Hasta el Mondrian que todos tenemos en la cabeza, su pintura evolucionó de una forma muy personal que pretendemos ilustrar en este artículo.
En sus primeros trabajos, aún naturalistas, se observan ecos (más conceptuales que verdaderamente estéticos) con la construcción del paisaje que realizara Cezanne, fuertemente organizado a través de líneas ortogonales.
Posteriormente el cubismo (tanto en sus formas analíticas como sintéticas) será esencial, recogiendo de él tanto sus formatos ovalados como a su fórmula de descomposición de la realidad en formas geométricas coloreadas y separadas por fuerte líneas, realizando el paso al que siempre se negaron tanto Picasso como Braque, al sobrepasar el límite de la realidad que ya impide al espectador cualquier intento de reconstrucción.
A partir de este momento estará preparado para realizar el paso esencial, aquel que renuncia al objeto (incluso en sus primeros momentos) para buscar un arte espiritual que busca lo cósmico y renuncia a cualquier tipo de tragedia personal (como sí se encontraría en la abstracción de Kandisnsky) dominado por las líneas ortogonales, los colores planos y un fuerte rechazo por lo subjetivo y emocional que se supera a través de la medida y las relaciones.
Se busca la idea de la armonía (Argán) a través de la asimetría, componiendo el cuadro como unidades autónomas que sólo adquieren sentido en su relación y concordancia que realiza ecos de la armonía universal, relacionada con el pensamiento teosófico.
Sus conflictos de van Doesburg acerca de las diagonales le harán separarse del grupo, aunque su propio estilo se verá afectado por el nuevo dinamismo planteado por su antiguo compañero, lo que plantea con cambios de los formatos o la ruptura de la armonía entre línea y color anterior, especialmente visibles en su último periodo estadounidense.






