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sábado, 26 de diciembre de 2015

Velázquez. Texto sobre las luces y sombras de un pintor real


- Mi buen amigo Diego - sonrió Rubens mientras estrechaba el brazo del pintor español -, aún sois joven. Ya os daréis cuenta de que para un pintor de Corte es tan importante el color y la perspectiva como la vigilancia cuidadosa de los cortesanos.
(...)
- Velázquez ha dejado imágenes en las que el rey y el conde-duque de Olivares aparecen en majestad como si dominasen ambos el mundo entero. Un pintor de corte puede ser más peligroso que el mismísimo emperador, mi buen amigo

sábado, 5 de diciembre de 2015

UN TEXTO SOBRE LA FUNDICIÓN DEL BALDAQUINO DEL VATICANO


Ruego a Su Eminencia que me permita comenzar con la fundición. Barberini asintió, y entonces Lorenzo (Bernini) dejó de sentirse nervioso. De pronto no era más que concentración en estado puro, con todo el cuerpo vibrante de atención. La cera ya se había derretido bajo la capa de arcilla, y todas las aberturas habían sido cerradas con tapones del mismo material. A su señal, dos hombres se dieron la vuelta hacia el enorme cabestrante, con el que empezaron a abrir, poco a poco, las puertas de piedra del horno. Lorenzo se cubrió el rostro con el sombrero para protegerse del calor que le llegó de pronto. En aquel momento una llama verde emergió por encima de las brasas. Perfecto: el cofre de la aleación se había derretido.
 —¡Añadid el carbón! Una docena de hombres empezó a lanzar paladas de carbón, mientras otros tantos se dedicaban a accionar los fuelles para avivar el fuego. Dos hombres por cada instrumento, que eran altos como ellos mismos. Lorenzo lanzó una viga al horno y removió el bronce fundido, que ardía como si fuera lava a la espera de ser volcada en el interior del molde, y finalmente lanzó también varios bloques de cinc, plomo y estaño que tenía preparados junto al horno, mientras dos trabajadores se servían de otro fuelle para limpiar el canalón de cenizas y porquería, y evitar así que bloquearan el paso de la fluida mezcla. Por fin ordenó que se cerraran las puertas del horno, hizo una señal de asentimiento a su padre y a Luigi para que retiraran la estopa que bloqueaba los canales de aire y la arcilla que taponaba los tubos de fundición, respiró hondo y gritó: 
—¡Ahora, Francesco (Borromini)! 
Era el momento de golpear 
(...)
Ahora veía lo que había sucedido: la tapa del horno había explotado y se había elevado por los aires, de modo que el bronce fundido brotaba por la pared superior del mismo. Sin perder un minuto se lanzó de nuevo a golpear la piquera, pasando por encima de un trabajador que había quedado enterrado bajo una de las vigas caídas. Pero antes de llegar al horno, Francesco, que por fin parecía haber vuelto en sí, arrancó de una vez los tapones con su barra de hierro. Sólo que ahora —¡maldición!— el metal salía demasiado despacio. Si se solidificaba en los canalones, ya podían despedirse de todo el trabajo. 
Con una prisa febril, Lorenzo empezó a arrojar a la mezcla fuentes y platos de estaño que aquella mañana habían amontonado junto al horno por si se encontraban en un momento de necesidad como aquél. Echó docenas, cientos de ellos, a los canalones y al horno para intentar licuar la masa, mientras Francesco se arrancaba la camisa y cogía un rascador para arrastrar la mezcla hacia la boca del horno, y de allí hacia el molde de fundición, que se mantenía firme, recto y bien sujeto al suelo. Lorenzo se agachó, puso una oreja sobre uno de los canales de aire y escuchó; del interior del molde le llegó un leve murmullo, parecido al de un trueno constante y regular que cada vez estaba más cerca.
 —Bravo! Bravissimo! 

La Principessa. Peter Prange


Para entender los valores artísticos del baldaquino, ya lo analizamos aquí

sábado, 31 de octubre de 2015

LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

La primera annotación es, que por este nombre, exercicios spirituales, se entiende todo modo de examinar la consciencia, de meditar, de contemplar, de orar vocal y mental, y de otras spirituales operaciones, según que adelante se dirá. Porque así como el pasear, caminar y correr son exercicios corporales; por la mesma manera, todo modo de preparar y disponer el ánima para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima, se llaman exercicios spirituales.


No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gusta de las cosas internamente.

