lunes, 1 de febrero de 2016

JUAN DE BORGOÑA. Conjunto de Carboneras de Guadazaón. Cuenca


Juan de Borgoña, activo entre finales del XV y primer tercio del XVI, se nos muestra como uno de los pintores que, junto a Yañez de la Almedida, mejor recogen las ideas del renacimiento florentino.

Trabajó especialmente para sectores de la nobleza profundamente humanistas, entre los que destaca el propio Cisneros para el que realizará numerosas obras en la catedral de Toledo (retablos de la Concepción y de la Epifanía, decoración de la Sala Capitular).

Probablemente este conjunto que analizamos se encuentra vinculada al ambiente toledano, pues el hermano del comitente era el propio Arcediano de Toledo en torno a los primeros años del siglo XVI.

Su estilo ya se encuentra totalmente definido y su claro italianismo hace pensar en un conocimiento directo de Florencia aunque no exista prueba documental ninguna.

Frente a otros autores que ya hemos analizado (como Pedro Berruguete o Luis Dalmau), en Borgoña apenas si encontramos rasgos flamencos, y sólo algunos esgrafiados sobre pan de oro para los fondos le conectan con lo hispánico, casi como una concesión decorativa típica del ambiente hispano (que da una mayor apariencia de riqueza) que poco tiene que ver con el resto de las escenas.

En ellas encontramos una constante alusión a arquitecturas quattrocentistas (aunque bastante evolucionadas) que sirven como marco de ordenación de las composiciones.
Gracias a ellas consigue un espacio unitario y coherente mucho más italiano que flamenco que suele abrirse hacia el paisaje por medio de puertas o rupturas de paredes, creando perspectivas lineales rigurosas y precisas.

Sus figuras se muestran solemnes pese a su canon esbelto, con unos ropajes clasicistas que se apartan de los paños acartonados flamencos y una dignidad (especialmente en los varones) verdaderablemente notable.

Todos estos rasgos junto a su luz cristalina y sus paisajes poéticos, le acercan a la forma de trabajar de Guirlandaio: una pintura serena pero que no renuncia ni a la belleza ni a las pequeñas anécdotas que acentúan la idea de un mundo amable dentro del clasicismo.

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