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miércoles, 29 de enero de 2020

AQUELLAS PRADERAS AZULES . Diana (2). Faemino y Cansado. Cara y cruz

DALE AL PLAY, ESCUCHA LA HISTORIA DEL CORDERO Y LUEGO LEE ESTO
.
Conocer a Diana fue jazz pero también Faemino y Cansado, aunque no Pedro Reyes. 

Fue una nueva forma inteligente y ácida de ver el mundo que hizo de estropajo en mi alma y la limpió de los Hermann Hesse y lobos esteparios que aullaban aún en mi pecho, pues tanto Nietzsche y Malher en los últimos tiempos me había hecho demasiado daño, recluyéndome en un doloroso reverso tenebroso, más cuando aún no había descubierto a Pessoa para dejar la mierda en un solo heterónimo, librando al resto de mi de angustia. 

Por eso, y a pesar de las angustias de un soul que sólo podía oír, Faemino y Cansado fueron toda una navaja suiza que me sirvió de tanto, por lo menos hasta descubrir que cuando amanece, ya es bastante. 

Con ellos comprendí la importancia de los corderitos y la forma correcta de colarse, pero también que todo se puede volver tan ridículo como necesitemos para conseguir la distancia oportuna, algo que, sin embargo, ninguno de los dos conseguimos hacer con nuestros problemas de pareja. 

Pero eso, supongo, es otra historia que sólo nos pertenece a nosotros dos. 

Ni siquiera quise contárselo ni a Solsona ni a Ciprian por mucho que insistieron, especialmente el segundo, que siempre anduvo enamorado de ella, pues en realidad Diana lo merecía y, según va pasando el tiempo, veo que jamás volveré a conocer a alguien como ella. 
A veces, aún hoy, me duele saber que lo único que nos ocurría es que no estábamos hechos uno para el otro, pero en el fondo siempre estaré agradecido de haber compartido esos nueve meses y volver a reencontrar mi risa mientras escuchábamos sus monólogos que, de tan absurdos, tantas cosas decían sobre lo más cotidiano. 

Pero todo tiene un reverso, igual que la Fuerza, como el que sucedió aquella tarde en el parque de atracciones.
Era la primera vez sin padres ni niñez, montando en todo lo que nos placía hasta las 9 en las que actuaban en el auditórium. 
Estaban también Ciprian, Solsona, Lucas y unas amigas de Rodrigo que terminaron por aguar la fiesta, una con su borrachera de órdago, la otra con aquellas insinuaciones continuas y la minifalda más corta del recinto que molestó a todos hasta conseguir sentarse a mi lado. 
Desde entonces apenas paró de hablar y reírse mientras su mano tonta se apoyaba en mi pierna que agarraba con firmeza en cada chiste
Qué calor hacía, por Dios, y yo me enjuagaba el sudor con el antebrazo mientras intentaba girarme hacia Diana y hablarle de cualquier cosa ante su mirada cada vez más petrificada
- Cor-de-ri-to. Cuatro sílabas ¿Eso sí puedo comerlo, verdad? 
Pues no, parecía que no podía hacerlo, pues por primera vez desde que la conocía, Diana perdió los papeles y sin decir esta boca es mía se levantó y se dirigió a la salida , dejándome plantado sin la más mínima explicación. 
Tras un momento de indecisión Ciprián salió tras ella, pero esto aún fue peor, pues al alcanzarla ella se dio la vuelta y gritó lo suficientemente alto:
-¡Que se la folle de una vez y deje de babear!
Lo dijo tan alto que hasta Faemino la oyó encima del escenario y con su cara de palo seco, todo vestido de puntillas, le dijo a Cansado. 
-Creo que vamos a tener que cambiar de sitio porque el espectáculo se ha trasladado a ese otro lado. 
-Ya lo veo. Sácate el puro de las grandes ocasiones y dale otro tiento al sol y sombra. 
Pero eso no lo oyó ella que se había zafado de Ciprián para salir definitivamente del auditorio, mientras yo me quedaba clavado en mi asiento presa de un ridículo mundial, haciendo que me seguía riendo para evitar ser reconocido por los cómicos que pronto (afortunadamente) cambiaron de tema y comenzaron a entrevistar (Cansado) a un mamut (Faemino) hasta que alguien del público (que decía ser biólogo) destapó la impostura ante una carcajada general con la que terminó la actuación. 
Yo entonces, por un instante...
En un momento pasé mi brazo por su espalda empapada de sudor y pensé en ¿Por qué NO? 
Y tal vez lo hubiera hecho si Ciprián no hubiera pasado por allí y como el que espera en un semáforo, dijo muy serio:
-¿Se puede saber qué han hecho los romanos por nosotros además del acueducto, las termas, la seguridad, las calzadas... ? 
Y sin esperar mi respuesta tirò de mi sin contemplaciones camino al metro. 

