sábado, 31 de agosto de 2019

Análisis y comentario. HERMES Y DIONISIOS NIÑO

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Tema: Es una representación del dios Hermes sosteniendo entre sus brazos a su medio hermano Dionisos, al que ofrece un racimo de uvas, que el niño trata de agarrar con sus pequeñas manos.
 Se trata por tanto de un tema mitológico, recogiendo el momento en que Hermes lleva al niño junto a las ninfas de Nisa por orden de Zeus, para protegerlo de la ira de su esposa Hera. 
Se cree que esta escultura fue realizada para proclamar la paz entre dos pueblos, Elis y Arcadia cuyos patrones eran estos dioses.
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Tipología: Se trata de una escultura exenta de bulto redondo que rompe con la
frontalidad permitiendo que el espectador pueda ver a los personajes desde diferentes puntos de vista. Al ser una escultura de grupo, se encontraría dentro o fuera de un templo para que la polis pudiese rendirle culto y convertirse en un lugar simbólico de la misma

Material: Se utiliza el mármol mediante la técnica de la talla. La superficie es lisa, lo que permite que la luz resbale por la escultura (modelado suave).



Tomada de wikipedia

Composición: es una escultura de bloque abierto, en el que muestra a Hermes
levantando un brazo y en el otro portando a Dioniso, también con los brazos levantados. Esto provoca que sea dinámica.
El cuerpo hace una curva suave que da sensación de desequilibrio, a esto se le llama curva praxiteliana, provocado por el movimiento de las piernas que hacen descompensarse la cadera (una evolución de los experimentos de Policleto en el Doríforo).

El modelado, como se ha dicho anteriormente, es suave, eso permite que la luz resbale, por el cuerpo de Hermes dándole un sentimiento de tranquilidad.

La figura presenta un canon estilizado que le da una forma andrógina y una posición inestable. La expresión de Hermes es tranquila y melancólica, sin preocupaciones, mientras da de comer a Dionisos.

El color es monócromo, pero tal vez en origen sería policromado.

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Tomada de wikipedia


Comentario.

Esta escultura es del periodo post-clásico, en el que empieza a perderse la belleza para dar paso a lo expresivo, se da más valor a lo anecdótico y se toman con menor seriedad a los dioses.
Esta época coincide con la crisis derivada de las Guerras Médicas y el control del tesoro de Delos por Atenas que provocará las Guerras Civiles del Peloponeso y sus cambios de mentalidad. Así, los temas pierden su serenidad e importancia ensayándose varios caminos: Praxíteles los vistos de una forma anecdótica (como una Venus saliendo del baño o un Apolo que intenta matar suavemente a un lagarto) con esculturas melancólicas y la curva praxiteliana; Scopas con obras de tema épico y Lisipo con su nuevo canon (cabezas pequeñas y musculatura hercúlea) y aspecto cansado
Y es que, el periodo post-clásico se caracteriza por la pérdida de belleza modificando los cánones, acaba la utopía clásica de la perfección y  plantea una sociedad cada vez más compleja, donde se valora lo individual y subjetivo como lo hacían los sofistas.

Como es habitual en el mundo griego, las esculturas se muestran desnudas, pues en esa época está bien visto que las esculturas de hombres apareciesen desnudas, dándoles virilidad, por lo que idealizan al hombre y lo ponen como el centro de todas las cosas (antropocentrismo).
Frente a periodos anteriores las esculturas han perdido el hieratismo y el bloque cerrado que caracterizaba a la época arcaica (Anavyssos) para dar paso a intentar profundizar en la psicología del personaje y abrir el bloque en el periodo severo (Auriga de Delfos) consiguiendo la idea de belleza basada en la armonía en la época clásica con el Discóbolo de Mirón o las obras de Fidias.

Las obras de Praxíteles serán fuente de inspiración para el futuro renacimiento (Botticelli y su Nacimiento de Venus, David de Donatello), tomando de ellas su melancolía, formas sinuosas derivadas de la curva praxiteliana y suave fluir de la luz por la anatomía



Ficha técnica: Esta escultura recibe el nombre de Hermes y Dionisos niño, hecha por el escultor Praxíteles en el siglo IV a.C, perteneciente a la fase post-clásica. 



