Esta era la anécdota histórica que David reconvirtió por completo para crear un retrato épico y propagandístico de su nuevo gran cliente (tras haber servido antes a girondinos, jacobinos o thermidiorianos).
Lo que nunca sabremos con seguridad es cuánto puso el pintor y cuánto exigió el comitente en las cuatro versiones que se hicieron de la misma obra (la primera de ellas pedidas por el embajador español francés en España para que fuera colgada en el palacio Real de Madrid).
David utiliza el retrato ecuestre que durante el Renacimiento y el Barroco se había utilizado especialmente para los grandes reyes europeos. Un caballo en corveta que habla de Napoleón como un gran jinete y se integra en el juego de diagonales de las montañas.
El caballo, su movimiento y tensión, contrasta brutalmente con la figura de su jinete, por completo sereno. Su mirada nos habla de una decisión que refuerza su brazo extendido. Un triunfo de la voluntad que le llevará a la victoria.
La retórica de David se va ampliando en su última etapa aunque todavía se mantendrá el poder de la línea , con un claroscuro muy controlado que da una sensación de relieve a la pintura.
Un detalle final sobre el uso de la historia como forma de propaganda la tenemos en su parte baja, donde aparecen grabados en la roca los nombres de Aníbal y Carlomagno, pues ambos habían atravesado también los Alpes y la historia



































