Tras el terremoto que destruyó la antigua ciudad en 1693, se decidió su reconstrucción integral en una colina cercana (10 km) siguiendo los modos barrocos tanto en estética como en ideología.
Se construyó una ciudad de calles paralelas que se conectaban por medio de escalinatas, creando (en su zona central), un damero al que los cambios de cota entre las calles le aportaban multiplicidad de vistas (una difícil conciliación entre rigor constructivo, el que tiene que tener una sociedad, y rincones y visiones pintorescos que animen su amenazante regularidad, otorgándole vida real a lo que sólo podría ser un sueño racional).
Por otra parte, la propia distribución urbana daba una idea (tridimensional) de la estricta sociedad estamental de la época, organizándose sus calles en torno al Clero, la Nobleza y el pueblo llano.
En ellas se abren plazas y se puntean de monumentos que rompen la estricta geometría con su barroco final (casi rococó en algunos puntos) de clara inspiración borrominesca y fascinante labra (especialmente en sus ménsulas)
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