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lunes, 16 de diciembre de 2024

Jorge Tomás García. Iconografías del arte antiguo. Grecia y Roma















Estas iconografías clásicas que podéis encontrar aquí forman parte de un interesante manual que se lee con placer y resulta interesante.

Entre sus puntos menos interesantes es el repaso excesivamente rápido de la escultura tanto griega como romana (y la escasísima presencia de lo arquitectónico), aunque esto se palia con creces con todos los apartados dedicados a la pintura cerámica griega y a las artes suntuarias tanto en el helenismo como en el imperio romano.

En en estos apartados es donde el manual se vuelve casi imprescindible, con sugerencia sumamente interesantes y conexiones entre los distintos campos.



lunes, 28 de octubre de 2024

Augusto y la imagen del poder a través de la escultura



En última instancia, esta revolución imperial en lo relativo a la creación y distribución de imágenes se remonta a Julio César, justo al inicio del gobierno de un solo hombre. Julio César fue el primer romano cuya efigie empezó a aparecer en las monedas acuñadas en la ciudad, rompiendo así la vieja tradición republicana que solo admitía acuñar monedas con imágenes de dioses, héroes míticos y personajes muertos mucho tiempo atrás. Pero no solo eso. 

Según Dion Casio, había también proyectos grandiosos para colocar su estatua en las ciudades del imperio y en todos los templos de Roma. Aunque Dion Casio, que escribió más de dos siglos después, estuviera exagerando, parece ser que en efecto había un novedoso plan para hacer visible a César en todo el mundo romano. El propio César habría respaldado el proyecto, aunque no lo habría diseñado. De hecho, se han encontrado más de veinte pedestales, desde la actual Turquía hasta la antigua Galia, cuyas inscripciones demuestran que habrían servido para sostener una estatua de César erigida mientras vivía. Pero fue asesinado antes de que estos planes pudieran llevarse a cabo, y ninguna escultura-retrato contemporánea de él se ha podido identificar de forma concluyente. Ha habido infinidad de atribuciones optimistas que señalaban a esta o a aquella estatua como el auténtico rostro de Julio César (incluso algunos de los arqueólogos más testarudos parecen querer mirar a los ojos del dictador), pero, de hecho, la única imagen indudablemente auténtica es la que aparece en algunas monedas del año 44 a. e. c. Quien tuvo la suerte de poner en práctica los planes de César a lo largo de un reinado de cuarenta y cinco años fue su sucesor, Octavio Augusto. 

En Italia, y en todo el mundo romano, se han descubierto alrededor de doscientos retratos —bustos o estatuas de cuerpo entero— hoy identificados con mayor o menor firmeza como Augusto. Casi nunca van acompañados de un nombre (hace mucho tiempo que las estatuas fueron separadas de los pedestales que las identificaban) y no siempre está claro que representen al propio Augusto, pues también podría tratarse de alguno de sus herederos o de algún pez gordo local deseoso de imitar el «aspecto» imperial. No obstante, después de dos siglos de concienzudo trabajo arqueológico —comparando los distintos retratos con las diminutas imágenes de las monedas, que sí llevan el nombre, o comparándolos entre sí—, hoy en día las piezas en discordia son relativamente pocas. 

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Lo que resulta particularmente llamativo es que las esculturas del emperador que estuvieron expuestas en distintos lugares del imperio, a cientos o miles de kilómetros de distancia, suelen revelar pequeñas similitudes de diseño, incluso en la precisa distribución de los mechones del cabello. Esto constituye una sólida pista de cómo se crearon. Muchas debieron de fabricarse en localidades de distintas partes del mundo, porque fueron talladas en piedra de la zona. Sin embargo, para lograr la máxima similitud entre sí, no cabe duda de que se basaban en modelos, ya fueran de cera, de arcilla o de yeso, enviados desde el centro del imperio para servir de «imagen oficial» de Augusto. No hay ninguna otra explicación verosímil. Aun así, todavía no sabemos cómo se desarrollaba todo ese proceso: para nosotros es una incógnita. 

