo volvió sofisticado como Roxy Music al que se le hubiera dado una nueva vida de cataratas de sonido.

Era la nueva vida, la nueva década que conquistaría para siempre el futuro con sus ilusiones edulcoradas que aún parecían posibles. Michel Jordan y una música elegante y poderosa, llena de ritmo pero también de la nueva poesía de los sintetizadores. DeLoreans previstos para ir y volver al pasado; hombreras, cardados; Mike Oldfield, travestis andróginos mejor maquillados que ninguna mujer  y Queen reinando aquí y más tarde en los cielos.

¿Parece todo esto poco?

Una alegría que sabíamos que nos mataría; miles de holocaustos y ataques nucleares mientras las mujeres empezaban a coger algunos mandos de la nave y con ellos su poderío, su sexo húmedo, la ruptura del ayuno.

Todo esto y más era esta canción.

Luis  (fragmento de su inconclusa tesis doctoral sobre la Música de los 80 y la posmodernidad; acaso su introducción).

jueves, 1 de enero de 2026

AQUELLAS PRADERAS AZULES. A menudo me hubiera gustado ser ellas (I)

 


Desde muy temprano lo descubrí, aunque no lo quisiera admitir durante mucho tiempo : a menudo me hubiera gustado ser ellas.

No quería hacerlo. Para la mentalidad de la época, aquello solo me podía traer problemas y explicaciones (¿verdad, Juani?). 

Además, no es que yo quisiera ser realmente mujer sino, más bien, saber como era el mundo desde sus ojos, sentir desde su manera.

Tal vez esto pueda resultar un tanto ridículo, pero los ochenta eran, todavía, una década machista que dejaba claramente diferenciados estéticas, roles y comportamientos de tal manera que a más de uno nos llevó problemas una camiseta rosa o, por Dios, la línea del ojo pintada.

Como para decirle a otros: sabes, hoy me gustaría ser una mujer y además de bandera hasta repugnarme por completo de babosos y sus burdos piropos o, por contrario, convertirme en una reina de oros con toda una corte a sus pies que respira por donde ella lo hace. 


Era eso pero también toda una forma distinta de ver el mundo basada en sensibilidad y mucho más de lo que ahora llamamos inteligencia emocional. ¿Ser intuitivo era de chicas? No lo sé, aunque lo que estaba claro es que los chicos no podían llorar, ni ser sensibles ni escuchar a los Pecos bajo pena de excomunión y exilio. 

Pues no había leyes precisas, ya no, pero continuaba la tradición suficiente de machismo en nuestras sociedades para que la situación se perpetuara, aunque se la intentase maquillar. 

Un mundo hosco que oprimía a las mujeres pero tampoco era demasiado amable con los hombres que no quisieran interpretar el papel de machos alfas que se esperaba de ellos. 


Había demasiado silencio en las cosas importantes que sólo llevaba a malentendidos, en el sexo, en los roles, en las apetencias o los futuros. Seguro que entre ellas hablarían de forma diferente que con sus parejas.
¿Cómo, de qué, para qué? ¡Cuánto habría dado por conocer todo eso!; quizás hubiera allanado muchos obstáculos y problemas.
¡Que fantasía de peluches naranjas habría sido convertirme en ellas como ya probó a hacerlo Virginia Woolf!
Ser mujer un momento, aunque ejerciendo el mismo deseo, y convertirse en una lesbiana que sólo quiere entender cómo les ocurren las cosas a ellas y ella.

Continuará...




viernes, 26 de diciembre de 2025

AQUELLAS PRADERAS AZULES. CAMON ELEIN



 Tú con ese peto vaquero que se moldeaba por encima de los pechos.

Tú con el pelo más corto y risueño, andando hacia la pradera, con una coleta verde que se movía al ritmo de la de la canción, como si de pronto te llamaras Eileen.

Tú y tu mono rojo y su cremallera infinita que empezaba en tu cuello y terminaba en los reinos de fantasía en donde me perdía con ansias infinitas.

La pradera verde invierno, llena de calor en plenas navidades, y juegos de manos y ternuras imprevistas;

Sólo maravilla.