Paula Sancho Pérez 
(2º Bach. IES Los olivos en Mejorada del Campo)



jueves, 29 de agosto de 2019

LAS PINTURAS DE GULIO ROMANO EN EL PALACIO DEL TE (4) El carro de Helios.


Un gran fresco domina este pequeño salón (posiblemente como zona de introducción a cámaras más privadas) en donde aparece el carro de HelioS y de la luna, un símbolo tradicional sobre el paso del tiempo (tan rápido).
La obra se crea en una espectacular perspectiva de sotto in sú que luego será habitual en el mundo barroco, en la que colaboró activamente su discípulo Primaticcio.

En torno suyo se crea una estructura en estuco de casetones romboidales en donde aparecen animales, humanos y distintas empresas relacionadas con el propio mecenas


TODAS LAS PINTURAS DEL PALACIO DEL TE. MANTUA

miércoles, 28 de agosto de 2019

Portrait on the fly. Laurent Mignonneau & Christa Sommerer


Al principio solo vemos puntos en movimiento pero acerquémonos.
¡Son moscas! Cientos de moscas que pululan por la pantalla de la obra.
Si conseguimos pararnos un poco nos llevaremos una nueva sorpresa. 

El movimiento caótico de las moscas comienza a reorganizarse y crear... ¡un retrato del observador!

Fantástica obra electrónica en donde el espectador se enfrenta a un espejo tecnológico que le refleja. Lo más cotidiano, acaso menos higiénico y molesto (las moscas) unido a la tacnología del visor y el programa que reconvierte el entorno; un juego de trampantojo pero también de identidad (pues acaso es lo mismo) en donde las ciencias naturales y las informáticas juegan con el espectador y le reflejan (o al menos cree él que lo hacen), reconvertido en moscas. Pura vanidad




martes, 27 de agosto de 2019

AQUELLAS PRADERAS AZULES. Y despiertas...al la luz de Roy Orbison

DALE AL PLAY Y DESPIERTA (POR FIN) A MI LADO


A tí nunca te tuve que imaginar bajo el embrujo de las Supremes.
Nunca tuve que imaginar tus sueños, pues eras cierta en cada noche entera,  tras los boleros de fuego y el blando sopor que nos cerraba los ojos luego. Eras un calor difuso en medio de la noche que se volvía violeta al amanecer cuando yo despertaba y te veía dormir durante mucho tiempo aún, fascinado, hasta que, de repente, te volvías y sin aviso alguno despertabas.

Tus ojos en donde aún quedaban los restos del maquillaje se abrían despacio como un pájaro que cantara y sonaba en el mundo Roy Orbison.
Como dos pozos de almendras que se posan sobre el aire lleno del sol amanecido.
Como dos grandes perlas llenas de brillo.
Dos lugares sin dueño que lo iluminan todo de ternura.

Así era aquella maravilla en la que bailaban peces de colores cuando, de repente, me descubrías y sonreías muy despacio, sin hacerlo apenas.
Ni siquiera movías los labios y reías con aquellos ojos de gata que ronroneaban sueños perdidos.
Me mirabas y una paz azul me bajaba por el pecho como si los milagros pudieran existir y tú fueras el mejor de ellos.
Te amaba entonces como si te acabara de descubrir en medio de la multitud, sin dudar por sólo instante que mi vida era tuya, de esos ojos amanecidos, antes incluso que dijeras una sola palabra y como si fueran un imán me atrajeran hacia tí mientras alzabas los brazos, me tomabas por el cuello e inventabas por primera vez un beso de terciopelo.

Recuerdo esa imagen vívidamente, Martina.






lunes, 26 de agosto de 2019

LA REVOLUCIÓN PRAXITELIANA



Cuatro años después de terminar las Guerras del Peloponeso (400 a C) que arrasaron la Grecia continental nacía, en una familia de escultores, el artista que renovaría el clasicismo griego y daría toda una nueva dirección a la escultura y el desnudo.
Hijo de Cefisodoto, Praxíteles pronto se destacó como el escultor más importante del siglo IV.
Sátiro escanciador

Suya fue la invención de la famosa curva praxiteliana, un contraposto muy marcado que lanzaba la cadera hacia un lado, creando un largo arco con las piernas y torso, que se dirigían en sentidos contrario (forzar de esta manera la posición habitual de las figuras le obligó en numerosas ocasiones a tenerlas que apoyar en un elemento exterior, como un árbol, columna, paños...)