San Ignacio con sus Ejercicios en el Hospital de Antezana


Pocos libros no artísticos han tenido tanta influencia en el arte como estas breves instrucciones para realizar ejercicios espirituales que redacta San Ignacio de Loyola en 1526 o 27.
La potencia que adquiere la Compañía de Jesús, sus numerosas fundaciones y el carácter casi de libro de cabecera que tendrá el libro para la sociedad católica de su momento harán que sus páginas sean un referente para mútiples pintores de la Contrarreforma barroca.
Pero además de temas completos, tal y como dice Gállego, San Ignacio en sus Ejercicios "sigue la tendencia de materializar las ideas puras, es decir, abstractas. Siente la necesidad de encarnarlas", potenciando el carácter aparentemente realista (aunque escondiendo en él múltiples ideas simbólicas) que caracterizará al barroco español.
Y es que San Ignacio comprende (tal vez por experiencia personal) que es necesario apelar a los sentidos para hacernos ver y sentir los más profundos arcanos religiosos. Es, en palabras de Santiago Sebastián, "una sensibilización de la imagen"
Con ello se aleja radicalmente del simbolismo y alegoría típica del misticismo de un San Juan de la Cruz (que, como bien demuestra la obra del Greco, se adecua mejor al espíritu manierista que al barroco) y, "gracias a la composición de lugar, veremos, oiremos, oleremos, gustaremos y palparemos el objeto de nuestra meditación" (Gállego).

Estos ejercicios se componen como un método rápido (4 semanas) de examen de conciencia y acercamiento a lo divino.
En cada una de los distintos ejercicios se realizan tres preámbulos.
Veámoslos en sus propias palabras


Primer preámbulo es composición viendo el lugar. Aquí es de notar, que en la contemplación o meditación visible, así como contemplar a Christo nuestro Señor, el qual es visible, la composición será ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo, donde se halla la cosa que quiero contemplar (...)
es ver el lugar: será aquí considerar el camino desde monte Sión al valle de Josaphar, y ansimismo el huerto, si ancho, si largo, si de una manera, si de otra.

Esta composición de lugar es toda una reflexión estética que iluminará a los pintores, reafirmándolos en el carácter teatral, profundamente sensitivo, que ha de tener la nueva obra de arte contrarreformista-barroca.
Observad este pequeño texto dedicado al infierno:

El primer puncto será ver con la vista de la imaginación los grandes fuegos, y las ánimas como en cuerpos ígneos. El 2º: oír con las orejas llantos, alaridos, voces, blasfemias contra Christo nuestro Señor y contra todos sus santos. El 3º: oler con el olfato humo, piedra azufre, sentina y cosas pútridas.  El 4º: gustar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas, tristeza y el verme27 de la consciencia.  El 5º: tocar con el tacto, es a saber, cómo los fuegos tocan y abrasan las ánimas.


Ánimas del Purgatorio según Alonso Cano

Tras este primer preámbulo se une a lo sentitivo lo imaginativo, dándole un verdadero carácter iconográfico a la imagen, a la unirla con una intención piadosa. Son sus composiciones Imaginativas y tercer preámbulo
San Ignacio lo relata así:

2º preámbulo. En la invisible, como es aquí de los pecados, la composición será ver con la vista imaginativa y considerar mi ánima ser encarcerada en este cuerpo corruptible y todo el compósito en este valle como desterrado; entre brutos animales.

3º preámbulo es demandar lo que quiero, lo qual es propio de demandar en la passión, dolor con Christo doloroso, quebranto con Christo quebrantado, lágrimas, pena interna de tanta pena que Christo passó por mí.




Caravaggio. Cena de Emaús

Tras ello se produce el Coloquio que, como ocurría con los cuadros de Caravaggio (que será los grandes herederos de estos ejercicios), permite una identificación del fiel con el personaje religioso.
Un rasgo casi teatral que tanto inspirará a los grandes artistas barrocos


El coloquio se hace propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su Señor; quándo pidiendo alguna gracia, quándo culpándose por algún mal hecho, quándo comunicando sus cosas, y queriendo consejo en ellas; y decir un Pater noster.

En este sentido de identificación el santo jesuita llega incluso más lejos, uniendo vida y religión en los actos cotidianos (el Dios que anda entre las cacerolas de Santa Teresa)


Mientras la persona come, considere como que vee a Christo nuestro Señor comer con sus apóstoles, y cómo bebe, y cómo mira, y cómo habla; y procure de imitarle. De manera que la principal parte del entendimiento se occupe en la consideración de nuestro Señor, y la menor en la sustentación corporal, porque assí tome mayor concierto y orden de cómo se debe haber y gobernar.