Fue un tiempo (acaso el último que viví en mi vida) que no tuvo ni necesitó esquinas, pues todo era curva y tú

Un tiempo de sol oblicuo que nos llenaba de pasión y paz después, de pasión de nuevo y misterios explorados, como aquella canción que parecía acabar para luego arrancar aún con más pasión y ternura.

¿Cuántos libros que nunca terminaré de escribir cabían en tus suspiros pequeños? ¿De qué estaban hechos esos escalofríos que nos tomaban por sorpresa y nos llevaban a las más altas nieves?

Hielos, pero también volcanes.


Tú hecha luz en aquellas mañanas infinitas y el agua corriendo por los arroyos, fría y azul.

Una paciencia de encinas, 

y las pilas del casete que iban muriendo ya muy cerca del mediodía.

Como si el sueño acabase

fuera acabando, 

en la espera de Memory


¿Cómo se puede pasar del cielo al infierno en una sola canción?




lunes, 1 de septiembre de 2025

Aquellas praderas azules. MI PRIMERA HISTORIA, SIN FUTURO PERO CON PREMIO FINAL


Ella se llamaba Mar, él Vicente, y entre los dos sonaba una canción terriblemente lenta, pero no de los Beatles.
Eso es todo lo que recuerdo de aquella historia que escribí de una sola sentada, la misma noche en la que volví de mi primer baile agarrado con una chica.
Era tal la inquietud que me corría del estómago al pecho que, pese a intentarlo no pude dormirme, aunque quizás el primer cubata de mi vida (tan aguado) posiblemente tuvo mucho que ver en el asunto, pues lo cierto es que la habitación me daba vueltas, y no sólo por aquel dedo menguado de ginebra que me supo a rayos por mucha coca cola que llevara encima. No, era otra cosa, supongo, como el roce de la piel caliente de su cintura tras el velo de su camisa.
Eso y su aliento de regaliz (¡?), el aroma de su pelo rubio que se balanceaba al compás de la canción de los Beatles que desde entonces tiene extrañas resonancias y un pequeño hueco en mi corazón que entonces sólo tenía trece años y aquella noche anduvo desbocado y perdido en el pecho, como un animal asustado ante el descubrimiento de una mujer entre los brazos... y todas las imágenes que surgían después, las que nunca sucedieron más que en aquella historia escrita con ansia en las últimas hojas de un cuaderno escolar
Ella se llamaba Mar; él Vicente, y creo recordar que la historia comenzaba en aquel mismo baile, aunque entonces no sonara (en sus palabras) ninguna canción de los Beatles, sino Lady de Keny Rogers con su voz llena de grumos que serraba mi aliento mientras me movía (tan desacompasado) junto a ella.


Esa fue la primera de las mentiras que escribí, aunque sin saber muy bien por qué. La segunda fue un beso, en sus últimos acordes, que se mantuvo en el silencio rasgado del disco en sus surcos ya sin música.
Un tiempo muy largo que se mezcló con otros en una historia que, no habiendo terminado la primera hoja, ya había transcurrido dos meses, y luego un año de aquella relación que nunca existió más que en la imaginación de mis palabras y las músicas que la acompañaban, pues todo el relato avanzaba (ahora sí) a través de canciones sucesivas de los Beatles sacadas del disco de baladas (doble, con la cubierta marrón) que aquella noche sonó de continuo, muy bajito para no despertar a nadie, mientras yo escribía cada vez más deprisa, iluminado por una minúscula linterna que no me delatase la vigilia, y a eso de las tres ya estaba toda la historia escrita. Una que comenzaba en un baile en el que sonaba Lady y terminaba en otro, mucho tiempo después, cuando toda aquella relación terminaba, dejándoles en el alma el sentimiento de un gato pequeño y huérfano que durante los siguientes meses acariciarían en las noches sin sueño mientras escuchaban pasar una tras otras las terribles canciones de los Beatles compuestas exclusivamente para que ellos llorasen por el amor que fue pero no pudo continuar.