Fue este nuestro primer distanciamiento, y volvimos a casa en el mismo vagón pero cada uno en un extremo. 
Yo no quise acercarme pese a las llamadas de Ciprián pues (consideraba) no había hecho nada (definitivo) de lo que pudiera arrepentirme. Qué culpa tenía yo de que alguien me tirara los tejos. 
Ni siquiera le había dado excesivo carrete aunque la chica era espectacular. 
El asunto, creo, era otro, y estaba en ella más que en mi. Eran todas aquellas prohibiciones ante algo que con Sabrina había más o menos normalizado, aunque siguiera rodeado de tabúes y silencios. 
¿Por qué tanto miedo a unos simples toqueteos? 
Nadie se iba a morir con eso, ¿no? 
¿O es que en fondo Diana había visto en ellos un espejo que jamás nos reflejaría a nosotros? 

La pregunta se me quedó clavada dentro, y pronto perdió sus signos de interrogación para convertirse en una pura ansiedad ante un destino que, ¿sería capaz de asumir el no... ? 
Solo plantearlo me producía vértigo.


sábado, 20 de julio de 2024

AQUELLAS PRADERAS AZULES. Sensaciones

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Fueron las telarañas de luz en el azul profundo de la piscina.

Fue esa imagen, la geometría imprecisa del sol iluminando la piscina, mientras escuchaba los Beatles en la terraza, la que lo provocó todo.

Escuchaba  mientras tomaba un café y, al asomarme, vi la mañana recién inventada y un sol que hacía arder el suelo de gresite de la piscina como una invitación.

El agua tan azul y fría, el sol, la hierba recién regada.

Estaba sólo en la casa y encendí un cigarro para completar el círculo.

EUREKA

No había vuelto a escribir nada con un poco de cohesión desde aquel cuento de amor y rabia con el que había ganado un concurso de la radio y ahora, entonces, estaba frente a mi un cuento nuevo, tan fascinante como imposible para mis pocos años.

Aún así quise intentarlo y en verdad no fracasé, sino que apareciste TÚ unos días después y el mundo cambió de dirección.

Ni literatura no hostias. El milagro de tus ojos verdes borró todo lo demás de la faz de la tierra y el cuento quedó olvidado en un cuaderno que quedó en la Sierra en espera de un verano más propicio para contar todas esas sensaciones de calor, frío, agua e hierba, dejadez de lectura tumbado sobre ella, pues de aquello iba verdaderamente la cosa.

El siguiente verano yo sólo podía escribir lo desgraciado que era tras haberlo dejado contigo y luego llegó pronto el frío, porque en realidad, desde ese catorce febrero no se había ido un temblor en los huesos y el dolor de seguir viviendo sin la felicidad una vez conocida ... y perdida.

Por eso hubo que esperar otro nuevo verano en donde, esta vez sí, volví a coger el cuento y, aún sintiendo tu falta dentro lo volví a intentar... hasta que te contrataron (precisamente a tí!!!) de socorrista de la piscina de la urbanización y no pude resistir el bikini azul de infarto que me removió todo por dentro (y no sólo los sentimientos).

Por eso volvió a pasar otro año más y al tercer verano, cuando volvió a sonar Culture Club en mi alma y tus besos, lo conseguimos.

Por la noche escribía mis cuadernos azules recordándote, y luego, más tarde, cuando cesaba el murmullo de la depuradora y se apagaban las faroles interiores de la urbanización, el horizonte de montañas oscuras se llena de estrellas y, con ese Tubulars Bells en los cascos, ir desgranando como un entomólogo un insecto cada una de las sensaciones que ocurrían en el un día de verano, desde las losetas frías en los pies descalzos al levantarse de la cama al café dulzón por las tres cucharadas de azúcar y un toque de frescor por el chorro de limón, como se hacía en casa de Ciprián.

Igual que esos sintetizadores eternamente repetidos sólo sucedía lo que ocurría, sin pasado ni futuro. Sólo un presente sin razones ni sentimientos; puras sensaciones, como el olor de la hierba húmeda de la piscina y el frío enloquecedor del agua tan azul que te arrancaba un pequeño grito, el cuento no investigaba si de placer o dolor.

