martes, 16 de septiembre de 2014

VIRGEN CON NIÑO. LIPPI


Tras el estallido "antiguo", profundamente perturbador, de la primera generación florentina (Masaccio, Castagno, Ucello), a mediados del XV la pintura florentina cambia radicalmente de rumbo buscando una nueva sensibilidad que triunfará con Ghirlandaio o Botticelli.
Es lo que llamó Antal, las incertidumbres florentinas, que Clarck vinculó con los cambios sociales.
Y es que frente a la experimentación en el campo de la perspectiva, la anatomía o el claroscuro; se sucede una nueva sensibilidad mucho menos arriesgada que, sin prescindir de los descubrimientos anteriores, tiende a una belleza idealizada y serena, mucho más humana y cercana a las formas de sentir de una burguesía enriquecida y ya definitivamente asentada que se vuelve mucho más conservadora en lo estético, acercándose a una forma de ver más sentimental.

En la misma encrucijada de este cambio de rumbo destaca la figura de Lippi que unifica la religiosidad (y dulzura) de Fra Angelico, las novedades de Masaccio o Castagno en volumen o perspectiva (como podemos encontrar con el Niño o en la sensación espacial generada por la venera)  o ciertas ideas sobre el detalle y lo anecdótico que están llegando desde Flandes (como los tejidos de la ropa de la Virgen).
Con todo ello construye una pintura sumamente personal en las que destacan sus madonnas con Niño de exquisita belleza, acaso un tanto relamida, de rasgos septentrionales y suave melancolía.
Estos modelos serán básicos en Botticelli o Ghirlandaio, y seguiremos encontrado su rastros en su hijo (Filippino Lippi) o en el propio Rafael

Madonna. 
(La modelo fue la famosa Lucrezia Buti, monja de la que se enamoró el pintor)

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