Lo que no recuerdo era la causa de esa ruptura, o si simplemente me limité a esbozar un final que sólo podía intuir con el exclusivo bagaje de películas y novelas adolescentes, y simplemente tengo en la memoria (sin fallo alguno) la canción con la que todo terminaba: Yesterdey, como si todo fuera un ayer, una nostalgia anticipada que yo, a esa tierna edad, no podía comprender y aún hoy me pregunto cómo pude realmente escribir en aquella noche en vela a la que siguió todo un fin de semana luchando con las teclas de la Olivetti de mi abuela hasta conseguir pasarla a máquina con tantas erratas que me debió de dar mucha pena, y una y otra vez la reescribí hasta conseguir algo más presentable ya en la tarde de domingo, mientras afuera llovía y el pecho seguía sin calmarse, como si en la yema de los dedos ardieran pequeños fuegos provocados por su recuerdo (¿o era su piel en carne viva tras la lucha sin cuartel con aquellas teclas duras que, como si fueran un piano sin afino, golpeaban el papel blanco?)
Quien sabe. Lo único cierto que fue así como escribí mi primera historia (al menos completa, pues cien veces había empezado otras que nunca tuvieron final e, igual que ellas, quién sabe donde se perdieron).
Una historia que tendría una asombrosa vida y.... un premio final.

Luis

martes, 19 de agosto de 2025

AQUELLAS PRADERAS AZULES. CONVERSACIÓN (4) al piano

HAZ PLAY Y LEE

Si escuchas esta música que yo nunca te enseñé sabrás lo que me produce tu mirada desde la primera vez que la clavaste en mi, junto a un puesto de helados, y sabrás entonces por qué esta música sabe a verde.
Si la escuchas rodeada de penumbras tendrás la certidumbre absoluta de cómo es tu piel acariciada, de su levísimo vello rubio en los antebrazos que desaparece según asciende a los hombros, y te podrás sentir, al menos una vez, en el tacto del otro.
Eso debe ser el amor.
Ni tu piel ni mis dedos, sino la caricia. Eso es lo que cuenta esta música. Ni el piano ni el pianista sino el espacio, levisimo, casi intangible que hay entre los dos. Su dolor de plumas.
, o todavía mejor, el aire dolido que acaricia a la pluma.

Conocerás eso y qué significa, al fin, el silencio de versos que se quedaba en los labios tras cada beso que nos dábamos.
Un espacio de alientos confundidos que estaba en el mismo lugar en donde se forman las palabras, antes que ellas intenten atrapar el mundo con sus filos, destrozando lo todo.
-¿La prehistoria de todo, vagas constelaciones de polvo un instante antes de formar estrellas?
-Me parecían más bonitas las de antes.
--Cuales
- Las fugaces... Mira, pide un deseo
- Son las mismas, Luis, como nosotros mismos...
- Electrones a la deriva cuántica.
- Eso no puede ser tuyo
-Por supuesto, es Solsona. Nuestro físico de guardia.

Quizás sea eso música, que es mejor recordarla que oírla siquiera.
(Y esto no lo escuches). Nunca te lo diré, pero tu siempre eras más bella en el recuerdo; fuimos siempre más felices en la memoria. Somos el humo de un cigarrillo que es expulsado y huele a tabaco y pero también aboca, como si se hubiera transformado en otra cosa.
-¿Solsona de nuevo?
-No, Lucas. Duchamp, infraleve.
Esos espacio que existen entre las notas que no son silencio pero tampoco música, al menos la que creemos oír.
Son los mismos que nuestra gran vela, que las praderas que azulean sólo cuando nosotros nos amamos sobre ellas, contaminadas por nuestros movimientos que, siempre (no escuches) eran más dulces y largos cuando los recordaba.
- Y las estrellas más brillantes.
- También la luz de las ciudades nos va poco a poco contaminando.
- Ya no se ve toda la larga mancha de la vía láctea.
- Pero cuando aún si estaba no sabíamos que era ella.
- Es cierto.
-A veces duelen las cosas cuando se conocen.
-¿Lo dices por nosotros?
-No, nosotros nunca nos hemos conocido.
-Eso es cierto. Somos dos funciones
-¿Sabrina?
-Sí, o Dirac, da los mismo. Somos una línea ondulada que corre sobre una recta y, a intervalos, se cruza con ella.
Eso o algo parecido, siempre un poco más adelante, con muchos más vacíos que llenos, con múltiples pasados, unos juntos otros separados que flotan entre nuestros reencuentros
-¿Luis?
-Supongo.
-Pues entonces contéstame a una duda que me ha surgido. Quien es la línea recta y quien la ondulada
-No lo se. Solo sé que tu eres la ondulada. Tan azul como esta canción de piano sobre la que yo escribo esta conversación ficticia que sirva para tapar todos los huecos de tu silencio.