Pues no quería eso, sino simples estados de la materia, como las gotas resbalando por la espalda como cuchillos fríos mientras el sol comienza a morder la piel con su calor, agujas sonrientes que se tensan sobre la espalda mientras un sueño lo invade todo y, al pasar la mano se siente la toalla y su suavizante y, tras ella, la jungla pequeña de la hierba que va perdiendo su frescor de noche.

Quería contar todo eso, y la risa cristalina de los niños jugando en el agua; el aroma a cloro y frío de las salpicaduras; el aire espeso de resina de las arizónicas que bordeaban el recinto y su sombra seca, acaso llena de ruido, que competía para perder siempre con la sombra de los fresnos que tenían su viento propio, una pequeña brisa que se agradecía tras secarse y sentir la piel acartonada como papel arrugado.

Allí leer un rato pero sin siquiera conocer el título de la obra ni el autor. Sólo esa fragancia del papel que siempre me recordará a mi abuela y el tacto de sus hojas, algunas ingratas en sus bordes que cortan como navajas.

Leer y, después, cerrar los ojos muy fuerte para ver un universo de puntos rojos

(¿Seremos así por dentro?)

Contar todo esto en cinco folios por las dos caras de letra apretada y corregirlo mil veces ese verano con la intención de enseñártelo y nunca hacerlo.

- ¿Por qué? - me preguntarás tú en mi propia imaginación que te pone las palabras de estas conversaciones.

- Por miedo, quizás. Porque no te guste, porque no lo comprendas (y te haga sentir inferior), porque sea una pura mierda. 

Da lo mismo por lo que sea, pues lo cierto que siempre te puse excusas y nunca te lo dejé leer.

Ni siquiera yo mismo quise darle más vida que la propia escritura, y no lo pasé a máquina para mandárselo por ese correo literario que manteníamos ese verano Ciprián y yo.

Y quedó en la carpeta azul de Centauro, y en algún momento un rapto de furia me hizo pasarlo a máquina (la Olivetti de color verde caca de niño enfermo) y presentarlo de nuevo a un concurso radiofónico que, por supuesto, no gané.

Era demasiado fenomenológico (diría Lucas si leyera esto); le faltaba alma y sentimientos (concluiríamos Ciprián y yo).

Un puro transcurrir de las cosas que pasan como agua por las piedras, sin penetrarlas nunca. Por eso fracasaba.

Por eso y porque (a veces ocurre) hay narraciones y canciones que necesitan su tiempo propio para crecer y madurar.

Por eso necesité tres años más y un nuevo renacer contigo para, un día en la Pedriza, comprender que este cuento lo había empezado a escribir siete años antes para que se completa en ese mismo momento.



miércoles, 11 de noviembre de 2020

sábado, 28 de enero de 2023

CIPRIÁN. Las barreras del tiempo y la vejez

Pero eso siempre ocurre. Nombrar las cosas, hablar de ellas, es refundar su flujo en el tiempo, darles una vida que tarde o temprano las destruirá. Sólo una cosa se opone a ese envejecimiento: la cópula de mi sexo en tu sexo.

Agustín Fernández Mallo. El libro de todos los amores 


      CIPRIÁN

miércoles, 9 de septiembre de 2020

sábado, 15 de enero de 2022

Ciprián. La verdad de las mentiras o lo que es la literatura

Sebastián consideraba que cuando escribía sobre los demás, sobre personas reales, los copiaba; sin embargo, cuando escribía sobre sí mismo, se versionaba. Copiar personas en un cuento no distaba mucho de conocerlas directamente pues, a fin de cuentas, uno no conocía nunca de verdad a nadie, salvo como fórmula o retrato o cliché, como personaje ajeno; por lo tanto, sólo la versión era autobiográfica. Sabía de lo que hablaba. Pero

Alabanza (Alberto Olmos)


