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lunes, 19 de mayo de 2025

Oteiza según Richard Serra















Francisco Calvo Serraller, crítico de arte. Abril de 2009. 

Serra sentía una devoción muy sincera por Oteiza, e íntima, y no tenía problema alguno en decirlo. Jorge había hecho cosas que nadie había hecho antes; mucha gente parecía no darse cuenta, pero Serra sí. Además, sería absurdo no reconocer la notable influencia que había ejercido sobre él. En 1997 llegó a referirse a Oteiza como el escultor vivo más importante del mundo. ¿Qué artista dice eso de un colega? Ese año se conocieron en persona y visitaron juntos el Museo de Bellas Artes de Bilbao, después de disfrutar de una gran comida en un restaurante de la ciudad, en compañía de Néstor Basterretxea, Jon Intxaustegi y José Luis Merino. 

Cuando surge el tema, Richard cuenta siempre que hay tres obras de Oteiza que lo obsesionan. «Cada una de ellas me plantea un conflicto con la Historia», afirmó en los años noventa. «Todavía hoy se presentan como piezas vanguardistas, pese a estar concebidas entre 1957 y 1958. Se trata de Homenaje al padre Donostia, Caja metafísica por conjunción de dos triedros y Homenaje al estilema vacío del cubismo. El espacio formado a partir de estas tres obras no tiene precedentes. Confieren la vastedad del todo a lo meramente individual. No plantean soluciones cerradas, sino que tratan problemas tan fundamentales en el proceso de invención que han impulsado a otros escultores a repetir o extender esta sintaxis.» Para él manifiestan la distancia, el vacío, la soledad intensa.

(...)















«Oteiza se pasó media vida intentando nombrar lo que no tiene nombre, situándose en la frontera de la representación. Quizá ese idealismo ya no existe», dijo al fin.

(...)


Le fascinaba el trasfondo teórico del arte oteizeano, a través de aquellas obras con las que pretendía perforar el vacío y no decir nada. Mientras la mayoría de los escultores querían siempre proclamar algo, Oteiza ambicionó dejar en algunas de sus obras la huella del vacío, de eso que uno no debe decir. Él no quería que pasase nada en su obra, solamente una desocupación. 

Metía una pala en el aire y sacaba el aire físico, dejaba un vacío, una transestatua, un no escenario, «una habitación para la función de nuestra alma, para que nuestra alma funcione con esa intimidad, con el aislamiento que en lo absoluto apetece al hombre vivir en las horas de mayor peligro o desamparo y cuando toda la confianza en las cosas de la vida se pierde», decía. Serra consideraba la vida de Oteiza una expresión más de su arte. 

Interpretaba como una escultura más su carácter visionario y turbulento, y, sobre todo, el hecho de que en 1959, con apenas cincuenta y un años, anunciara por sorpresa que abandonaba la escultura. «Estaba en su mejor momento artístico, y se lanzó a la nada», dijo en un momento de la visita. Solo hacía dos años que había recibido el primer premio de la Bienal de São Paulo. Pero siempre había afirmado que aspiraba a convertirse en el escultor que no era, y su carrera era una renuncia a sí mismo, una puesta en crisis. A lo largo de la visita, Richard señaló que el proceso de desmaterialización y silenciamiento en el que se adentró la escultura de Oteiza, con sus esculturas mínimas y sus famosas cajas vacías, bien podía ser un bellísimo precedente del minimalismo, del que él formaba parte.















Obra Maestra (Juan Tallón)

jueves, 23 de abril de 2020

CHILLIDA. LOS ALABASTROS


Uno de los últimos grandes materiales que encontró Chillida para sus trabajos fue el alabastro.

Con ellos realizó alguna de sus piezas maestras (como elogio de la luz o del mar) en donde desaparecían los grandes formatos de su época anterior para centrarse en pequeños tamaños en donde se seguían desarrollando algunas de sus ideas anteriores y aparecían otras nuevas.

Entre las búsquedas anteriores se encontraba el trabajo sobre el vacío interno que en estos alabastros llega a una exquisita complejidad, pues ya no se tratan de simples huecos en donde atrapar el vacío, sino de toda una arquitectura interior que progresa en las entrañas de la roca, obligándonos a agacharnos una y otra vez para buscar las aperturas y dejarnos llevar por sus laberintos (en algunas ocasiones estos se encuentran despejados y a pleno alcance de la mirada del espectador, aunque, a mi modesto juicio, carecen de la magia de los tallados en el interior).





En todo este proceso nunca se nos mostrará una visión total, sino pequeños fragmentos que luego (aunque sea tarea casi imposible) deberemos reconstruir en nuestra mente. Un geografía imaginaria de estancias y espacios que, como sueños del interior de la roca, nos está permitido conocer aunque sólo sea fragmentariamente.