Luis



miércoles, 6 de agosto de 2025

Aquellas praderas azules. Tú y yo lo sabíamos, querido Joaquín

 Tu y yo ya lo sabíamos.

Sabíamos que eras muy grande, mucho más de lo que tu creías, Joaquín. El más grande locutor musical que ha habido nunca, que te disfrazadas con tus pelos electrizados para que nadie supiera toda la música que conocías.
El gran Joaquín Luqui.


Ayer mismo alguien me dio la noticia, y desde entonces no ha parado de llover sobre los adoquines de Roma. Todo está mojado y gris desde que me enteré que te habías ido de esa forma tan absurda, como un puro personaje de García Márquez.
Durante todo ese tiempo no he conseguido llorar por mucho que lo intentará, y sólo he escuchado música en el mp3.
Ayer lo puse en modo aleatorio y no he dormido en toda la noche, pues afuera llovía y todas canciones me sabían tristes y cansadas, hasta que, un poco antes de amanecer comenzó a suceder el prodigio.
Fue con el Hey Jude, claro.
Nada más comenzar a sonar te escuché hablar.
Hola, hola, hola.
Y ya nunca dejé de escucharte. Canción por canción te fui oyendo de todas aquellas músicas que tú me enseñaste a amar, primero tras un transistor, luego en todos los estudios, viajes y entrevistas que compartimos durante casi 10 años de profesión compartida.
Tu y yo lo sabíamos.
Amanecía tras la linterna prodigiosa de la cúpula de San Ivo y yo te escuchaba contar mil historias como si estuvieras aquí a mi lado, y hasta recordé la única vez que discutimos cuando te dije que Madonna me sabía a plástico de envolver la verdura de Carrefour.
Una semana entera me dejaste de hablar por la herejía, pero al final decidiste que a los hijos, aunque sean postizos como yo, hay que perdonarles todas las equivocaciones.
Tu piensa lo que quieras, pero ni se te ocurra volver a decirlo, me dijiste con aquella sonrisa que tenían tus ojos como patrimonio particular, y me diste un abrazo de oso tierno mientras ponías una canción de los Beatles para firmar la paz.

Nos parecíamos tanto. Aprendí tanto de tí sobre mí mismo.
Te conocí a los trece años, cuando me entregaste un disco de Berlín por haber ganado un concurso de cuentos de la cadena ser, y doce años después volví a encontrarme contigo como colega en la misma cadena.
Tu me adoptaste desde el primer día, aunque yo no fui consciente hasta aquella noche en la que me preguntaste si todavía conservaba el disco de Berlín.
-Realmente no era muy apropiado para un chico de trece años - me dijiste cuando no había salido de mi asombro y tenía el corazón esponjado por las lágrimas que luego lloré tan dulces - Si te hubiera conocido como hoy te habría regalado Culture Club, por supuesto.
Ay, querido Luqui.
Nunca me dio tiempo a decirte los mil regalos que me hiciste, y ahora solo puedo decírtelos en esta carta sin destinatario, pues me ha dicho el cartero que el cielo de los Beatles no tienen código postal.
Me enseñaste a amar la música más de lo que yo ya hacía, que creía que era el máximo hasta que te conocí, y aunque nunca me pudiste convencer que Paul era superior a Lennon, yo fui almacenando en la caja secreta que todos tenemos para lo realmente importante cada una de tus palabras porque
Esto será tres, dos o uno.
Tú siempre lo sabías con una simple docena de compases, sin petulancia, siempre con una palabra amable aunque no te gustará, pues tu corazón te impedía hablar mal de nadie.
Eras demasiado bueno y caballeroso para hacerlo, eterno como estas piedras de Roma desde las que te escribo llorando a ratos mientras afuera llueve mansamente.
Los Rolling o Michel Jackson pero siempre los Beatles que tatareabas como tu propia banda sonora mientras me ayudabas a elegir los discos en mis primeros programas.
¿Sabes, Joaquín? Yo siempre he querido ser como tú aunque bien se que nunca lo conseguiré. Vivir la música como el que come en un restaurante de lujo cada día, a cada instante.
Ser un elegido para comprenderlo todo a través de las notas de las canciones y las miradas de las personas.
Pero nadie me puede quitar eso. La dulzura de tus ojos cuando me mirabas, como el hermano mayor que nunca tuve (o acaso sí) que me alertó sobre las tormentas y sirenas de la fama, de las trampas de los que quieren brillar sin capacidad de hacerlo.
Me quisiste y yo te quiero, ahora, bajo la lluvia amarga de una ciudad eterna que llora por ti, por nosotros, por todo un tiempo que ya pasó.
Luis