Es uno de aquellos casos en que el funcionamiento de la administración de palacio, frente a la abundante información que tenemos de otras secciones, es completamente opaco. No podemos discernir quién dirigía esta operación ni quién se ocupaba de lo que llamaríamos las decisiones de «propaganda», y mucho menos quién realizaba los modelos o las propias esculturas. Y a pesar de que estos escultores contribuyeron a uno de los cambios artísticos más significativos de la historia universal, no podemos identificar por su nombre a ninguno de los que crearon los retratos de mármol y bronce de Augusto que se han conservado. A diferencia de lo que ocurriría mucho después con binomios de destacados artistas y monarcas mecenas como Holbein y Enrique VIII, o Tiziano y Felipe II de España, el mundo artístico de este período era mucho más anónimo y privado.

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La hipótesis más aceptada es que, a la muerte de Augusto en el año 14 e. c., había expuestas entre 25.000 y 50.000 imágenes suyas, lo que nos da una idea de la magnitud del fenómeno. Cualquier habitante del vasto imperio podía tropezarse en su ciudad —sin tener en cuenta la imagen de las monedas en el bolsillo— con una escultura de Augusto a tamaño natural, de bronce o incluso de plata. Esto nos recuerda de inmediato los carteles que en el mundo moderno reproducen la imagen de un dictador. De una forma muy parecida, incluso antes de la imprenta y de los pósteres, la imagen de Augusto era inevitable. 

Sin embargo, no se trataba de una revolución meramente cuantitativa. Augusto, o quien le aconsejase, también inauguró un estilo de retratos insólito en el mundo romano, en consonancia con algunos de sus cambios más estrictamente políticos. La élite de la República se había inclinado por un estilo «con verrugas y todo»: el retratado se veía demacrado, arrugado y anciano. Tanto si se pretendía una representación fiel o no de los personajes (y no tenemos forma de saberlo), se concedía un valor específico al poder de la senectud y la autoridad. Augusto cambió todo esto. Su propia imagen recuperaba las tradiciones idealizantes de la escultura griega del siglo V a. e. c. 

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La imagen de Augusto, que hunde sus raíces en un proceso iniciado por Julio César, proporcionó el modelo para los retratos de los emperadores romanos en los siglos sucesivos. En todos los reinados, excepto quizás en los más breves (e incluso los emperadores efímeros podían ser rápidos de reflejos), podemos detectar el mismo proceso de reproducción de sus estatuas. A pesar de que hay más identidades controvertidas en los períodos más tardíos, todavía podemos contar, como mínimo, unos ciento cincuenta bustos y figuras de cuerpo entero conservados de Adriano, el conjunto más elevado después del de Augusto, y quizás unos cien de su amante Antínoo, que se sitúa en tercer lugar. Muchas de estas imágenes formaban parte de una campaña dirigida desde el centro para difundir la figura del emperador por todo el imperio, o, en el caso de Antínoo, para responder al deseo personal de Adriano de conmemorar a su amante.

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Frente a esta dificultad, los romanos optaron a veces por una solución de ingeniería: se construía un esqueleto de madera o ladrillo del tamaño deseado para formar el cuerpo, después se «vestía» con finas láminas de metal (y quizás tejido reemplazable), y solo el rostro y las extremidades se esculpían en piedra para luego unirlas al marco. Estas partes del cuerpo son las únicas que han sobrevivido, restos de las caras o fragmentos de pies y manos que a veces parecen poco más que grandes trozos de piedra. Viendo tan solo estos fragmentos, apenas podemos imaginar lo impresionante o intimidatorio que podía ser el original. 

