domingo, 26 de febrero de 2017

CLIENTES Y MECENAZGO EN EL ARTE BARROCO


Versalles

Si existe una relación potente y fluida entre clientes y artistas será en el arte barroco; la propia esencia de este estilo (ser un altavoz propagandístico, a través de los sentidos, de los estamentos privilegiados, Iglesia y Monarquía) así lo hace posible.
Acaso sea en la Iglesia católica en donde este sentido del nuevo arte se desarrolle de forma más temprana, en especial desde el Papado (aquí vimos su papel sobre la obra de Bernini) que pronto se extenderá a las órdenes religiosas y cofradías.
Su nuevo papel de monarquía absoluta, las lecciones de Trento (que en su decreto sobre las imágenes habla de ellas como nueva forma de catecumenización) o las iniciativas particulares (aquí ya vimos los casos de Jesuitas, San Carlo Borromeo o el Patriarca Ribera) ponen las bases del nuevo sistema visual, incluso antes de que el estilo se desarrolle (existe ya todo un arte contrarreformista de matriz manierista como vemos en los casos de El Greco o Tintoretto).

La Gloria. Tintoretto

Por todo ello, no nos debe extrañar cómo los comitentes se encuentran cada vez más cerca de los artistas, imponiendo claúsulas cada vez más concretas sobre la obra, dejando a los artistas un ámbito de libertad bastante menor que en la época renacentista (los constantes enfrentamientos de Caravaggio con sus comitentes son un ejemplo sumamente claro, así como la teoría del decoro).
En el ámbito cortesano se crea ya de forma definitiva la figura del artista de corte que se había iniciado en el siglo XVI (desde Vasari en la corte medicea de Florencia a Juan de Herrera en la de Felipe II). Ya sea en la arquitectura (Gómez de Mora para Felipe III) como la pintura, se crea un oficio (tan deseado) de artista cortesano que, como Velázquez, es algo más que un retratista oficial y se ocupa de las más variopintas actividades artísticas: decoraciones de palacio, organización de fiestas, entradas triunfales y otros protocolos, organización y ampliación de las colecciones reales...
De la misma manera actuará Bernini para el Papado, Van Dyck en la corte inglesa o Rubens en distintos lugares, aprovechando su calidad de embajador.
Será sin embargo en Francia en donde la racionalización borbónica llevará a la creación de la Academia, dirigida por el onmipresente Colbert como cabeza visible y Le Brun como director del gusto que impondrá un estilo unificado (especialmente visible en la arquitectura) que extenderá sus tentáculos a todos las artes y lugares (como la Academia de Roma). En España, en el XVIII se importará este sistema con la llegada de Felipe V.

La nobleza y alta burguesía hará suyas todas estas ideas anteriormente expuestas, pues en gran parte se ha vuelto cortesana, intentando emular al rey en sus construcciones y colecciones.


Toda esta organización de los comitentes (y de nuevo con el Papado y la Monarquía absoluta a la cabeza) hará prosperar de forma intensa el urbanismo (que en el mundo renacentista solía ser casi utópico y con escasas realizaciones prácticas). La reorganización de Roma de Sixto IV, la plaza del Vaticano, la piazza Navonna,  las Plazas Mayores tanto españolas como francesas son ejemplos de gran calidad en donde la vida se vuelve un teatro del poder.


Tan sólo en el ámbito protestante holandés, con un temprano parlamentarismo y una ausencia de una iglesia jerarquizada, debemos empezar a hablar de un mercado capitalista del arte (especialmente visible en la pintura) que avanza el sistema moderno.


Los pintores comienzan así a trabajar para un comprador anónimo que, si les da más libertad al no imponer claúsulas, les termina determinando de forma considerablemente (como la segunda vida de Rembrandt nos lo demuestra).
Aparecerá así el pequeño formato y los géneros (paisaje, bodegón, retrato corporativo...) que también anuncian al siglo XIX
























Retrato corporativo. Doelen. Frans Halls



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