A través de este método San Ignacio reparte las semanas a los pecados, la vida de Cristo, la Pasión y, la cuarta, a la Ascensión y Resurrección, haciendo pasar al fiel por todo tipo de situaciones (desde el infierno a la Gloria). 
Un camino en el que se mezcla sentidos, imaginación y voluntad
                                                       

Junto a todo ello los Ejercicios abundan en todo tipo de cuestiones prácticas (gradación de los ejercicios según el temperamento, madurez e inteligencia del fiel, formas de oración y penitencia, tan cercanas a la Devotio moderna e, incluso, al mundo erasmistas) y doctrinales (tan cercanas a Trento)

Alabar reliquias de sanctos, haciendo veneración a ellas, y oración a ellos: alabando estaciones, peregrinaciones, indulgencias, perdonanzas, cruzadas y candelas encendidas en las iglesias. Alabar ornamentos y edificios de iglesias; assimismo imágines, y venerarlas según que representan.




lunes, 5 de marzo de 2012

TEXTOS PARA ENTENDER EL BARROCO. EL ÉXTASIS MÍSTICO


Ya toda me entregué y dí,
y de tal suerte he trocado,
que mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.
Cuando el dulce Cazador

me tiró y dejó herida,

en los brazos del amor

mi alma quedó rendida;

y, cobrando nueva vida,

de tal manera he trocado,

que mi Amado es para mí

y yo soy para mi Amado.
Hirióme con una flecha

enherbolada de amor,

y mi alma quedó hecha

una con su Criador;

Ya yo no quiero otro amor,

pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado es para mí
y yo soy para mi Amado.


Santa Teresa de Jesús


Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro
Sácame de aquesta muerte,
mi Dios, y dame la vida;
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte;
mira que peno por verte,
y mi mal es tan entero,
que muero porque no muero
San Juan de la Cruz





Tal como el artista barroco lo interpreta, el amor divino tiene algo en común (al menos en sus manifestaciones externas) con su equivalente terrenal, y es consecuencia inevitable de ello que muchas representaciones de visiones extáticas sean más que sugestivas de una experiencia erótica sublimada (...)
(Sobre Bernini) todos los matices de la experiencia extática; la sensación mística de abandono del mundo, los estados alternos de placer y dolor, la expansión del yo que se produce en la unión con la divinidad

BARROCO , John Rupert Martin (Xarait Libros, Bilbao-1986)
http://www.revistacontratiempo.com.ar/martin.htm 
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Hay una lujuria del dolor lo mismo que existe una lujuria del placer
Susana Fortes, Quattrocento, 2007
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domingo, 11 de diciembre de 2011

TEXTO PARA COMPRENDER EL BARROCO. EL SEÑOR DEL BIOMBO EN UN MILAGRO DEL SIGLO XVII

II.

Imaginaros el ambiente, tenso y sobrecogedor.

Desde hacía ya muchas horas, antes incluso de salir el sol, decenas de pobres falsamente bien vestidos , mercaderes y comerciantes que habían alquilado trajes aunque mañana no comieran, labradores venidos desde muy lejos, acaso a más de dos días de camino, habían estado esperando hasta que la iglesia, poco antes del mediodía, abriera sus puertas, entrando en ella en medio de un silencio espeso, asombrados por aquella sala inmensa que parecía sostenerse por puro milagro, sin columnas en donde apoyarse.

Apiñadas unas contra otras, como si fuera día de mercado, aquellas gentes respiraban con dificultad el perfume denso del incienso que brotaba desde los enormes pebeteros colocados junto al altar.

- Es el aroma del Paraíso – decía alguno de ellos.

Tras sus nieblas se veían las capillas y sus nobles ocupándolas. Todos aquellos hombres magníficos, vestidos de lujo y fiesta, que se saludaban unos a otros con exageradas reverencias de sombreros y suaves movimientos de abanicos con los que las señoras se comunicaban, a veces, con los galanes que desde lejos las cortejaban.

- Cuidado, señora, que vuestro marido os está mirando – decía en voz baja, acaso, la criada

- Callad.

Pues entraban entonces los sacerdotes. Venían los monaguillos agitando aquellos incensarios desde los que ascendía el humo con olor a cielo anticipado que quemaba los pulmones con su aliento frío, llenando las cabezas de vértigo.

Silencio.

La muchedumbre que ocupaba la parte baja callaba de repente mientras la iglesia estallaba en cantos desde el coro de las monjas. Las voces rebotaban contra las paredes como si cantaran desde todos los sitios y un sonido de ángeles se iba posando sobre el humo que la luz de la mañana iba rasgando, como si fuera un cuchillo, la espada divina de aquel hombre que apareció tras las puertas abiertas de su balconada.