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Por más que Augusto pudiera haber construido astutamente una imagen que combinaba la igualdad ciudadana con una perfección casi sobrehumana, no hay duda de que las expresiones visuales de poder podían ser consideradas como expresiones de megalomanía. Las estatuas elaboradas con metales preciosos eran un ejemplo obvio en este sentido. No eran infrecuentes, pero eran siempre arriesgadas, y muchas no duraban demasiado tiempo. Un emperador podía conseguir tanto prestigio fundiéndolas como erigiéndolas. Augusto ya había comprendido que las estatuas de plata podían afectar de forma negativa a su reputación porque podían ser interpretadas como signo de exceso, de ahí que, en Lo que hice, presumiera de haber destruido alrededor de ochenta estatuas de ese tipo consagradas a él (presumiblemente donadas por otros) y utilizado los beneficios para hacer ofrendas al dios Apolo. Marco Aurelio y Lucio Vero aplicaron la misma lógica, porque, como leemos en una inscripción, se negaron a que estatuas de plata de los emperadores erigidas en Éfeso, viejas y estropeadas, fueran recicladas y convertidas en imágenes suyas. Ese mismo peligro existía también con el tamaño colosal. Representar al emperador a semejante escala sobrehumana conllevaba el riesgo de reventar el mito de que era «uno de nosotros». 

Hay referencias de pasada a figuras colosales de Augusto en Roma y a un grupo de ciudades del Mediterráneo oriental que encargaron una gigantesca estatua de Tiberio para el centro de la ciudad, en agradecimiento a su inmensa generosidad al enviar ayuda tras un terremoto. Sin embargo, el destino de la pintura de 35 metros de Nerón muestra el peligro que se cernía sobre estas representaciones colosales. Plinio el Viejo, en su breve descripción, la califica de completa «locura», y reseña que no tardó en ser destruida, de forma ominosa, por un rayo (un castigo, hemos de concluir, por haber ido demasiado lejos). Entre esos dos extremos, la historia de la estatua colosal de bronce de Nerón es un auténtico ejercicio de equilibrismo.


Emperador de Roma (Beard_ Mary)


AUGUSTO Y EL ARTE POLÍTICO

lunes, 30 de septiembre de 2024

EL CANON GRIEGO

A lo largo de este libro vamos viendo que el cuerpo ideal también se inventa y está sujeto a modas. El canon de belleza masculino de los griegos, sin ir más lejos, se parece más al actual que el femenino, diría yo. Pero la invención del cuerpo tiene límites y como en casi todo lo humano parece más bien un producto de la interacción entre la biología y la cultura. Por otro lado, la pulsión de parecer joven está asociada a la de resultar atractivo, en cualquiera de los dos sexos, porque la belleza física está asociada a la juventud.

(...)

 Este es el que se consideraba el tipo masculino ideal en la estatuaria clásica. Una nalga prominente pero cóncava lateralmente. También son voluminosas las nalgas de la Venus del delfín pero no tienen ninguna depresión entre el trocánter mayor y el glúteo mayor porque las nalgas de las esculturas femeninas clásicas son completamente redondeadas.

Me planto enfrente del espejo, me pongo en la pose del Diadúmeno y no me veo ese relieve (y eso que he jugado mucho al fútbol y he desarrollado el m. cuádriceps, que es el de la patada a la pelota). Pruebe usted, si quiere, a ver si tiene más suerte. Desde que me fijé en el rodete del Diadúmeno no paro de mirar con disimulo las rodillas de los atletas y culturistas. A veces me parece verlo fugazmente, pero acto seguido lo pierdo de vista. ¿Qué extraño músculo es ese? ¿Por qué no lo tengo yo? No puedo, desde luego, presumir de unos abdominales (la tableta, la chocolatina) como los del Diadúmeno, ¿pero no debería verme por lo menos ese músculo de la rodilla?


Se llama cinturón de Adonis o V del bajo abdomen al tan deseado pliegue de la ingle. Sin embargo, al no existir ningún músculo con esa dirección, sino solo un ligamento, es difícil desarrollarlo en un gimnasio