Por otra parte, reelaboró el tradicional canon de Policleto (7 cabezas) por otro mucho más alargado (de 8 y, en ocasiones, 9 cabezas), creando figuras estilizadas que reforzaba aún más su curva.

Las innovaciones no quedaron ahí, y fue el primer escultor que realizó en tamaño natural el desnudo femenino (como ya vimos en su famosa Venus de Gnido) e introdujo numerosos nuevos temas en donde aparecían sátiros,eros y niños.
Eros tipo Centonelle

Una nueva temática alejada del clasicismo del siglo V a C en donde hay toda una estética (tan postclásica) de lo anecdótico que desvía su mirada de los grandes héroes, de las batallas o los atletas para buscar situaciones más cotidianas, sin halo alguno de grandeza, sino de una humanidad más cercana y delicada de aquel que persigue un lagarto, el que porta un niño en los brazos, del Eros que tensa un arco, de la Venus que sale de la bañera y es sorprendida en su desnudez, (...) que tendrá un largo recorrido en Lisipo (Ares Ludovisi) y toda la escultura helenística (Espinario, Niño de la oca, Hermafrodita dormido, tanagras)

Eros tensando un arco

Y mientras desmoronaba la temática anterior, a la vez rompía con la escasa expresión clásica (su contención expresiva) para introducir en sus escultura un aliento melancólico, como de perfección perdida.
Una nostalgia que los occidentales tomaremos como la verdadera esencia del arte griego (mucho más influyente que la impasibilidad de Fidias) como podéis ver perfectamente en esta famosa obra del Quattrocento (El Nacimiento de Venus de Botticelli)

Y es que ya no solo era el rostro sino la propia actitud corporal la que transmitía la melancolía. Frente a los modelos compactos de Policleto, los músculos de Praxíteles se relajan, se vuelven blandos, apenas ya si se remarcan.
Apolo sauróctono

Esto es fruto del característico acabado del autor, que aún se reforzaría más por la pintura que lo recubriría (normalmente realizada por Nicias).
Todo ello (postura, canon, acabado) le conducirá a modelos andróginos que fueron la fuente de inspiración del Quattrocento temprano, como podemos ver en el famoso David de Donatello que analizamos aquí.


Y es que, como vemos, Praxíteles creó un nuevo clasicismo que poco tenía que ver con el propio clasicismo del siglo anterior, rompiendo con muchas de sus características para establecer nuevas formas que, durante mucho tiempo, fueron consideradas las canónicas del periodo griego (en realidad, las grandes figuras como Mirón, Policleto o Fidias se redescubrieron verdaderamente en el Neoclasicismo del siglo XVIII).
Sátiro en reposo
Hasta entonces la figura mítica fue Praxíteles que influyó en todo el siglo III (las famosas tanagras, el Hermafrodita dormido), en gran parte del neoaticismo (como vimos en la Venus de Milo) y en el mundo romano, que tantísimas copias realizó de sus obras.
Tanagra del siglo III a C

martes, 20 de agosto de 2019

AQUELLAS PRADERAS AZULES. Cuando nos volvimos heavys a los 14

DALE AL PLAY Y GUITARREA

En algún momento indeterminado de mis catorce años me volví heavy como una enfermedad más que hay que pasar en la adolescencia.

