martes, 28 de enero de 2014

Böcklin. La isla de los muertos




 A finales del siglo XIX, y enmarcado dentro de la corriente simbolistaBöcklin creó una serie de cinco variaciones sobre la llamada Isla de los muertos.
En todas ellas, una isla solitaria y de enormes rocas, ruinas clásicas y altos cipreses, es visitada por una barca (en forma de ataúd) que ocupan varias personas y una alargada sombra blanca, posible trasunto de la barca de Caronte de la mitología griega que traslada las almas al otro mundo.
El autor se encuentra influenciado por dos tendencias. Por un lado es inevitable pensar en el romanticismo alemán (Friedrich en concreto) y su idea de conferir a la Naturaleza una gran potencia expresiva que hunde sus raíces en animismos de origen celta y sirve al autor como una forma de expresar sus sentimientos y sensaciones (habitualmente negativas y angustiosas). Es el paisaje sublime del que ya hemos hablado aquí, que sirve para demostrar (de forma empática, sin necesidad de razones) la pequeñez del hombre ante el mundo y destino.


Por otra parte no hay que olvidar que el autor vivió gran parte de su vida en Italia (Fiésole, Nápoles, Roma...), tal y como ya habían puesto de moda hermandades como los nazarenos alemanes o los prerrafaelistas ingleses, que intentan retornar a una pureza quattrocentista que luego se fue borando con el barroco y neoclasicismo.
Esto es evidente en el tema, la ruina como tema (habitual para hablar de la fugacidad de la vida y los imperios) o el paisaje de cipreses.
Curiosamente la obra pasó desapercibida en su tiempo y serán los surrealistas los que la rescatarán (como hicieron con el Bosco, entre otros). Max Ernest, Chirico, Freud o Dalí la tuvieron como un verdadero fetiche
En ella veían un atmósfera de misterio y muerte tan caro al grupo (recordad la frase de Bretón: Bienvenidos a la muerte, que es una sociedad secreta).
Las ruinas como restos de una civilización perdida, los cipreses que la habitan como si fueran en alma, el mar tranquilo envuelto en brumas, la sombra blanca inmóvil, la propia isla que parece emergida del propio mar...; todo colabora en crear una imagen potente, difícil de olvidar.

2 comentarios:

  1. Como indicas uno no puede sino pensar en Caspar David Friedrich al ver esas imágenes tristemente bucólicas tan típicas del romanticismo alemán del XIX. La mitología clásica y germana, y la idea de fugacidad de la vida y las civilizaciones se dan la mano en estas obras. Aunque creo que la obra de Arnold Böcklin está fuertemente influenciada, como dices, por lo que vio en Nápoles y Roma, esas ruinas clásicas y esos mosaicos con personajes de la mitología romana que luego reflejaría en obras como "El juego de las olas".

    Gran entrada, te sigo.

    Un saludo desde Reinado de Carlos II

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  2. yo debo decir que me atrapo la pintura en toda su magnitud

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