Ciprián

sábado, 2 de febrero de 2019

ÁNIMA MUNDI. Desde el otro lado. Ciprián

Por un instante ser tú el mirado; ¿no lo has pensado nunca?
Tus movimientos intuidos tras tus persianas venecianas que deben rayar tu figura mientras cenas o ves la televisión, solitario bajo su luz lechosa.
Acaso nunca te lo habrías planteado, precisamente tú, el voyeur impenitente de vidas ajenas que conviertes en novelas de éxito. Pero si fueras tú el observado, y un vecino conociera tus costumbres como si fueras su serie favorita. ¿Qué te sucedería entonces?
¿Seguirías comportándote de la misma manera?
¿Te avergonzarías entonces de tu propia rutina e iniciarías todo un nuevo repertorio de actos que te hicieran más memorable a la mirada anónima?
¿Harías un guión previo que le diera ritmo a tus andanzas e, incluso, una sensación de verdadera continuidad?
¿Inventarías una historia paralela a la de ti mismo que mostrarías eligiendo los momentos precisos y las zonas sin sombras?
Podrías incluso crear elipsis y salir del campo de su mirada en el momento preciso para crear lecturas inciertas de tu observador. Quítate la camisa, desabrocha los pantalones y...sal hacia el pasillo, ciego de ventanas.
Si fuera verano enciende brevemente la luz del dormitorio y pon música soul de aquella que enciende la piel. Apaga luego, o corre la cortina lo suficiente para que solo puedan intuirse los gestos de tu cuerpo abrazado a una almohada que has de acariciar como al amante que hace tantos meses que no tienes.
Sube la música, gime incluso, pues al menos conseguirás en la mente de quién te observa el amor que hace ya tanto tiempo que ya no llama a tu puerta.
Haz eso o, por el contrario, colócate en un lugar bien visible y llora desconsoladamente.
O asesina algún muñeco que en la penumbra parezca vivo.
O llama a gritos a algún dios, como si estuvieras enloquecido o al borde inmediato de la santidad mientras te castigas la espalda y aúllas de sufrimiento.
Haz esto o cualquier otra cosa, pues quien te observa te está regalando unos minutos de gloria en donde puedes ser lo que nunca eres o no te atreves, un verdadero personaje que está inventando una historia

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                                               ÁNIMA MUNDI

sábado, 2 de noviembre de 2019

ÁNIMA MUNDI. Ciprián. Retratos. La risa (Ti posso diventare)

Tenía una risa cantarina que asustaba las palomas.
Una risa con destellos metálicos y sin resto alguno de malicia.


Era una risa mucho más joven que su apariencia que hablaba de una niña interior que aún sabía emocionarse por miles de cosas aunque no lo quisiera decir.

Siempre recordaré su risa que tenía vida propia y paseaba por las salas y los despachos como si tuviera alma, pintando de un azul tenue el aire por el que pasaba como una cuerda de salvamento de náufragos a las que tantas veces me agarré para no ser arrastrado por la vida.

Nunca se lo agradeceré lo suficiente.

Su risa cantarina, sus palabras de consuelo, todos los momentos compartidos en donde hablar de lo terrible y de lo más absurdo.
Nunca te lo agradeceré suficiente, M.




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                                               ÁNIMA MUNDI

domingo, 18 de agosto de 2024

DE OTROS LADOS Aquellas praderas azules. ¿Qué es ser un hombre? Hércules and love affaire

Él lo debió descubrir estando en Italia, muchos años antes que todo aquello de cómo ser un hombre, de vuestras estúpides pero obligatories y aliades deconstrucciones de boquilla y tardoposmodernidad instagrameable que convirtieron el panorama de las relaciones en un tetris en el que era imposible ganar, pues todas las piezas no podían encajar con pura sinceridad.

Me lo contó aún por carta, y me dijo tan sólo; qué lástima no seguir teniendo el programa de radio simplemente para poner una y otra vez esta canción, como aparecía grabada sin parar en el disco que la acompañaba.

Como una gran fiesta ibizenca, decía.

Después de lo que pasó con Pablo, mucha después de la decisión más tardía de Ciprián, Luis me contaba que está canción era perfecta para volverse gay.
Y lo decía sin ningún tipo de menosprecio, todo lo contrario, y recordaba cuando Mónica le maquilló siendo un adolescente en la fiesta de la Urbanización; el ojo pintado con Sara y luego Malasaña y luego con la propia Sabrina.
Pues era algo que excedía lo puramente sexual y tenía algo de vulnerabilidad bellísima.
Y es que Luis (patriarcado mediante) nunca fue un heterosexual normativo, no era un macho alfa ni un líder de testosterona, pues era demasiado sensible, tenía demasiado miedo a ser vulnerable y le habían prohibido demasiadas cosas que no había de hacer un hombre, desde que le gustaban las camisetas rosas, llevar un pendiente en la oreja.