Si se fija ahora apreciará una especie de arco muy saliente en la abertura de la caja torácica de las estatuas clásicas, como el Discóforo, el Diadúmeno o el Doríforo de Policleto. Su nombre en la anatomía artística es el de arco abdominal redondo o arco griego. Elliot Goldfinger, en su excelente obra Human Anatomy for Artists. The Elements of Form (1991), da una complicada explicación anatómica del arco griego, pero a mí, y a pesar del esfuerzo de Goldfinger, más me parece el arco griego una convención, una cuestión de estilo, que una realidad anatómica. Es una parte del cuerpo humano ideal creada, inventada, por los griegos, como el rodete que cruza el muslo por encima de la rodilla, y al que Paul Richter se esforzaba en encontrarle una base anatómica, como vimos. El artista griego partía de la realidad, pero la trascendía yendo más allá. Ahora bien, puede que usted me desmienta con su propio cuerpo si tiene un arco griego como el que lucen el Discóforo o el Diadúmeno del museo del Prado o un rodete por encima de la rodilla, como el del Diadúmeno o el Poseidón.



















Sobre los genitales en el arte clásico


Nuestro cuerpo, Arsuaga, Juan Luis



lunes, 4 de junio de 2018

Santa María de los Ángeles- Termas de Diocleciano. De Roma al Renacimiento

























Pocas veces en la historia del arte se puede encontrar una continuidad histórica tan evidente como en este monumento.

Nos encontramos en el corazón de las termas (especialmente el tepidarium), realizadas en tiempos de Diocleciano, las más ricas y espectaculares de todo el imperio junto a las de Caracalla (tres mil personas a la vez)


 
Como gran parte de las construcciones romanas, durante la Edad Media se utilizaron como cantera de materiales, dejando al edificio en su esqueleto de opus caementitium y ladrillo.




























En el sueño de un sacerdote de Palermo, Antonio de Duca, cambió el destino de las ruinas.
Como ya hablamos aquí, este sueño le había convencido de edificar una iglesia a los siete ángeles.

























Logró convencer en su empeño a Pio IV, y éste le encargó el proyecto a un Miguel Ángel anciano pero en plena ebullición creativa.

El maestro hizo su obra "más renacentista" en el sentido de recrear la Antigüedad, pues intentó en todo momento respetar la obra romana, limitándose a restaurar algunas bóvedas y añadir columnas gigantes bajo ella (que probablemente habrían estado en el original)


























Aunque fue bastante transformada en el siglo XVIII, Miguel Ángel imaginó un espacio centralizado como vestíbulo tras el que se abría el gran salón del tepidarium.

























En él planteaba capillas laterales a ambos lados de altar y entrada y otras a los lados.



































Pese a los cambios introducidos, la sensación de arquitectura girada sigue estando presente en el espectador
Este, al traspasar el vestíbulo tiene una clara desorientación, pues le han variado una de sus certidumbres más básicas en una iglesia: la nave crucero corta a la principal.























Sin embargo, lo que comprueba es que este transepto es de tal magnitud que se ha convertido (psicológicamente) en nave principal, en el eje de movimiento, como puede comprobarse si uno toma la molestia de pararse un instante a observar a los visitantes del monumento, que tras entrar en la gran sala, se paran y, tras una duda, comienzan a caminar hacia derecha e izquierda (y no hacia el frente, como sería lo habitual)
En este camino el espacio se dilata hasta convertirse en algo gigantesco, tan amplio que el espectador desaparece como referente, y solo las gigantes columnas adosadas pueden permitir una comprensión de los espacios y las proporciones.

Queda el espacio sin medida posible y la generosísima luz que entra por los magníficos vanos termales, una verdadera suerte de lugar mental en donde el hombre deja paso a las fuerzas sobrehumanas de la Antiguedad y el genio personal del artista

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martes, 26 de septiembre de 2017

LOS RELIEVES CONMEMORATIVOS DE LA BATALLA DE ACCIO. ÉPOCA AUGUSTEA


Como ya hablamos aquí, la batalla de Accio (Actium) supuso el fin del segundo triunvirato y la llegada al poder absoluto de Augusto.

No es por tanto de extrañar que se hicieran numerosos relieves conmemorativo de tal victoria naval, como los que posee (en parte) la Colección de los Duques de Cardona. Córdoba.

En ellos se nos muestra, de una manera verdaderamente sublime, el llamado neoaticismo que caracterizó a la primera familia imperial que abandona el realismo republicano para, en una refundación simbólica, surja una Nueva Roma, directamente emparentada con la Atenas del siglo V a C.

