miércoles, 4 de marzo de 2015

NIÑO MENDIGO. MURILLO


Este famoso cuadro, ahora en el Louvre, nos puede servir para analizar la primera etapa de Murillo a la vez que observamos cómo ha ido cambiando la mentalidad a lo largo del siglo XVII.
Desde el un punto de vista formal observamos a un Murillo aún muy influido por la pintura tenebrista que tanto predicamento había tenido desde el segundo tercio de siglo, influyendo a Ribalta, la juventud de Velázquez o Ribera o casi toda la obra de Zurbarán.
La luz poco matizada con grandes contrastes que genera una gran diagonal que conduce la mirada, el realismo táctil de los objetos, con la cerámica en primer plano para crear un punto de referencia para la perspectiva, la propia extracción social del personaje, totalmente popular o los propios pies sucios son casi marcas de estilo de Caravagio, como ya pudimos ver aquí.

Típico también de la mentalidad más puramente barroca es la insitencia en la pobreza que podría ser analizada desde un doble punto de vista
Es (como aseguran Gállego o Checa y Morán) una de las múltiples estrategias que tiene la Iglesia Católica postridentina para azuzar la caridad de los feligreses (muy utilizada desde el ámbito franciscano).
Así podemos verlo en otro lienzo de Murillo que formaba parte del gran programa decorativo ideado por Mañara en el Hospital de la Caridad de Sevilla
Santa Isabel de Hungría atendiendo a los leprosos. Murillo. Hospital de la Caridad

Otros autores van más allá, y hablan de una forma de constatar la riqueza propia propia a través de la comparación con la pobreza ajena, algo muy propio de la sociedad estamental que justifica la riqueza como algo otorgado por Dios y que se complace en jugar al contraste (ya lo hacía Velázquez poniendo un bufón junto al rey niño o un Baco seboso y blanquecino frente a los pícaros).

Sin embargo, una visión más sosegada del cuadro, nos permite ir más allá y observar que la pobreza del mendigo no es realmente tal. En su figura hay mucho de idealización, de dulzura que no ha logrado matar la pobreza. Sus brazos, su rostro no corresponde a la terrible situación en la que se nos presenta. Bastaría compararla con el famoso patizambo de Ribera para ver la diferencias


Esto tiene algo de estilo personal pero también de signo de la nueva época.
Como es bien visible, Murillo nunca se complació en los aspectos desagradables de la vida, sino por el contrario, fue un gran cantor de sus bellezas (se cuanta que, en el plano personal, siempre fue una persona cercana y generosa).
Por otra parte no debemos olvidar que las grandes glorias del imperio español están comenzando a convertirse en cenizas, y una gran parte de la sociedad busca un cierto consuelo más que la pura realidad que todos los días puede ver en cada rincón de Sevilla.
Se está iniciando así una estética de lo bello y dulce, de lo agradable de observar; una religión hecha más para la resignación que el castigo o las glorias imperiales que ha de entrar por los sentimientos, como ya había utilizado Rafael o, mucho más cercano, el propio Alonso Cano.



Es el punto de inflexión que nos trasladará del puro barroco al mundo rococó en donde los valores femeninos, la belleza, la exquisitez eliminará el realismo (a veces tan brutal) y la sinceridad anterior. Un arte más de gusto y deleite propio que de gran propaganda.
La propia obra de Murillo irá encaminada hacia esos paisajes, como ya hemos visto en sus series de Inmaculadas.


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