Gracias a ese toque de sintetizadores setenteros, los pequeños metales en las percusiones, las maravillosas trompetas disco, todo era un maravillosos jolgorio en medio del cual cantaba un hombre que quiere aparentar fuerza y poder y sólo nos deja ver todos sus miedos que trata de ocultar en su voz engolada que se quiebra sin poder soportar las apariencias. Como Culture Club pasado por la Gaynor.
Alguien que llevaba la tristeza por dentro como el compañero de viaje con una sombra a veces querida a veces incómoda, como el propio Boy George de mis amores
Cada vez menos Nietzsche y más Foucault, algo indeciso, como si buscara un camino; nunca contento con nada y siempre temeroso de todo.

Muchas veces me he sentido como esta canción, porque en el fondo yo no he terminado nunca de encajar en el molde masculino que me daban ni (ya por educación; ya por deseos) me gustaron los hombres. Era una vía intermedia, impura. Un querer ser una frase en paréntesis que acota lo dicho antes tan seriamente, advirtiendo que también es de hombres (de mi visión de hombres) la bofetada de mariposas y el querer más a los demás que a uno mismo.
Yo nunca he querido cambiar de sexo pero tampoco estuve cómodo en los géneros previstos, y no quise tener vulva pero sí sentir el orgasmo que tenían ellas, vivir en sus mareas más secretas, aquellas que les hacían sufrir unos segundos para luego volverse líquidas y terminar en la sonrisa más bella que puede tener una mujer..
Un ejercicio de empatía trasgénero si eso es posible o deseable
(Yo creo que no, Luis; afortunadamente nunca lo llegarás a ver: un odio por ser hombre o feminista de una ola anterior a la suya, con insultos por abrirnos las puertas y toda retórica enojada,  a veces violenta y abusiva que ha sembrado las palabras de minas, creando nuevos catecismo de cómo ser..., la lista se está volviendo infinita, pues tales son las personas y sus emociones y deseos)

Todo esto lo he recordado ahora con la escucha de unos podcast que hablaban de todo eso que tú me quisiste contar. Se llamaban los hombres de verdad tienen curvas y los dirigía la filósofa Clara Serra.
Como el destino realmente existe la canción de sintonía era precisamente esa que tú me mandaste para preguntarte ¿qué es ser un hombre?
Lo único terrible es que yo ya no podré mandártelos, pues tus cuentas de correo y tus redes sociales murieron contigo


Ciprián o Laura, quien sabe, tal vez María

sábado, 22 de enero de 2022

martes, 18 de agosto de 2020

sábado, 16 de marzo de 2019

ÁNIMA MUNDI. Ciprián. Conversaciones (1)


¿Duermes?

- No, hace rato que estoy despierta

Aún es de noche
- Sí, pero los pájaros están cantando en el árbol
Son los mismos de todos los años que empiezan a notar que llega la primavera
- Esperemos que sea así. El invierno es tan terrible
Ya, pero piensa que...
- No, por favor, no vuelvas a hablarme de eso de los ciclos, que para que vuelva la primavera tiene que pasar el invierno
Pero es así
- Estoy harta de las cosas que son así. Me encantaría que las cosas cambiaran.
¿?
- ¿Sabes? Comienzo a estar harta de tanta lógica y sentido común. Me gustaría...
¿Vivir otra vida?
- Supongo que se podría decir así
¿Y porque no lo intentas?
- Sería una posibilidad, pero hace falta tanta fuerza para ello...
Siempre te estás rindiendo, incluso antes de empezar
- Sí, es cierto, pero...
Deberías dejar de hablar conmigo y empezar a hablarle a los mundos. Contarle a todos los que te quieren que intentarás ser feliz; no solo que harás el intento, sino que deberás esta vez lo vas a conseguir
- Pero
Sí, ya sé, la silla de ruedas
- . . .
Y aquella relación que nunca llego a completarse
- ...
Pero no puede seguir aferrada al pasado. No tienes derecho a hacerlo, Solsona. Queda mucha más vida que vivir ahí fuera.
- Yo
Yo (tú) deberías, antes de nada, olvidar rencores. Todos esos odios que has ido acumulando a lo largo del tiempo y empezar a perdonar. Sólo así podrás perdonarte a ti misma y recomenzar de nuevo.
- Es difícil.
Pero imprescindible, Solsona. Hacer tabla rasa de lo anterior y comenzar de otra manera, con tus solas fuerzas que pueden ser suficientes si están bien planteadas las cosas.
- Lo pensaré, luego... Ahora volveré a dormirme para pensar que esto ha sido un simple sueño.
¿Premonitorio?
- Eso espero, Solsona.



