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jueves, 1 de enero de 2026

AQUELLAS PRADERAS AZULES. A menudo me hubiera gustado ser ellas (I)

 


Desde muy temprano lo descubrí, aunque no lo quisiera admitir durante mucho tiempo : a menudo me hubiera gustado ser ellas.

No quería hacerlo. Para la mentalidad de la época, aquello solo me podía traer problemas y explicaciones (¿verdad, Juani?). 

Además, no es que yo quisiera ser realmente mujer sino, más bien, saber como era el mundo desde sus ojos, sentir desde su manera.

Tal vez esto pueda resultar un tanto ridículo, pero los ochenta eran, todavía, una década machista que dejaba claramente diferenciados estéticas, roles y comportamientos de tal manera que a más de uno nos llevó problemas una camiseta rosa o, por Dios, la línea del ojo pintada.

Como para decirle a otros: sabes, hoy me gustaría ser una mujer y además de bandera hasta repugnarme por completo de babosos y sus burdos piropos o, por contrario, convertirme en una reina de oros con toda una corte a sus pies que respira por donde ella lo hace. 


Era eso pero también toda una forma distinta de ver el mundo basada en sensibilidad y mucho más de lo que ahora llamamos inteligencia emocional. ¿Ser intuitivo era de chicas? No lo sé, aunque lo que estaba claro es que los chicos no podían llorar, ni ser sensibles ni escuchar a los Pecos bajo pena de excomunión y exilio. 

Pues no había leyes precisas, ya no, pero continuaba la tradición suficiente de machismo en nuestras sociedades para que la situación se perpetuara, aunque se la intentase maquillar. 

Un mundo hosco que oprimía a las mujeres pero tampoco era demasiado amable con los hombres que no quisieran interpretar el papel de machos alfas que se esperaba de ellos. 


Había demasiado silencio en las cosas importantes que sólo llevaba a malentendidos, en el sexo, en los roles, en las apetencias o los futuros. Seguro que entre ellas hablarían de forma diferente que con sus parejas.
¿Cómo, de qué, para qué? ¡Cuánto habría dado por conocer todo eso!; quizás hubiera allanado muchos obstáculos y problemas.
¡Que fantasía de peluches naranjas habría sido convertirme en ellas como ya probó a hacerlo Virginia Woolf!
Ser mujer un momento, aunque ejerciendo el mismo deseo, y convertirse en una lesbiana que sólo quiere entender cómo les ocurren las cosas a ellas y ella.

Continuará...




viernes, 26 de diciembre de 2025

AQUELLAS PRADERAS AZULES. CAMON ELEIN



 Tú con ese peto vaquero que se moldeaba por encima de los pechos.

Tú con el pelo más corto y risueño, andando hacia la pradera, con una coleta verde que se movía al ritmo de la de la canción, como si de pronto te llamaras Eileen.

Tú y tu mono rojo y su cremallera infinita que empezaba en tu cuello y terminaba en los reinos de fantasía en donde me perdía con ansias infinitas.

La pradera verde invierno, llena de calor en plenas navidades, y juegos de manos y ternuras imprevistas;

Sólo maravilla.


Fue un tiempo (acaso el último que viví en mi vida) que no tuvo ni necesitó esquinas, pues todo era curva y tú

Un tiempo de sol oblicuo que nos llenaba de pasión y paz después, de pasión de nuevo y misterios explorados, como aquella canción que parecía acabar para luego arrancar aún con más pasión y ternura.

¿Cuántos libros que nunca terminaré de escribir cabían en tus suspiros pequeños? ¿De qué estaban hechos esos escalofríos que nos tomaban por sorpresa y nos llevaban a las más altas nieves?

Hielos, pero también volcanes.


Tú hecha luz en aquellas mañanas infinitas y el agua corriendo por los arroyos, fría y azul.

Una paciencia de encinas, 

y las pilas del casete que iban muriendo ya muy cerca del mediodía.

Como si el sueño acabase

fuera acabando, 

en la espera de Memory


¿Cómo se puede pasar del cielo al infierno en una sola canción?




viernes, 9 de agosto de 2024

En Directo. Vicky Larraz de un tórrido agosto

Buenas noches.

De nuevo nos encontramos aquí en la madrugada y hoy que quiero contarte una historia.

Otra historia en estas horas de infierno en el julio de Madrid.