Todos se volvieron a mirarle. Era viejo y de piel reseca, con los ojos profundos que a todo miraban sin pararse en nada. Vestía de rojo y oro, mientras las monjas rompían a cantar y el sonido oprimía los corazones de la gente sencilla. Era él, el arzobispo. Don Bernardo de Sandoval y Rojas, autor de todo este milagro, sentado en su gran sillón de terciopelo carmesí y maderas con piedras engastadas que, aún siendo falsas, relumbraban desde aquellas alturas. Detrás suyo, de negro riguroso, su secretario, hablándole al oído.

- In nomine Pater et Filio et Spirituo Santo. Amen – dijo con voz profunda el sacerdote.

Todos se santiguaron, y los brazaletes de diamantes de las grandes señoras, los tejidos lujosos de los nobles resguardados en las capillas crearon un ruido de riqueza que les separó aún más del pueblo que les miraba atentamente, más pendientes de ellos que de una misa de la que apenas nada comprendían, pues se recitaba en latín y bajo los confusos ecos de la bóveda.

Los monaguillos cantaban. Las monjas tras las rejas misteriosas. El aroma del incienso ascendía como un remolino hasta convertir la escena en algo parecido a los sueños en aquellos tiempos en donde la televisión no existía y los ojos de la gente estaban casi vacíos de imágenes; apenas su calle o las tierras que cultivaban.

Los nobles y sus familias hacían reverencias al cardenal sentado en su trono de terciopelo rojo, buscando, aunque fuera un instante, su mirada reseca como la tierra en agosto. Le miraban con el descaro del que se sabe superior a toda aquella masa de gente que ocupaba la zona central y andaba de sobresalto en sobresalto, enmudecida por la música y mareada por el incienso, por el propio suelo de mármoles blancos y negros que, de tan pulidos, daban la sensación de abismo. Su dibujo formaba una estrella de tantas puntas como capillas, aquellas zonas reservadas sólo para los hijos de los que ya habían sido nobles, con el estandarte de la familia colgando sobre el muro, como si fuera un anuncio publicitario.

Y la misa, entretanto, continuaba. Alguna gran señora miraba de reojo, moviendo de derecha a izquierda el abanico, como si afirmara: Mañana, a la noche. Y los sacerdotes seguían proclamando de espaldas al público aquellas palabras sin sentido mientras se movían con gestos lentos y precisos, más parecidos a los de un actor que representaba aquel misterio tras el escenario de columnas doradas y figuras de santos doloridas que miraban con ojos impávidos entre la niebla.

Unos ojos alucinados, los de la criada que miraba las rejas del altar tras los cuales se movían los bultos indecisos de las monjas. Los del barbero enmudecido, el comerciante satisfecho, el simple soldado o el estudiante de pronto arrepentido, espectadores todos de un milagro que cada 20 de agosto sucedía, como si Dios hubiera elegido aquel día para hacer enmudecer al mundo cuando el sacerdote cogía el vino y el pan y, tras arrodillarse, se iba volviendo muy despacio. Terriblemente despacio, como si en verdad estuviera esperando el...

¡Milagro! Un solitario rayo de luz entraba por la zona superior de la cúpula, atravesaba la sala rasgando las nubes de incienso y se posaba sobre la copa dorada que hacía destellos.

Los más se tapaban con la mano los ojos, convencidos de que aquella luz divina les arrancaría la vista de un solo zarpazo, y sólo llegaban a vislumbrar la capa dorada del sacerdote brillante como si estuviera ardiendo, el cáliz y la patena levitando sobre el aire de luz dolorosa que abrasaba las cosas con su potencia todopoderosa.

Pasaba esto y, mientras todos se arrodillaban y se sucedían los cantos, unas monjas, subidas en la linterna de la cúpula, arrojaban pétalos de rosa sobre aquellos que los veían caer entre el humo del incienso, como si fueran restos de plumas de ángeles que sobrevolaban sus cabezas en vuelos de algodón y nieve, mostrándoles el camino hacia un Cielo que ahora lo tenían casi delante, traído por el poder sin límites de aquel cardenal duro como el diamante que todo lo observaba desde la balconada central con su sonrisa sin dientes.

- Imaginaros todo esto y comprenderéis el poder que tenía entonces, en el siglo XVII, la religión. De cómo la utilizaban para convencer, convirtiendo la misa en un verdadero espectáculo de efectos especiales. Esto es la base del Barroco – dijo el guía terminando con estas palabras su largo discurso que a todos nos había dejado con la boca abierta.