miércoles, 16 de julio de 2025

EN DIRECTO. Luz hecha agua.

Ahora que estamos los dos solos en medio de la noche, unidos tan sólo por las ondas, escúchame.

Haz el favor e imagina  Sentado al borde de la bahía.

Ottis era nuevo, y Vangelis en su Blade Runner, y Bowie y los falsamente alegres Pet Shop Boys, pero no Oldflied, ni el hotel California de tus orgasmos más sentidos, cuando te hablaba por dentro tuyo y casi eran palabras de dulce épica las que tú escuchabas. No lo eran ni el Barry Wait de voz suspirada, ni las baladas de Scorpions de cuando éramos heavys, ni Roxanne de the Police o ll stand by you de Pretenders, ni, por supuesto, el Let it be de los Beatles.

Te puse un auricular y me tumbé a tu lado en aquel rincón junto a los … (fresnos, yo creo que eran fresnos).  

En aquella burbuja de sombra fresca nos escondimos del calor radiante del mediodía a escuchar esa música que eran pequeños trocitos de vidrio con felicidades dentro, y tú cerraste los ojos para que yo pudiera mirarte más allá de tus pupilas atardecidas. Te fuiste haciendo un ovillo sin sueño mientras a nuestro alrededor se extendía un lago de calor que acuchillaban las chicharras, y el frío sonido del agua lamía las piedras como yo repasaba el mapa de los lugares permitidos de tu piel en un punto enrojecida que

(¿Recuerdas?

Te quemaste y durante unos días solo podía tocarte en sueños)

 Un cuento que hablaba de puras sensaciones. Sensualidad, aunque la ese al final se convirtiera en equis durante aquel día en la Pedriza: no había otra posibilidad ante tu cuerpo de milagro, el movimiento infantil de tu alta coleta sobre el aire que te rodeaba y el olor a frío del agua transparente de la poza.

Unas aguas gélidas que parecían rajar las piedras del fondo con el bamboleo de sus telarañas de luz.

Eso o la deliciosa y suave curva de tu vientre que me hacía pensar en cosas impensables por definitivas.

El olor a pinos que fue creciendo según pasaba el día y nuestra piel que se iba poco a poco agrietando de sol y viento, encendiéndose como una antorcha hasta que terminé masturbándote bajo la tierna castidad de una toalla del pato Donald, tan roja como tus deseos.

- ¿Y tú? – me dijiste.

- Lo mío va a ser demasiado cantoso. Mejor lo dejamos para mañana y te cobro doble.

Y tú enrojeciste un poco, como siempre, pues los años pasados no habían conseguido limar esos conflictos que siempre tuviste entre el sexo y las palabras, en realidad que tuvimos todos más allá de las reuniones de amigotes, pues pese a todos los años ya pasados seguíamos todavía jugando a policías y ladrones con los largos tabúes que nos habían grabado a fuego dentro.