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                                               ÁNIMA MUNDI

miércoles, 1 de enero de 2020

AQUELLAS PRADERAS AZULES. Una doble nochevieja

DALE AL PLAY Y DISFRUTA DE ESTA NOCHEVIEJA




¿Cómo un cuerpo como aquel podía albergar una mente tan pequeña?
-Ya sabes, cuerpo Danone y mente petit suisse - solía decir Ciprián, y era la definición perfecta de aquella chica de tetas exuberantes cuy
a frase más recordada (muchos años la tuvimos por bandera de ciertas actitudes) era:
-(B)vasta yo, y una po(ll)ya. 

Tenía el pelo muy largo y rizado, como una especie de gran sortilegio que le hacía parecer aún más desnuda cuando en realidad ya lo estaba, como recién sacada de una revista satinada pero sin necesidad de bisturí ni otros retoques ópticos. 

Solsona decía de ella que lo mejor era verla desde lejos, cuando aún no podía hablarte. 

Por ejemplo allí mismo, en la puerta del local que alquilamos para Nochevieja, cuando unas amigas la trajeron sin avisar siquiera.

-Era un plan magnífico - comentó días después Ciprián -. Con ella se aseguraban una fiesta entera sin moscones persiguiéndolas. 

Y lo consiguieron de veras, pues todos acudimos como moscas al panal nada más verla entrar, revoloteando en su aire de respirar con un zumbido de feromonas que se hacía insoportable cuando entre disco y disco callaba la música y el suelo del local se inclinaba levemente hacia la izquierda, allí donde su grupo de admiradores la perseguía con más presentes que los Reyes Magos. 

Aquella fue la Nochevieja de la gran borrachera de Rodrigo y la teta inquieta de Sabrina que dejó el primer pezón al descubierto en la televisión española. 
La Nochevieja de la canción de las muñecas de Famosa que cantábamos incesantemente en nuestros paseos al local para adecentar lo que era realmente un almacén que Rodrigo consiguió por cuatro duros y nosotros intentamos iluminar lo menos posible para que no se viera la cantidad de mierda que había en las esquinas, inmune a las escobas y las fregonas. 
Solo mucha música y alcohol a raudales, aunque gran parte de él se lo tomará Rodrigo hasta terminar por echar los higadillos en el parquecillo que había junto a su entrada. 
-¿Y si le metemos entero bajo la fuente? - propuso alguien un poco antes de que se quedara dormido como un tronco para no despertar hasta el día siguiente. 
- Pero si debemos estar bajo cero. Le va a salir carámbanos en el pelo. 
-Pues entonces un café con sal
El remedio infalible que los 80 contra cualquier intoxicación etílica como la que mantenía a Rodrigo en estado de ingravidez absoluta, como un astronauta sumergido en una sopa espesa de ginebra y coca-cola. 
-Bueno, yo me voy para dentro, no vaya a ser el elegido y me descarten por incomparecencia - dije como si ya me tocará el cambio de un peculiar sistema de turnos por medio del cual atendíamos a Rodrigo sin olvidar a Cristina y su anatomía de infarto que el breve y ajustado vestido contaba sin ocultar detalle alguno. 
-Sólo el ombligo. Pero suponemos que también tiene. 
-Hombre, puede que haya germinado por esporas. 
-Eso no. No la veo capaz de hacer ni siquiera la fotosíntesis. 
-Ni de cristalizar siquiera - decía Solsona en aquella charla de altos vuelos que tan sólo escondía pura química orgánica que hoy llamarían machismo recalcitrante fruto de tantos siglos de patriarcado. 
-Sólo os fijáis en el exterior y olvidáis su interior. 
-Al contrario, estamos muy interesados precisamente en él. 
-Qué cerdos sois. Nos referíamos a otra cosa. A su
-¿Intelecto acaso? ¡Venga ya con las tonterías! Si hasta habla con faltas de ortografía.
(B)vasta yo, y una po(ll)ya
Un verdadero mar de ternura. Eso era Cristina y su cuerpo de escándalo para propios y ajenos que sólo se desinflaba cuando abría la boca para algo más que sonreír, y mientras hablaba (¿?), se recolocaba por enésima vez el pelo y se retocaba el maquillaje, subiendo unos centímetros su falda y bajando otros tantos su escote. 
-¿Estoy bien? - preguntaba entonces aunque supiera la respuesta, pues entre sus defectos no estaba la falta de autoestima, y comenzaba a hablar de las cosas más inimaginables como una muñeca de Famosa dada cuerda, con un ritornello de cremas de manos y cuello, maquillajes, vestidos y coches de alta gama en donde siempre iba sentada en el asiento del conductor y con gafas de sol convenientemente tituladas con nombres italianos que
Mientras ella hablaba (¡!), ocurrían entonces terribles acontecimientos. Actos fallidos. Desdoblamientos traumáticos entre el yo y el ello en el varón sujeto a estudio que luchaba sin descanso entre el deseo y el sentido común pues

