lunes, 5 de junio de 2017

LA PLAZA DEL CRISTO DE LOS FAROLES. CÓRDOBA


No es su escultura, un tanto fría y realizada por Juan Navarro León a finales del XVIII, ni siquiera sus faroles (sustituidos en los años 80 y ya con iluminación eléctrica).
No son (tan sólo), los magníficos templos que se asoman a la plaza, el de Santo Ángel de los Capuchinos (al que pertenecía originalmente la plaza), o la capilla de los Dolores, ni las dos cofradías que se encuentran en torno suyo.

Es todo esto y un sentimiento de lugar sagrado, especial, íntimo en la enormidad del espacio vacío que conserva en la memoria de sus piedras una montaña de sentimientos individuales que se han ido posando como verdín en su aire espeso.
Resulta difícil explicarlo, y sólo quien haya estado en este tipo de lugares (tan habituales en Andalucía) comprenderá el sentido magnético de una plaza o un simple rincón que la memoria colectiva ha convertido en mítico a través de emociones.

Es impresionante en Semana Santa, pero el que lo visite fuera de estas fechas en donde la sensibilidad andaluza llega a componer sus más magníficas sinfonías emocionales, recomiendo un día de diario, sin demasiada gente por las calles, especialmente al anochecer, subiendo por la cuesta del Bailio.

Quedará fascinado por el vacío inmenso en el que flota, salvaguardado por sus faroles, este Cristo en la inmensidad de lo oscuro, como si la noche amplificara los espacios y los rodeara de una potencia inusitada

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