El primer culpable fue Jesús y el punteo de Escalera al Cielo de los Zeppelin que me enseñó a tocar con su guitarra acústica en la Sierra durante las largas tardes de verano.
Luego, ya entrado el otoño, fue el primero que me llevó al Barrabás, y yo aquella tarde me sentí invadido por una furia que hasta entonces no había sentido. Esa música era pura energía, y mis hormonas debieron reaccionar con una descarga de adrenalina que me dejó noqueado todo el fin de semana y me hizo gastar la paga en un disco de AC/DC y otro de Scorpions en mi tienda del barrio. 
Comencé entonces un viaje en el que pronto me acompañó Solsona, convirtiendo en Canci y los bajos de Aurrerá en nuestros destinos predilectos de los fines de semana. 
Todo este camino fue acompañado por un cambio de estética y aparecieron muñequeras, chapas compradas en el rastro y el pelo cada vez más largo frente a los refunfuños de mi madre que resultaban imprescindibles, casi incluso más que la propia música, pues para un adolescente la estética es una de sus primeras formas de ética, e igual que hay que ser comunista a los 20 para luego ir recorriendo el camino hacia lo conservador, un verdadero adolescente debe pasar por su época heavy como un peaje imprescindible para conocer todo el volumen y la tensión que te habita dentro. 
Energía sin contemplaciones. 
El problema, sin embargo, fue que yo fui (creo que también Solsona), heavy a tiempo parcial, y nunca pude dejar de escuchar a Bach ni al nuevo pop que estaba renaciendo en los 80 y, aunque parezca absurdo (aunque a los 14 no lo era, evidentemente), eso me creaba verdaderos problemas de conciencia, como si con una música traicionar a las otras en esta puta edad llamada adolescencia que estar prohibida 
o tal vez no, ¿quién no ama las montañas rusas en su estómago?, ¿verdad, Sabrina
Te recuerdo que yo era heavy hasta que tú me diste la vuelta como un calcetín y me hiciste fan de Mecano, aunque también es verdad que te conocí gracias a u a chapa de AC/DC, ¿lo recuerdas?
Hasta entonces yo tenía el pelo todo lo largo que me dejaron (que no fue mucho) y pasaba los fines de semana haciendo solos interminables con una guitarra imaginaria mientras buscaba nuevas emisoras que me permitieran conocer aquellas canciones que desde entonces han quedado en mi memoria como luces deslumbradoras de escasa armonía pero un poder sin límites.
Campanas del infierno, Iron Maiden, Metálica, los Judas Priest que tanto amiba nuestro amigo Arias, Saxon y otra decena más de grupos que viajaban en una épica estruendosa de dobles bombos y guitarras afinadas en el extremo más agudo te dejaban en estado catatónico tras una tarde de violencia y gritos que te dejaban perplejo ante el mundo pero también limpio como si te hubieran fregado con lejía.
¿Cómo no amar esa música a los 14?
Era, también, la rebeldía ante un mundo que no nos gustaba que empezamos a comprender oyendo a Barón Rojo y Obús que acabaron de una vez con nuestros cuentos infantiles y nos dijeron a las claras que los Reyes Magos eran, definitivamente, los padres mientras la magia debía estar en otro lado, aquel pronto conoceríamos.
Por eso había que gritar mientras dábamos botes sobre la pista, convencidos que este era el único camino que teníamos ante todo lo que no comprendíamos. Una puñetera Escalera al Cielo que algunos equivocaron y pasaron a cabalgar blancos caballos que les llenaban de espinas y, en pocos meses, se convertían en puros espectros que deambulaban sin rumbo por las calles desierta buscando una dosis más que quemar en su papel de aluminio , ¿verdad, Jesús? 
Tú también corriste hacia esas esquinas sin regreso a las que no quisimos acompañarte, no sabemos si por miedo o por pereza, y te vimos alejarte a una velocidad que nos dejó aterrorizados y con ganas de llorar, pues sólo entonces nos dimos cuenta de lo fácil que era pasar al otro lado en donde ya nada es real más que el dolor de las articulaciones y la ansiedad mientras el rostro se vuelve una calavera y la lengua se convierte en algo pastoso mientras los pies comienzan a arrastrarse sin fuerzas en las rodillas ni en el alma que ya sólo es visitada por las propias pesadillas.
Así acabaron varios de nuestros mejores amigos y otros que no lo eran tanto y había que esquivar en el barrio para que no te dieran el palo,

oye perdona, ¿no tendrás unas monedas? 

Eso no era el heavy, claro, pero también estaba en sus alrededores.
Por fortuna a nosotros no nos interesó nunca, acaso porque unos años antes tampoco nos pareció nada apetecible esnifar como locos de una bolsa llena de pegamento, y nos bastaba y sobraba con aquellos ritmos sin aliento, con sus gritos contra todo y todos que (tal vez) fueran el germen de toda una ideología que sólo mucho después comprenderíamos, quizás.