Jamás vi un cuerpo como el suyo, ni un sexo tan esplendoroso que convertía la lujuria en una de las bellas artes, superior incluso al asesinato, como si fuera un verdadero don que te llenaba de fuegos artificiales.
El único problema es que, tras él, sólo quedaba el vacío. Toda su inteligencia se había gastado en un placer como pocas veces sentí en mi vida. Y tras él solo quedaba el más puro hastío como el que a todos nos sucedió tras la duodécima repetición en cámara lenta de la teta inquieta de Sabrina que saltó del escote a la cámara en el acorde preciso. 
Todos fuimos testigos del hecho la misma mañana de año nuevo cuando se repitió hasta en los informativos. Todos menos Rodrigo que andaba purgado una resaca inmune al alcaserse y despertó ya casi de noche, sin haberse enterado que a eso de las cinco de la mañana, mientras yo estaba ocupado con Cristina en una esquina del parque, Ciprian y Solsona tomaron un taxi y le llevaron a casa de sus padres con todas las ventanillas abiertas para que devolviera cómo y por dónde quisiera y le fuera dando el aire helado que todavía no había amanecido. 
Se presentaron así en el portal, abrieron con sus propias llaves y, camino a su habitación, se toparon con su madre en el pasillo, y Solsona le dijo solemnemente:
-No le ha debido sentar muy bien la cena. Los langostinos con mayonesa pueden ser muy traicioneros. 
Y dicho esto le echaron en su cama y se marcharon deseándoles feliz año para regresar de nuevo a la fiesta y, en el parque que había antes del local, rescatarme de Cristina que tras aquellos polvos se había convertido en cenizas y había (francamente) escasas posibilidades de que pudiera ser un fénix disfrazado.

Para entonces Sabrina y sus tetas inquietas habían dejado salir el primer pezón en una televisión española para deleite de los abuelillos, que realmente fueron los únicos que lo vieron en directo, pues los demás estábamos en otros quehaceres y el parque, entre unas cosas y otras, más lleno que el propio local pese al frío sin contemplaciones que la mezcla de alcohol, feromonas y una insultante juventud hacían soportable en aquella Nochevieja extraña (todas las que alguna vez merecieron la pena lo fueron).

Después, sólo ragtime.





sábado, 7 de septiembre de 2024

CIPRIÁN. Los libros que nunca escribiré. 10/04/16💙//2024

Contar la historia de un amor que duró mucho menos que el recuerdo pintado en una de las losas del lavadero de pueblo, allí donde se escondían a la atardecida oyendo la cadencia de la fuente y viendo pasar gatos como sombras.

Allí se besaron y ella, que era veraneante, un día acabo desnuda y fulgurante en la noche de luna, y metidos en el agua del pilón sucedió la tragedia.

Y aquí, tal vez, acabar el libro, como si fuera esta historia.


    CIPRIÁN

lunes, 27 de agosto de 2018

ÁNIMA MUNDI. CIPRIÁN. VIDA DE ARMARIOS

¿Cuántos secretos y oscuros rincones tienen los armarios? A veces, incluso, nos tenemos que mudar de casa para buscar algunos nuevos, todavía más profundos, en donde esconder la imparable cantidad de monstruos que nos habitan.
Pues ellos son lo que realmente somos y nadie tiene derecho a ver; para ello ya nos construimos una máscara (ejercicio de fin de curso de la adolescencia)
Si alguna vez los consiguiéramos abrir... Probablemente entonces sabríamos de cierto cuán miserables somos, y exigiríamos menos a los demás, a la imagen que nos dan los demás con sus armarios perfectamente clausurados.
Y, mientras tanto, unos creen en cualquier dios, otros trabajan, otros hablan en las paradas de los autobuses mientras miran los anuncios sin pausa que nos rodean, prometiéndonos un futuro que por muy pocos euros nos pueden construir y mandar vía Amazon.
Maldita vida de armarios.


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                                               ÁNIMA MUNDI

sábado, 2 de marzo de 2019

ÁNIMA MUNDI. CIPRIÁN. Nuestros Cien Años de Soledad

El libro de tu vida es como el primer amor, inolvidable por otros muchos libros que pasen por tus manos, y a menudo sucede que su lectura viene precedida de signos, extrañas advertencias, que te anuncian el paraíso que vas encontrar.
A mí me lo trajo un ángel, mi querido y llorado a Luis. No los trajo a mí, a Solsona y a Lucas, y convirtió aquel verano en uno de los más maravillosos que haya tenido.