Se retoma así todo el lenguaje que inaugurara Fidias que se mantendrá (aunque con una mezcla del realismo romano) en el Ara Pacis.

Todo en estas obras es verdaderamente exquisito y perfecto (un verdadero neoclasicismo en la propia Roma), desde la composición (equilibrada pero huyendo de las simples simetrías, con un solemne sentido de avance, el del propio Triunfo), las anatomías que unen perfección con una suave y delicada elasticidad de los movimientos armónicos, lleno de contrapostos que se enlazan unos con otros, el sugestivo juego de claroscuro de los ropajes, la suavidad de la terminación con su espléndido schiacciatto... que hablan de un poder nuevo, lleno de fuerza sin resultar excesivamente agresivo. 

 Un poder solemne de aquel que sabe que controla todos los resortes del Estado y lo muestra magnífico pero sin estridencias, pues realmente no las necesita



viernes, 22 de septiembre de 2017

EL ARA PACIS

 

"Cuando regresé a Roma desde Hispania y Galia, durante el consulado de Tiberio Nerón y Publio Quintilio, después de haber solucionado con éxito los asuntos de esas provincias, el Senado, para conmemorar mi retorno, ordenó levantar un altar a la paz augústea, para ser consagrado en el Campo de Marte, en el cual se decretó que los magistrados, los sacerdotes y las vírgenes vestales hiciesen un sacrificio anual."
En el famoso Ara Pacis (altar de la paz), Augusto quiso reafirmar la idea de la pax Augustea como su gran legado, una herencia que aseguraba la economía del imperio. Para ello utilizó distintas tradiciones.




Por una parte recogió el tradicional realismo (habitual hasta su mandato) del retrato etrusco-romano para reflejar su persona y la de la corte que le rodea. Coronado de laureles y perfil, como una moneda, su figura pasea majestuosamente en la procesión que conduce desde la Tierra (iustissima Tellus, la tierra generosa que da sus frutos abundantes) y hacia Eneas (el enlace mítico entre Roma y Grecia del que se hacía descendiente a la familia Julia de Augusto)


La cara fracturada representa a Augusto






La Tierra y su abundancia

La segunda tradición que se une a la anterior es la griega. Las conquistas de la república habían puesto en relación a Roma con Grecia, haciendo patente su enorme diferencia cultural. Desde entonces lo griego será sinónimo de refinamiento, y será precisamente en tiempos de Augusto cuando rebrote con fuerza (se denomina al periodo neoaticismo).

 De este arte griego el Ara Pacis tomará la solemnidad, el trabajo profundo de los paños o los exquisitos roleos (flores enrolladas) que dotarán a la escena de la solemnidad necesaria para su propósito.

 Toda la obra es una creación magistral llena de encanto, muy posiblemente realizada por esculturas de origen helenísticos (aunque según Branco Frejeiro, nacidos ya en territorio romano, como Crátero, Pitodoro, Hermolao, Artemón…)

La decoración se genera por medio de los citados roleos muy trepanados (con profundos claroscuros)
 Flor trabajada a trépano

 Palmetas

 Bucráneos con guirnaldas (imagen de la vida y la muerte)

 
 Grecas
  Racimos de uvas


Y aún una exquisitez más. Si os fijáis en las figuras procesionales, éstas ocupan un espacio bastante reducido en profundidad. Para evitar la isocefalia y dar una mayor amenidad y solemnidad, el escultor recurre a una gradación en perspectiva verdaderamente genial. Las figuras más cercanas casi salen la mitad (medio relieve) del fondo, mientras que las más alejadas apenas si son insinuadas con suaves dibujos sobre el mármol.


Esta idea del relieve sttiacciatto (aplastado) de orígenes griegos (periodo clasico), la retomarán Donatello o Ghiberti en el Quattrocento, siendo una de las técnicas favoritas del renacimiento italiano.

Para saber más
http://es.wikipedia.org/wiki/Ara_Pacis
http://aprendersociales.blogspot.com/2006/11/el-ara-pacis.html



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