Vicente Camarasa

sábado, 10 de diciembre de 2011

TEXTOS PARA ENTENDER EL BARROCO. PROPAGANDA



            Concilio de Trento. Sobre las imágenes

Manda el santo Concilio a todos los Obispos (…) que se deben tener y conservar, principalmente en los templos, las imágenes de Cristo, de la Virgen madre de Dios, y de otros santos, y que se les debe dar el correspondiente honor y veneración: no porque se crea que hay en ellas divinidad, o virtud alguna por la que merezcan el culto, o que se les deba pedir alguna cosa, o que se haya de poner la confianza en las imágenes (…) sino porque el honor que se da a las imágenes, se refiere a los originales representados en ellas; de suerte, que adoremos a Cristo por medio de las imágenes que besamos, y en cuya presencia nos descubrimos y arrodillamos; y veneremos a los santos, cuya semejanza tienen:
Enseñen con esmero los Obispos que por medio de las historias de nuestra redención, expresadas en pinturas y otras copias, se instruye y confirma el pueblo recordándole los artículos de la fe, y recapacitándole continuamente en ellos: además que se saca mucho fruto de todas las sagradas imágenes, no sólo porque recuerdan al pueblo los beneficios y dones que Cristo les ha concedido, sino también porque se exponen a los ojos de los fieles los saludables ejemplos de los santos, y los milagros que Dios ha obrado por ellos, con el fin de que den gracias a Dios por ellos, y arreglen su vida y costumbres a los ejemplos de los mismos santos; así como para que se exciten a adorar, y amar a Dios, y practicar la piedad.
Desea ardientemente el santo Concilio que se exterminen de todo punto; de suerte que no se coloquen imágenes algunas de falsos dogmas, ni que den ocasión a los rudos de peligrosos errores (…) Evítese toda torpeza; de manera que no se pinten ni adornen las imágenes con hermosura escandalosa.
Finalmente pongan los Obispos tanto cuidado y diligencia en este punto, que nada se vea desordenado, o puesto fuera de su lugar, nada profano y nada deshonesto; pues es tan propia de la casa de Dios la santidad. Y para que se cumplan con mayor exactitud estas determinaciones, establece el santo Concilio que a nadie sea lícito poner, ni procurar se ponga ninguna imagen desusada y nueva en lugar ninguno, ni iglesia, aunque sea de cualquier modo exenta, a no tener la aprobación del Obispo.


El primer preámbulo es composición viendo el lugar. Aquí es de notar, que en la contemplación o meditación visible, así como contemplar a Christo nuestro Señor, el qual es visible, la composición será ver con la vista de la imaginación el lugar corpóreo, donde se halla la cosa que quiero contemplar. Digo el lugar corpóreo, así como un templo o monte, donde se halla Jesu Christo o nuestra Señora, según lo que quiero contemplar. (…) Imaginando a Christo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Christo, lo que hago por Christo, lo que debo hacer por Christo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se offresciere. (…) El coloquio se hace propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su Señor; quándo pidiendo alguna gracia, quándo culpándose por algún mal hecho, quándo comunicando sus cosas, y queriendo consejo en ellas; y decir un Pater noster

Versalles: el Resplandor del Rey Sol, Jesús Villanueva
Dentro de la etiqueta de Palacio, el momento de levantarse comportaba una ceremonia cuidadosamente reglamentada y que tenía un nombre especial: el despertar del Rey. En ese momento, el ayudante de cámara, que había dormido al pie de su lecho, le susurraba: "Señor, es la hora". Entraban entonces el Primer Médico y el Primer Cirujano para informarse de la salud regia, a la vez que daba paso a las "grandes entradas", es decir, a los miembros de la familia real. El Primer Gentilhombre de Cámara descorría el dosel de la cama y le ofrecía la pila de agua bendita y un libro de oraciones, con el que el Rey rezaba.
En la Galería de los Espejos los señores y las damas esperaban la llegada del Rey para acompañarle hasta la Capilla. Luis XIV se paseaba custodiado por cuatro guardias y un capitán que, detrás de ellos, iba recogiendo los "plácets" (peticiones escritas) de los cortesanos. El Rey atravesaba seis salones contiguos hasta llegar a la Capilla donde, a las diez de la mañana, tenía lugar la misa.
A las diez de la noche, la cena del "Gran Cubierto" Luis XIV acostumbraba a cenar en público, servidos por gentilhombres. Durante la cena, Monseñor y los príncipes se sentaban al lado del Rey, y frente a ellos las damas con título y, detrás de ellas, de pie, los cortesanos y curiosos. Cada servicio de alimentos era presentado y probado previamente por un séquito de veedores de viandas. Se presentaban en la mesa alrededor de cincuenta platos diferentes. La cena duraba alrededor de tres cuartos de hora.