Fue el año en el que terminamos COU, y en gran parte se lo debemos a nuestro profesor de Lengua y literatura, Jose Luis.
Para el último trimestre nos ofreció la posibilidad de subir nota leyendo un libro de la literatura hispanoamericana que no nos daba tiempo a dar en clase.
Lucas eligió a Borges, Solsona se decantó por la política desgarrada de César Vallejo y yo anduve por los desiertos implacables de los habitantes de Comala, buscando a Pedro Páramo.
Luis había elegido Cien Años de Soledad y, durante todo el puente de mayo, no tuvimos noticias suyas.
Cuando regresó de la lectura se le veía distinto, aunque durante días se negó a hablarnos del libro y sólo se atrevió a confesarnos que, pese a las dos lecturas consecutivas, aún estaba comenzándolo a comprender, aunque lo poco que había conseguido entender era tan brutal que no había palabras para descubrirlo.
La cosa quedó ahí, tan ajetreados como estábamos con la maldita selectividad, pero la misma noche que la que celebrábamos que los cuatro que la habíamos aprobado, Luis vino a la cena con tres paquetes iguales: uno para Lucas, otro para Solsona, y otro para mí

Eran 300 años de soledad dedicados que le dieron la vuelta entera a aquel verano, pues nada ya volvería a ser distinto después de haber conocido a los José Arcadios y a los Aurelianos, a Rebeca, a Remedios la bella, al viejo Melquiades o a Mauricio, habitantes de aquel lugar encantado llamado Macondo.

Robando horas al sueño vimos lluvias de pétalos de almendros florecidos y nos quisimos enrolar en algún circo para ver el mundo.

Borrachos de palabras en cada piedra que veíamos era un guijarro de aquellos pulidos por el río cuando las cosas son carecían de nombre y había que señalarlas con las manos.

Y fuimos testigos de guerras civiles sin término y nos empeñamos en engarzar pieza a pieza pececillos de oro como si fuéramos una nueva Penélope, buscando sin éxito un San José de escayola lleno de monedas de oro que tintineaban en nuestros ojos.
Fue todo eso y la enfermedad del olvido transmitida por los animales de caramelo contagiados por el aliento de Rebeca o aquel galeon español varado en medio de la selva.
Tal cumulo de historias como jamas habríamos imaginado en un solo libro que parecía decenas de ellos, uno distinto para cada uno de nosotros
Solsona se quedó para siempre fascinado por el coronel Aureliano y todos los trucos que inventaba para entretener el tiempo y las cosas.
Lucas, sin embargo, fue siempre del bando de Arcadio, el gran fundador de todo un mundo y sus múltiples fantasías.
Reconozco que yo siempre me habría encantado protagonizar el papel de cualquiera de esos dos hermanos de nombres cambiados, mientras que Luis no pudo dejar de sentirse (quien sabe muy bien por qué) el viejo Melquiades, especialmente cuando se colocó al otro lado de la muerte, convertido en un espectro polvoriento que recorría las habitaciones de los descendientes.

En lo que sí nos pusimos de acuerdo y casi sin necesidad de decirlo es que jamás habíamos leído un libro con un principio y un final tan asombrosos y perfectos como los de este libro, y Luis y yo (aunque con motivos distintos) coincidimos en la magia que tenían sus frases, con oraciones que parecían un mar sin fin que se balanceaban suavemente en la cabeza según las íbamos leyendo por la simple presencia de sus adjetivos.
Parecía imposible que un simple hombre pudiera darle esa dimensión al lenguaje, pura poesía apoyada en las cosas cotidianas, música perfecta, según el propio Luis que ideó la peregrina y nunca realizada idea de convertir aquel libro en una sinfonía total, la más perfecta que se hubiera podido componer, pues para él los adjetivos del maestro fueron siempre su particular "descubrimiento del hielo", una metáfora que él nunca quiso explicar, y sólo cuando todo terminara de aquella forma tan terrible, comprenderíamos.
Pues el libro, que entonces nos pareció tan magnífico y perfecto, solo nos empezó a enseñar algunos de sus milagros en aquel verano, y hemos necesitado 32 veranos mas para comprender que es inacabable.
Y ahí estamos todavía




                                               ÁNIMA MUNDI