Por el momento todo era más sencillo y sólo necesitábamos que la habitación vibrara bajo el terremoto de las baterías, acuchillada por las guitarras eléctricas y las voces llevadas al límite último, y allí, por  cuatro minutos  y medio, sentirse vivo como si lo fueras por primera vez en la historia.
Por eso y muchas más cosas nos volvimos heavys a los 14



martes, 13 de agosto de 2019

ÁNIMA MUNDI. LUIS. AQUELLAS PRADERAS AZULES. Un bolero de agosto y fuego


DALE EL PLAY Y DÉJATE LLEVAR POR LA MÚSICA, MEJOR SI ESTÁS ACOMPAÑADO



Martina fue, también, además, el Bolero de Ravel que se termina desbocando en un final de fuegos de artificio y percusiones.
¿Lo recuerdas, verdad?

Era, en un principio, sábanas frescas de una siesta bajo el calor tórrido de agosto.
Sábanas recién planchadas, sin arruga ninguna, con la suavidad de un clarinete que anunciaba ya desde sus comienzos la entrada en el bosque encantado de aquella habitación en penumbras rasgadas por los haces de luz que se colaban por los huecos de la persiana.
En ellos se veían bailar, tan suaves, miles de gramos del polvo dorado del arpa, y el fagot entre ellos repitiendo incansable el motivo oscuro y oloroso de aquella melodía española que Ravel había amasado durante años en su mente hasta convertirla en una obsesión con fragancia a frutas un punto más allá de su madurez.

Todavía hoy puedo olerlo en la memoria.

Un recuerdo a mangos en la piel fina de tus antebrazos donde azulaban las venas como pájaros callados, mirando con suave elegancia las evoluciones de los clarinetes y los oboes que formaban bandas  de sombra sobre nuestras cabezas mientras el mundo, allá fuera, posiblemente no existiera y toda la realidad posible éramos nosotros dos solos protegidos del sol implacable y fuego en aquella habitación con pósters de colores ya desvaídos mientras tú me mirabas.

Te recuerdo entonces como un puñado de avellanas,
el rumor de esperas en la luz incierta que te habitaba bajo los párpados,
sin otro maquillaje que las flautas y su alma de vida sin torturas en donde la felicidad era posible, 
las mil felicidades ciertas por las que iríamos pasando mientras la música avanzara hacia el abismo.

Pero todavía no.
Aún no, cariño mío.

Pues tu cuerpo era dócil y blando sobre las sábanas blancas, semejante a una brisa en la que palpitaba la sangre como una percusión cada vez más nítida cuando mis manos se acercaban al inicio de tus muslos de caramelo y menta.
Era eso y el olor de tu pelo amanecido, de tus uñas finas, rojas como amapolas, que desfallecían un instante para volver a hablar sobre mi espalda, arrastrando los metales suaves de las trompetas desde mi cuello mientras el calor poco a poco se iba volviendo un poco más denso y opaco, convertido en una presencia espesa que el ventilador movía casi sin poderlo hacerlo.

El bombo. Las luces inquietas de los platillos.

En nuestro largo paseo poco a poco íbamos sintiendo los pulsos y tus ojos se cerraban como animalillos huidizos; en tu ceguera buscada el cuerpo iba despertando a los deseos de una música cada vez más hipnótica que a mi me latía en las sienes.
¿Cómo poder describir tu piel de melocotones calientes que sabía a los metales de la orquesta?
Cómo seguir viviendo sin el mapa mudo de tu cuerpo que yo fui nombrando cada vez más impaciente, pues el tiempo iba corriendo en la marea del sonido que nos envolvía como una segunda sábana aún más caliente.

Lo recuerdo con la nitidez que tiene la memoria de los tactos.
Una memoria sonora en donde tus suspiros también tomaban compás mientras
sobre tu vientre germinaban las cerezas que yo cosechaba con una paciencia cada vez más inquieta, rompiendo los pasados como pompas de jabón que reventaban al ritmo de los fagots insomnes, los clarinetes de ansiedades que ya no queríamos controlar por más tiempo pues

La melodía de una obsesión.

Un ritornello asfixiante que daba paso a otra cosa.
Se empezaban a acortarse los tiempos, se aceleraban los espacios, y cuando comenzaban a entrar los violines empujándose, yo, tú, ya formábamos un lugar sin dientes, un puzzle perfecto y húmedo mientras las sábanas se arrebujaban en pliegues.
Y el calor tenía su propia presencia que iba desde dentro hacia fuera.
Un incendio que se avivaba.

