jueves, 14 de abril de 2016

INGRES. ZEUS Y THETIS


Hace tiempo que nos llevamos ocupando de las obras de Ingres, especialmente de sus Odaliscas y Mujeres en el Baño. Ya es hora de acercarnos al género mitológico que tanto gustó al maestro, en el fondo tan parecido a sus obras profanas.
El tema se inspira directamente en la Ilíada de Homero, una de las grandes lecturas del mundo neoclásico junto a la Eneida u Ossian:
Tetis implora a Zeus en favor de su hijo Aquiles «ciñéndole con una mano las rodillas y rozando el mentón con la otra».
La historia completa la podéis leer aquí.

Yendo un poco más lejos, a menudo se ha hablado de una transposición del mito a la historia contemporánea del pintor, relacionando a Zeus con el propio Napoleón.
Pero avanzando un poco más (casi ya de forma iconológica), el cuadro habla del poder (encarnado en la figura de Zeus), encaramado más allá de cualquier sentimiento, pero también de la sumisión (la de Tetis), o de la situación de la mujer en el pensamiento decimonónico bajo la férula del hombre y que sólo tiene la seducción de sus encantos corporales (pero también de comportamientos) como forma de poder blando (frente al duro masculino)
Como la propia Madamme Bobary o el personaje femenino de la Regenta, este poder blando femenino de la seducción sólo se expiará con el exterminio (físico o moral) de la protagonista. Pues su seducción es sumisión pero también peligro, convirtiéndola en mujer-vampiro a finales del XIX (Munch, Picasso azul, Schiele)

Como hemos visto en otros cuadros del autor, lo femenino (y acaso más por miedo que por deseo?) se convierte en un verdadero objeto de colección, un icono curvilíneo que se somete a todo tipo de deformaciones (como ya analizamos aquí) que se contrapone a la dureza masculina. Una mujer como símbolo de lo infinito y ondulante que Matisse repetirá incansablemente, puro arte visto por el varón que tiene un valor casi decorativo pero también trascendente al que el hombre no le es posible acceder (una relación de odio que termina con su cosificación)



Volviendo al cuadro, tanto la composición piramidal como el tratamiento de los paños (distinto en color y pliegues según el género), la armonía cromática o el predominio del dibujo remiten al mundo renacentista (Rafael y sus seguidores más manieristas de los que se toman las nubes y su luz tormentosa), mientras existe la inevitable cita a la escultura clásica (el cuadro es realizado en la propia Roma, como final de su pensionado) en el relieve que nos remite a la batalla



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