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es que a veces discutía acaloradamente con sus propios fantasmas, pues estos se
empeñaban en llevarle la contraria, escribió y, aún con la pluma en la mano
goteando adjetivos, sintió un extraño vértigo que en un punto le fascinó, pues a
veces ocurría que la realidad se le volvía extraña y, como si fuera un cuento,
se sentía poseído por dentro.
Pero,
bah, dijo, y con la gota pendiente del plumín escribió, sin saber muy bien por
qué: Pessoa. Luego bebió un largo sorbo de café y pensó en el Congo más remoto
y sus altiplanicies brumosas en donde maduran los frutos rojos del café;
escuchó aromas extraños, confundiendo los sentidos del gusto y el olfato.
Y
es que el mundo, a veces, se vuelve extraño, escribió rompiendo la línea
prevista de la narración, y dejó a su personaje con la taza de café en la mano,
sin beber aunque quisiera un trago largo, y un atlas enorme, de grandes tapas
rojas, que estaba sobre la mesa se quedó un punto extrañado, luminiscente como
por encanto en el centro de África.
Anochecía
entonces, quiso escribir mientras por la ventana se veían las primeras luces
encendidas que bañaban la ciudad con una luminosidad extraña, en un punto
africana, haciendo inútiles a todas luces a las tres del mediodía de aquel jueves
radiante de un agosto terrible y los hielos del café derritiéndose en el vaso
sin que nadie lo tomara, incapaz de tomar sus propias decisiones, sólo
pendiente que alguien le escribiera que él estaba escribiendo y
Calló
desvanecido sobre el atlas, incapaz de defenderse de los alacranes y las
serpientes que prosperan en las altas planicies en donde madura lentamente el
café.
Sólo sería cuestión de tiempo, acaso el suficiente para poder escribir,
con el vaso inútil del café en la otra mano: Pessoa. Sin saber muy bien por
qué.