 

Aquel día fue así, con el aroma de la resina de las jaras como una presencia casi humana y el agua verde de aquella poza solitaria como tus ojos entornados por la luz mientras nos secábamos sobre las largas losas de granito y su peculiar olor al calentarse; un infierno de bolsillo bajo el sol del mediodía. El cuarzo brillante y la piel mojada, aún entumecida, hecha un escalofrío por el juego del sol radiante y la brisa fina de la montaña, mientras el río seguía su vida de aguas deslizadas y hacía pequeños saltos y trenzados, pintando un cuadro de brillos y transparencias.

Aquel día nos bañamos juntos como nunca volveríamos a hacer, ateridos en las aguas de hielo, riendo y tiritando al mismo tiempo, y eras tan bella  cincelada en agua, hecha ondas bajo ella, con pinceladas del amarillo de tu bikini y el rojo de tus uñas, que hubiera dado un mundo por haberte conservado así para siempre y no en el pálido reflejo de las palabras,

pues siempre faltan adjetivos y ahora más que nunca,

Todas las noches son insuficientes para contar lo importante y necesario.


jueves, 3 de julio de 2025

(DE OTROS LADOS). Aquellas Praderas azules. Así te recordaremos siempre, Luis.

COMO DIRÍA LUIS, DALE AL PLAY Y VIVE EL ASOMBROSO RITMO DE ESTA CANCIÓN



No puedo evitarlo; esta canción, desde que tú me la descubriste, me da ganas de vivir.
Tal vez sea por la batería poderosa, por su ritmo que te atrapa, por el saxo mágico o por sus subidas y paradas abruptas que tú me explicaste tantas veces.
Desde hace no sé cuanto tiempo me la encontrado en un bar o en un pub perdido y una subida de vida me ha poseído, llevándome a bailar incluso cuando ya no suelo hacerlo, enamorado de una melodía que, sin recuerdos precisos, es una parte importante de mi juventud

Y esta vez sé que es real, 
lo que estoy sintiendo.
Sé que si me pongo a ello,
sé que de verdad puedo hacerlo.

Son unos versos sencillos pero poderosos.

Tengo mi mente puesta en ti

Eso dice una y otra vez la canción del antiguo Beatle, aquella con la que demostró que podía hacer cosas verdaderas magníficas sin el poder de Lennon o la orfebrería de Mcarty.

Una melodía sencilla pero llena de ritmo, que rompe las ataduras del qué dirán mientras te lanzas a la pista para bailar sin fin, impregnándote de la música como si fuera una ducha eterna de colores.

Tengo mi mente puesta en ti

Pues juventud es, sencillamente, un tiempo en donde es necesario estar enamorado de continuo. Esa es su fuerza vital que nos hace creer en nosotros mismos, igual que el poema de Ángel González.
El deseo pero también el sentimiento de volverse completo en la mirada de otro, ¿verdad, Luis?

Tú sabes mucho de eso.
De hecho has sido nuestra guía (aunque tú nunca lo supieras) en la música y el amor, y nos enseñaste que el mundo es una montaña rusa de sentimientos que vale la pena vivir aunque exista sufrimiento. Tú lo hiciste al ritmo de estas y otras cientos de músicas que te habitaban por dentro, a pecho descubierto en todos los casos, y eras capaz de hacer las más lindas (la palabra es cursi pero creo que exacta) por un amigo o una mujer. Te daba lo mismo el esfuerzo, pues era esa tu energía.
Música y sentimientos, sonidos para soñar y soñarte, unas veces en la realidad otras en el simple anhelo de totalidad que te volvía tan digno como vulnerable, tus dos grandes virtudes que te terminarían envenenando de miedos.

Por eso, ¿por qué no contar tu vida de canción en canción? ¿No sería eso el mejor homenaje que podríamos hacerte?
La idea fue de Solsona, claro, no podía ser de otro, y durante días la estuvimos hablando hasta que nos llegó la caja con tantas cosas tuyas, y entre ellas una libreta con direcciones de correos y contraseñas.
Entre los apuntes había una que nos llamó la atención. Era la de un blog en donde (por la fechas) tú habías estado publicando en el último año, aunque dejando todos los post como borradores.
- Lo mejor será borrarlos - había dicho Lucas, pero no pudimos evitarlo y empezamos a entrar en las entradas que siempre se iniciaban con una frase (una de aquellas que tú siempre utilizabas en tus programas) y un vídeo de youtube.