Es una historia que me contó una bellísima mujer francesa que conocí hace mucho tiempo.

La historia de un amor de verano en tres canciones de Olé Olé (por supuesto con Vicky Larraz) en un Madrid tórrido de agosto.

La primera ya la estás oyendo. La Conspiración que tomaba la habanera de Bizet en Carmen.

Era precisamente esa canción la que sonaba cuando entraba en un pub de Alonso Martínez con unas amigas y, en la misma puerta, se encontró con él y surgió el fogonazo.

No pudieron ninguno de los dos evitarlo y se miraron y se tuvieron que acercar como una conspiración, y hablarse durante horas en un rincón del local para terminar besándose en la calle de atrás, parapetados por dos coches y una madrugada ardiente.

La historia continuó unas cuantas paradas de metro hacia el sur, en el piso de estudiantes que tenía esta francesa con otras compañeras de unos cursos de doctorado.


Lo hizo sin pensar y cuando él ya casi estaba desnudo sobre la cama, algo se interpuso entre los dos. Era un recuerdo terrible de ella que la dejó paralizada con el propio vestido ya en la mano.

Pero él supo, y no nada dijo, y esperó y dejó mucho tiempo hasta que ella se atreviera a llorarlo todo y contarle una terrible historia de un novio tan celoso y posesivo que terminó abusando de ella.

Él le cantó al oído la canción que tú escuchas. No controles; nunca quiso hacerlo en el mes que estuvimos juntos tras el fracaso nocturnos y los fuegos artificiales que se sucedieron unos minutos antes del amanecer, cuando comentó a Ir a Mil.

Fue apenas un mes que a ella le dejó el recuerdo imborrable de cómo podría ser el amor y la pareja en el futuro, la perfección absoluta con Olé Olé y, también, Roxette



Programa emitido el viernes 7 de julio de 1994

...



¿Queréis saber más de sus programas?








sábado, 27 de julio de 2024

Aquellas praderas azules. Cristina y sus tetas

Tenía unos ojos rabiosamente azules y el pelo negro, largo y muy rizado, un punto anterior a lo afro, que se movía al compás cuando bailaba lentamente, como una serpiente moviendo sus cascabeles.

Tenía una cintura estrecha y culo esplendoroso, y bajo su vestido de muselina parecía casi más desnuda que si lo estuviese, con las telas arracimadas en sus caderas y subiendo en aquella nochevieja de doble pezón.

Porque Cristina tenía unas grandes tetas, pesadas, lentas, dolorosamente densas que conocí en el parque junto al local. El frío había hecho crecer y endurecerse como un hielo ardiente a sus pezones oscuros, rugosos.

Era superlativa y fogosa, como un fuego que se agita sin cesar y escupe racimos de chispas y gemidos que se te clavaban dentro y amenazaban con romper todas las espuertas.

Contención. Raciocinio.

Su cuerpo de escándalo, sus lamentos y contorsiones lo ponían muy difícil pero había que aguantar, aguanté esa noche gracias al alcohol ingerido con ella sentada sobre mi y el banco temblando, enterrando mi cabeza en sus tetas antológicas que olían a canela, a extraños dátiles de carne prieta, a vainilla tostada por nuestros infiernos interiores que amenazaban con calcinar todo en nuestro entorno mientras del local salían agazapadas las canciones de los Ilegales.

Por favor, no, me decía. Un minuto más de esa gloria que estaba viviendo.

La mujer más despampanante del campus que seguro terminaría por cazar un buen partido en la facultad derecho, con papá bien rico, chalet y deportivo, pero que ahora (como si los dioses existieran) me había elegido a mi para comenzar el año por todo lo alto (y nunca mejor dicho). Cohetes en su garganta y sus dedos crispados en mi espalda, como si yo fuera un columpio y sus tetas un mar tempestuoso que se estrellaba contra mi cara.

Un apretar los puños, contar números primos, hacer raíces cuadradas que nunca supe realizar, límites, integrales que sólo vivían en la pura fantasía de los profesores de matemáticas, tangentes, cosenos y senos para...

¡¡¡No!!!

Un sentirse espeso por dentro para luego desaparecer por torbellino que hace el sumidero de su cuerpo y la noche. Un calambre de huesos y vísceras que parecen reventar hasta que al final lo hacen y tú te pierdes, ya no sabes ni con quién estás ni donde, y cuando vuelves...

