viernes, 8 de abril de 2016

CANOVA. PAULINA BORGHESE






















La carrera artística de Canova ya se encontraba totalmente asentada en la Roma de los papas cuando fue reclamado por el emperador Napoleón para que se convirtiera en su escultor oficial (de la misma forma que había ocurrido con el pintor David).
Buscaba en él todo el prestigio de la Antigüedad (aunque matizado por el Renacimiento y el Barroco) para recrear una nueva (y a la vez clásica) imagen del poder.
De todas sus obras para Napoleón acaso sea ésta la más exquisita y refinada.
Representa a la hermana menor (Paulina) que es representada como nueva Venus victoriosa, con una manzana en su mano que refiere al famoso Juicio de Paris.
Como diosa del amor aparece semidesnuda, con las piernas cubiertas por un leve paño (a veces mojado) y recostada en un triclinium clásico

Como es habitual en el neoclasicismo, la escultura tenía un punto de vista preferente, el del perfil, organizado en un triángulo escaleno que nos permite la visión de uno de los perfiles más bellos de la historia de la escultura. Si nos giráramos, encontraríamos una imagen extraña, sin ningún tipo de ritmo ni belleza

Toda la obra está llena de sutilezas, desde el citado perfil a la rigidez eterna de su torso que se contrapone con el suave movimiento de las piernas bajo los paños que le dan movilidad y le acercan al mundo humano.

Su propio rostro, apoyado casi sin hacerlo sobre la mano, nos da un perfil no estricto lleno de melancolía al modo de Praxíteles y contrasta con la sensualidad de sus pechos y sus caderas que marcan la presencia del pubis por medio del pliegue de los mantos que lo ocultan y, a la vez, lo recrean.
El control del material es absoluto y (siguiendo la línea abierta por Bernini), nos distingue las distintas texturas de las telas a través de sus pliegues mientras la piel se nos hurta y se convierte en pura porcelana, idealización absoluta de la belleza, más allá de las modas


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