domingo, 15 de marzo de 2015

LOS BODEGONES DE ZURBARÁN


Las características técnicas que ya analizamos del pintor (uso de un claroscuro rotundo para definir los volúmenes, la excelencia de sus calidades...) fueron perfectas para este género que, sin demasiada obra, tiene un valor mayúsculo dentro de su producción.
Para su elaboración recurre habitualmente a la simetría (también analizamos aquí su problemas a la hora de componer); unas maneras muchísimo más simples de las que podemos ver en otros autores del género, como Heda.

Con escasos elementos se busca ante todo la representación del volumen y las texturas que consigue a través de una sombra muy cruda que extrae a los objetos de un fondo totalmente negro (una técnica típicamente caravaggiesca).
Los objetos son sencillos y apenas sin valor (frente a la opulencia flamenca o la riqueza implícita en los bodegones holandeses), en los que se detalla el tacto de los mismos. Una apelación a los sentidos más allá de la vista (cenestesia), como ya hablamos aquí.

Su origen puede rastrearse en los realizados por Cotán o Van Halem a principios del siglo.
Igual que en ellos prima sobre todo la sobriedad y la quietud y un realismo que, si seguimos las ideas de Gállego, puede ser un engaño y encerrar otros contenidos simbólicos (como ya vimos en las vanitas).
El caso más evidente es el Agnus Dei, imagen de un cordero que, evidentemente se refiere a Cristo y su pasión.


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