Por otro parte, y como siempre en Chillida, el propio material establece sus normas, y el escultor juega con las texturas, dejándonos su cáscara dura y áspera en el exterior, como una afirmación de la pura realidad, y la contrapone a unos acabados de un pulido extraordinariamente suave.
Gracias a ellos consigue un pequeño milagro de luz, la que desprende y deja traspasar el propio alabastro. 



 Una luz suave, lenta, maravillada.
































martes, 27 de noviembre de 2012

CONOCIENDO A CHILLIDA (3) EL ESPACIO

El espacio me ha interesado sobre todo para preguntarme sobre él, sobre sus características y sus incógnitas


El espacio interno siempre ha sido una preocupación de la escultura contemporánea. Nosotros ya vimos algunos de sus primeros ejemplos en las obras de Rodín (La Catedral), de Gargallo o la de Julio González en donde el vacío se vuelve positivo y es el verdadero sentido de la escultura.
Desde muy temprano Chillida trabajará en este sentido y desde sus primera obras vemos como la estructura material se encuentra realmente fusionada por planos invisibles .

Son sus mallas de hierros que nacen de un núcleo central ya estaban planteando el inicio de estas ideas.
Con el tiempo, el espacio y su apresamiento se hace cada vez más evidente, creando verdaderos núcleos en donde es exprimido. El propio autor ha hablado a menudo de la idea de mano, de garra como el origen de partida (manos que tan habitualmente aparecen en sus grabados).
Toda mi obra está condicionada por las modulaciones de la mano
.
Así se comporta el conocido Peine de los Vientos o lo profundo es el aire que mostramos a continuación.

Sin embargo el paso decisivo se da en sus obras monumentales en donde este espacio aparece a tal escala que es paseable. La escultura, entonces, más que a la visión es accesible a través del cuerpo y el movimiento. Aparece entonces la percepción háptica, aquella que se recibe a través del cuerpo y sus movimientos. (Alguna de sus posibilidades ya las analizamos en el arte barroco, aquí)

El espectador, ya por completo activo, ha de moverse no solo en torno sino dentro de, investigar las formas pero también sentir uno de los primeros enigmas del universo, lo que aún no existe, un lugar que nos rodea pero del que solo entonces somos conscientes.

Un verdadera visión impura, tal y como la denomina Aura Fernández de Polanco.



En casa del Padre. Guernica


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lunes, 29 de octubre de 2012

CONOCIENDO A CHILLIDA (2) Los materiales


Chillida es, entre otras cosas, el gran escultor de los materiales. Pocos artistas han comprendido y manipulado los materiales con esa veracidad y potencia.
Hierro, madera, hormigón, alabastro o barro, el escultor siempre se ha enfrentado a ellos con una enorme sinceridad y respeto a los mismos, sin colorearlos ni distorsionar sus características fundamentales.
Para él son una de las verdaderas esencias de la escultura y se enfrenta a ellos según sus necesidades intrínsecas pero también con toda la carga humana que los siglos han ido posando en ellos
Así el hierro se relaciona con la fragua, con la dureza y el trabajo artesanal, pero también con toda la tradición siderúrgica del País Vasco. Para no traicionar al material no es tratado por lo que la obra irá evolucionando con un oxidado progresivo. Estirado y normalmente en composiciones abiertas utilizando la ductilidad de su trabajo

La madera habitualmente se ha vinculado con los entramados de las masías. Una madera devastada en formas cercanas a la geometría pero que jamás se convierten en objetos y conservan su alma en los nudos e irregularidades

El alabastro es luz, un mágico contenedor de luz que parece desprenderse de su interior. Pequeñas incisiones en el material nos relevan los laberintos que conducen hacia esa luz.

El hormigón, especialmente empleado para grandes monumentos urbanos, deja sus encofrados a la vista, con gruesos guijarros que nos recuerdan su infancia pétrea.
En cuanto al barro (aprendido a manejar en la Costa Azul, en el mismo lugar en donde Picasso descubrió la cerámica) desvela su grano grueso o su suave finura. Al igual que el alabastro, suele utilizarse para composiciones cerradas

Como se puede ver, cada material desarrolla distintas composiciones y, sobre todo, tactos.
Como iremos viendo en los post que le dediquemos al escultor, acaso será la vista uno de los sentidos menos valorados, y aunque los museos no nos lo permitan, las esculturas de Chillidas están hechas para ser tocadas, acariciadas, viéndolas como un ciego en el que descubrir durezas, suavidades, asperezas, frío o calor... sensaciones poco habituales en el mundo clásico (profundamente visual) pero tan fundamentales para "comprender" el valor del material y las sensaciones que transmite, tan poco codificadas como las del olfato en nuestra sociedad (también profundamente visual, especialmente gracias a la fotografía, los mass media y la actual realidad virtual)

Con este tacto se iniciaría un conocimiento íntimo y personal de la obra. Un proceso, no un golpe de vista, que acercará al espectador a la escultura como el que descubre un árbol, lo rodea, lo toca, o huele incluso, creando vínculos emocionales difícilmente explicables con palabras

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