Eran los cuentos y las reflexiones que habías hecho desde la adolescencia que en los últimos tiempos (suponemos) revisaste y pasaste a formato digital (con lo poco que te gustaban esas cosas al principio) y puesto una canción como dedo que señala a a la luna.

Luego le fuimos añadiendo nuestras propias historias que también eran tuyas. Pili, Lucas, yo, Laura, Lucas, Mar y Solsona, por su puesto.
Para recordarte mientras escribíamos esta terrible y maravillosa historia, sabrinaherido, como dice siempre Nuria de ti. Pues siempre fuiste un letraherido, un músicaherido, un tímidoherido, pero sobre todo un Sabrinaherido que viviste por, en contra o a través de Sabrina persona y todas tus Sabrinas imaginadas, sus recuerdos y sus fantasmas, todo un universo de realidades, intenciones, necesidades, sueños, ... de un mundo hecho poesía y música que justificó toda tu vida, Luis.

Toda la nuestra, claro.

Pues si realmente queréis conocernos, a él y a nosotros por tanto, tal vez encontraréis las pistas del mapa del tesoro en todas estas praderas azules  que hablan del Luis público y el otro verdadero





sábado, 12 de abril de 2025

AQUELLAS PRADERAS AZULES. Todos quisimos ser Sony Croquet




Miami Vice fue para mi algo más que una serie de policías. Fue toda una revelación
Quizás la frase pueda parecer excesiva pero fue totalmente cierta aunque sea difícilmente explicable pues, ¿quién puede explicar que sus iluminaciones de videoclip, su gusto por los montajes complejos, casi oníricos, pudieran cambiar la vida a nadie?
Pues precisamente a mi.
Con ellas y descubrí un concepto de glamour que unía la belleza con el estilo. Una belleza como forma de vida, como una justificación en medio de la podredumbre (no sólo física sino también moral) que me fascinó.
Sus trajes elegantes combinados con camisetas de colores se convirtieron para mi en un paradigma del gusto pero también en una forma de pensamiento, enseñándome caminos desconocidos: No era necesario ser como todos. Lo único imprescindible era encontrarse a sí mismo. Sólo así se podría triunfar.

Aquí estaba el quid de todo, y sólo necesitaría los siguientes 30 años para lograrlo
Hasta ese punto te puede cambiar la vida una simple serie llena de trajes de Armani y Ferraris, de héroes cansados que se mantienen en pie por pura dignidad mientras todo se derrumba a su alrededor y el amor, siempre, ya se perdió.
Eso y la vida dentro de una canción, con aquellos temas magníficos de Phil Collins o de Jan Hammer sobre los que se montaban el clímax de las historias y que yo años después repetí en la terrible película que perpetramos en la asignatura de Audiovisuales II de tercero de magisterio, pues era como si la vida (al fin) llevara preparada su propia banda sonora que hiciera de altavoz de las emociones.
Una perfección que yo siempre había perseguido durante años, vivir en una canción muchos años como si cada pedazo importante de nuestras vidas pudiera enclaustrarse en los tres minutos y medio de un tema.
¿No es eso lo que estoy pretendiendo con todas estas praderas azules?

Acaso mucho más tarde descubrí, que al menos en la música, ese sueño lo cumplió ya Spotify en su versión premium, pero a mis quince años esa serie de lanchas motoras lanzadas a toda velocidad entre los Cayos fue imprescindible para ampliar mis modelos de épica y y ratificar mi imaginario de perdedor con clase y amor perdido.
Pues incluso en los momentos más ardientes de amor con Sabrina en su tercera vez yo siempre supe que era (querría haber sido) Sony Croquet, atenazado por pasados que no pudieron nunca ser.
Amores perdidos, compañeros heridos, oportunidades que nunca pudieron ser posibles