Bajo el ampuloso título (y la multitud en un cuadro que no es tan grande como parece), Esquivel hace todo un manifiesto político (que no estético) del romanticismo.
Como un Courbert en su estudio, Esquivel hace repaso de todas las figuras (especialmente literarias) de esta corriente del romanticismo español en las que no faltan ni el conde de Toreno ni Espronceda, ambos ya fallecidos.
Evidentemente, los que nunca aparecerán serán ninguno de los miembros del clan Madrazo que habían copado los grandes encargos culturales. Se trata, por tanto, un cuadro de la disidencia (que, por cierto, muy pronto se volverá el grupo hegemónico contra la que reaccionará el realismo y el mundo del 98 a finales de Siglo). Una disidencia bastante poco revolucionaria y bohemia, como podemos ver en sus poses y ropa.
Es curioso también que en esta obra apenas aparezcan pintores, y por supuesto nadie de la veta brava que practicaba una pintura mucho más moderna (tanto en lo técnico como en lo estético o ideológicos) derivada del último Goya.
Esto ocurre porque, aunque opuesto a Madrazo, Esquivel se muestra como un profundo clasicista alejado de los verdaderos experimentos románticos, tal y como se puede ver en su estudio, lleno de obras clásicas, copias de maestros del barroco hispano y (presidiendo de forma indirecta desde su cuadro, la Isabel II que todos cortejan para que les deje entrar en su Olimpo)





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