En la girola de la catedral de Toledo se abre, en una de sus bóvedas de crucería, un hueco que permite que entren directamente los rayos de sol.Esta es la primera parte del transparente que se continúa en la pared del presbiterio que se llena de figuras en torno a un óculo del que salen rayos dorados. Por este lugar pasará la luz que iluminará por detrás la custodia, creando un efecto celestial.
En realidad la idea la había desarrollado Bernini en San Andrés y, sobre todo, en la Cátedra de San Pedro del Vaticano.
Lo verdaderamente novedoso (y que le da el carácter de barroco tardío, muy cercano al rococó) es su decoración sin que fin realizada por el propio Narciso Tomé y sus hijos entre 1721 y 1732.
Una larga alegoría en donde (como es típico del barroco) se funden arquitectura, escultura, pintura y luz, entremezclándose las artes (volviéndose impuras al entrecruzar sus características como las columnas que desgarran su piel como una membrana para dejar ver sus estrías o las placas recortadas se convierten en motivos orgánicos y la geometría se convierte en formas ambiguas).
Todo un desenfreno de nuestro último barroco que convierte al espectador en un actor de una enorme máquina teatral que cambia según el lugar de observación y la hora del día.
Un horror vacui de estética blanda y exquisita (como corresponde al rococó) que ha nacido de Churriguera y se terminado por volver casi inmaterial en la luz, unas veces en contraluz, otra en una luz lechosa, envolvente, sinuosa, sin verdaderos ángulos en los que crear sombras
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