jueves, 15 de junio de 2017

PALMIRA (1) LA GRAN VÍA COLUMNADA

Palmira (ciudad de los árboles de dátil) aparece a los ojos del viajero tras un largo viaje desde Damasco en el que la estepa se convierte en desierto pedregoso (hamada) para llegar al oasis de palmeras (muy reducido en la actualidad). 
En el fondo el viajero (cómodamente en su autocar) recorre el camino milenario de la Ruta de la Seda, de la que Palmira fue uno de sus hitos más fascinantes.

Desierto de Palmira




Su conquista por parte de Roma ocurre en el siglo I, de la mano de Marco Antonio, aunque será en tiempos de Adriano cuando su prestigio y construcciones llegaron a su cima para caer, tras la independencia de la fascinante reina Zenobia, en tiempos de Aureliano.






Su patrimonio artístico es difícil de condensar en un solo post, sobre todo tras las múltiples destrucciones de ISIS (Todas las fotos son anteriores a ellas, apenas dos años antes de que comenzara la guerra de Siria)



Quizás el viajero se fascine ante su gran avenida columnada de más de 1.200 metros que, sobre el esquema de cardo romano, añade su toque oriental al romper sutilmente la geometría estricta y el punto de fuga continuo y crear una composición de tramos consecutivos que se interrumpen por medio de arcos triunfales y crean un efecto de bambalinas (que tanto explotará el arte barroco), cambiando lentamente el eje hasta hacerlo coincidir con la dirección del principal templo (Bel)




Típicamente sirio son también las curiosas peanas a media altura que servían para erigir estatuas de ciudadanos notables, así como el tetrapilón que servía tanto como lugar central de encuentro, reloj de sol…

Tetrapilón


Cerca de él se encuentra la gran ágora (o foro) con peristilo. Sería el lugar de encuentro comercial de la Ruta de la Seda en donde deberíamos imaginar gentes de razas e idiomas distintos, caravanas de camellos, decenas de lujosos productos




Ágora con abrevadero para los camellos



En esta gran vía columnaza encontramos también una de las características típicas de este arte romano oriental: la finura de la labra, sus efectos de claroscuro, el movimiento y su composición barroquizante que multiplica los detalles y le da un fuerte carácter decorativo y exquisito (cercano al espíritu oriental, mucho más tendente a lo decorativo y exuberante que el occidental, más sobrio y narrativo). 
A menudo se ha llamado a esta decoración palmirense, aunque como veremos dentro de unos días en el templo de Baalbek (Líbano) es común a todas las provincias orientales del Imperio.


Templo de Nebo



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