¿No escuchas los trombones que nos llaman?
¿No ves sus llamas azules entre nuestros cuerpos?

Al fondo estaba el abismo y nosotros corríamos hacia él sin poder remediarlo.
Nos gustaría pararnos, girar en torno nuestro para paladear cada uno de los bocados del chocolate de tus labios.
Pero es ya imposible.
Nuestros cuerpos ya están llorando un sudor de especias. Algo semejante al ámbar como los metales que nos invaden y tienen luces doradas dentro de su alma desesperada y
urgencias como las golondrinas que nos llueven desde el techo y nosotros cerramos los ojos en un intento desesperado por no desaparecer.

Es la música, son nuestros sentidos los que la empujan en medio del calor,(infiernos de gloria)
y todo sucede cada vez más deprisa, ya no hay pausas, gimiendo como violines sin medida, violonchelos roncos más allá de todo y todos pues ya ni siquiera existe el tiempo.
Primero desapareció el afuera y ahora los minutos; sólo existe la obsesión de Ravel como una cama de púas sobre la que estamos muriendo.
Mi vida.

Me gritas que subes y subes hasta tocar las nubes en donde retumban los bombos.
Tienes alas.
Eres un pájaro.

Tiras de mi, me alzas y ya no toco el suelo

Platillos.

Agonizamos juntos.
Rompemos los dedos en el otro cuerpo mientras miles de metales acuchillan el mundo. Todo se está haciendo pedacitos. Chirrían las vísceras, se mudan de lugar los pasados ahora que no tienen lugar donde apoyarse.
Pues todo es presente. Sonido

Y un fagot lo anuncia. Como si fuera un larguísimo lamento tocan las trompetas del Apocalipsis en medio del redoblar de los tambores que nos han llevado a la guerra.
Y la victoria está allí mismo, al puro alcance de las manos.
Sólo falta un instante, un golpe más de tus caderas y

Suena el gong para que estalle el mundo y 



historias como cuerpos, cristales como cielos, 


Todo se ha consumado y durante un instante dejamos de ser mortales










martes, 6 de agosto de 2019

AQUELLAS PRDERAS AZULES (Maravillosos) Miedos infantiles

DALE AL PLAY PARA PASAR UN (maravilloso) MIEDO INFANTIL



Sí, ya sé que la canción no corresponde al tiempo, o tal vez sí, pues aunque apareciera cuatro o cinco años después de lo que cuento, cuando lo hizo yo no me fasciné con el espectacular vídeo clip que la acompañaba, pues nada escucharla por primera vez en la radio de labios de Joaquín Luqui, yo tenía, desde la propia infancia, preparado el mío.

Tendría 9 o 10 años, y acaso sería uno de los últimos veranos verdaderos de mi infancia, antes de que empezarán a revolverse las hormonas y el mundo se volviera una montaña rusa de emociones. 

Pero aún no. La vida todavía tenía cualidades de cristal transparente que sólo se teñía levemente con la lluvia o en algunas tardes en las que Bach me estallaba por dentro. 