¡¡¡!!!! cuando vuelves tienes la terrible misión de hablarla.




domingo, 30 de junio de 2024

AQUELLAS PRADERAS AZULES. Aviadores con el corazón herido (2)

DÉJATE LLEVAR POR LA MÚSICA QUE SONÓ PRECISAMENTE ESA NOCHE EN EL PENTA


 
Mirando quedo esperando
aún anticipando amor
nunca dudando
para convertirnos en los predestinados,
entrando y retornando
a algún lugar para esconder,
mirando en cámara lenta
como tú te volteas y me dices:

quítame la respiración
¡Déjame sin aliento!

Igual que me dejaste aquella noche de vino y rosas, Luis, acaso la mejor que tuvimos juntos, cuando volvimos por tercera vez o me hiciste volver o, tal vez, sólo me diste la excusa que necesitaba para regresar al más bello sueño que jamás tendré.

Te recuerdo que fuiste tú, Sabrina, la que, tras la fortuna del encuentro, te empeñaste a jugar con fuego hasta que ardimos por completo, desintegrados por las luces del Penta.


Unos chiquillos que de pronto habían crecido pero al verte el tiempo se paró primero y luego volvió hacia atrás. Ay, cariño, no he podido olvidar tu forma dulce de mirar.

Yo tampoco el verde de tus ojos.

Ni el tacto eléctrico de sus pieles cuando se rozaban por descuido en aquella noche que los volvió a unir.

Aunque yo me intenté resistir. Me daba mucho miedo volver a sufrir.

Ya lo sé, Luis. Yo quería besarte desde el primer momento y, a la vez, marcharme corriendo.

Pero yo conseguí mantenerlos juntos a base de canciones. Les martiricé con recuerdos que les fueron robando la voluntad hasta que sonó esta canción y, como una moneda con dos caras, zanjó definitivamente su futuro.
Ella le ofreció el pozo de sus labios y él no pudo dejar de beber en él, pues era, siempre lo había sido, su fuente de la eterna juventud, y ambos tendrían 16 años cuando se miraban así de cerca y suave, incapaces de saber ya que alrededor de ellos había todo un mundo lleno de gritos que ellos no escuchaban.
Nada más existía, sólo una paz que les llenó las bocas con el aliento del otro mientras hablaban las lenguas con su particular alfabeto que habían ido descubriendo durante tantas tardes besándose, aquí, en el Penta, como un suave sueño que a mi y la hermana de Sabrina nos gustaba mirar como si viéramos en ellos nuestro propio pasado.


lunes, 25 de diciembre de 2023

AQUELLAS PRADERAS AZULES. LAS ÚLTIMAS NAVIDADES


Yo nunca pude ser tan guapo como George Michel.

Ni la Sierra de Madrid  tenía el manto de nieve de las grandes montañas.

Yo nunca podría ser un cantante famoso, preso de mi timidez.

Ni jamás tendríamos ni el dinero ni la edad para aquellos trajes de esquí, ni  (tampoco) para irnos todos en pandilla unas navidades a los Alpes Suizos.

Pero todo eso daba lo mismo, pues la canción (como otras tantas decenas) estaba hecha para nosotros solos, contando la historia de un amor y su pérdida que aún sigue ardiendo en nuestros corazones; tu milagro azul y amarillo.

Nosotros y nuestro amor de unas Navidades magníficas que nos hizo conocer el hielo y ver mariposas en medio del invierno. Un tiempo de sabor a bocas que sabían a cerezas y a frío, a caramelos de menta y limón; el aroma de almendras en tus palabras finas, Divina.

Era eso y la luz de tus ojos bajo un sol hecho de seda y chimeneas, de charcos congelados al caer la noche, sin poder dejar de mirarte nunca.

Todo eso era esta canción, y el andar entre cenizas después, viéndole a ella ya para siempre lejana, de otro, será de otro, como antes de mis besos.

Porque, a partir de entonces, todas las navidades ya no serían más que pálidos recuerdos de las últimas, primeras y verdaderas que me llevaron a la gloria de tus cien canciones y, dos meses después, al más puro infierno.

Y así, desde entonces, como decía George Michel:

Me estoy escondiendo de ti y de tu alma de hielo

,mi vida.


Luis.

AQUELLAS PRADERAS AZULES. ÍNDICES