Lo demás era una larga placidez de pequeñas cosas, partidos de fútbol y geypermanes. Un mundo feliz que se hacía inmenso al llegar el verano (¿es que duraban más las horas que años después?), cuando pasábamos los días enteros en el jardín trasero de aquellas casas de mi infancia en donde gastábamos las mañanas y tardes jugando a las canicas, las chapas y a la comba, con una gran maroma que había traído Toño del trabajo de su padre, o montábamos incansablemente en bici, orgullosos de nuestras hazañas mientras derrapábamos con la rueda trasera y, si había mala suerte, nueva herida en la rodilla sobre otra más antigua que (lástima) estaba a punto de curarse. 
Pasaban así los días, bebiendo a morro de la manguera de riego y cazando lagartijas mucho antes de que fueran una especie amenazada, y al caer la noche nos sentábamos a hablar en la valla de la entrada de los coches, los mayores a la izquierda, los pequeños a la derecha, con la garita del guardia separando ambos mundos tan distantes que sólo se unían en momentos especiales, como el juego de policías y ladrones o el rescate en donde valían los jardines de delante y los de la parte de atrás e incluso los portales (no existían aún los porteros y siempre estaban abiertos) que los comunicaban.
Pero si algo que esperábamos todos con ansia era nuestro particular pasaje del terror que interpretábamos casi ya terminando el verano, los mayores como actores, los pequeños como víctimas fascinadas. 
Todo se preparaba largamente e, incluso, los últimos días no podíamos estar en los jardines de la parte de atrás en donde los mayores organizaban escondrijos con las ramas de la última poda de los árboles, hacían trampas en la pequeña montaña de uno de los extremos y colocaban estratégicamente linternas y petardos junto al callejón pequeño. 
Mientras se iba haciendo todo eso, las noches anteriores, se dedicaban a contar historias de terror en su valla de los coches con la voz suficientemente alta  para nosotros las oyéramos en nuestro lugar tras la garita y volvíamos cargados de miedo a casa cada noche esperando que llegara el segundo sábado de septiembre, como si fueran unos nuevos reyes magos aún en pleno bochorno. 
Al lunes siguiente volvían a comenzar las clases pero el ansia del miedo podía más que la futura pesadez de la rutina de los cuadernos de matemáticas, y pasábamos la tarde llenos de una angustia maravillosa y el pecho se nos aceleraba según iba cayendo la tarde, cenar deprisa en casa y regresar corriendo a la valla en donde nos esperaba Jesús, aquel que jugaba en los juveniles del Madrid y era el maestro de ceremonias, que nos hacía un corro y, vestido con una camisa hecha jirones y llena de mercromina (para los más jóvenes, betadine), nos hablaba de los aparecidos y demonios que quizás nos podríamos encontrar. 
¿Seguro que estáis preparados? ¿Nadie se quiere marchar? ¿Seguro? 
Y todos asentíamos sin poder contener el temblor de unas piernas que no nos permitían huir aunque fuera eso lo que más deseáramos entonces
(Pero, ¿quién puede quedar como un cobarde? ¿Quién iba a perderse aquello de lo que se hablaría durante días?) 
Apenas si ya teníamos aliento para contestar y simplemente sacudíamos la cabeza muy pegados al de al lado. 
- Venga entonces - decía Jesús mientras tiraba del primero y todos avanzábamos como un bloque tembloroso camino hacia el callejón grande. 
En los jardines de atrás se escuchaban ruidos extraños y, al subir a la montaña, ya podíamos ver el paisaje aterrorizado(?) de luces extrañas que se movían y
— Escuchad. ¿No oís? 
Decía Jesús, y cada uno se imaginaba el más horrible de los lamentos, pues en el fondo se trataba de eso. 
El miedo lo llevábamos nosotros ya dentro y la burda comedia de los mayores sólo era una excusa, la perfecta, para morirnos de pánico cuando Montoya saltaba de detrás de una mata de romero con la cara llena de arañazos o Bebmar, el mayor, se abalanzaba apuñalándonos con su cuchillo de plástico. 
Bastaba eso para que todo el cuerpo se nos acalambrara y el rebaño de pequeños corriera sin sentido hasta el pequeño patio en donde se levantaba una cabaña a la que Jesús nos hacía asomar para encontrarnos los huesos que
- Cuidado, eso solo son el aperitivo del monstruo que... 
Y Romero, siempre tan alto, se acercaba a pasos desiguales con la cabeza envuelta en trapos
- ¡El monstruo, chicos! 
Y cada uno le ponía el rostro de sus pánicos mientras un casette a todo volumen gritaba entre silbidos:
-¡Nadie saldrá vivo de aquí! 
Y empezaban a estallar petardos por todas partes mientras miles de mayores salían de los lugares más inesperados y se encendían linternas que nos deslumbraban. 
-¡Corred. Corred hacia el callejón pequeño! - gritaba Jesús pastoreándonos hacia el gran final de fiesta en donde todos los mayores se habían reunido para acosarnos con manos y gritos que nos llevaban al límite, e incluso nos tenían que empujar para que lográramos salir, paralizados por el miedo.

Debía ser todo un espectáculo vernos corriendo como locos hacia la parte de delante con los ojos desorbitados y gritando, presas de un (maravilloso) miedo infantil del que durante semanas estaríamos hablando, acaso sin saber que sería el último y los monstruos cambiarían de cara y formas y perderían su inocencia y nos traerían nuevos venenos. ¿No es eso la adolescencia?