lunes, 19 de noviembre de 2012

Análisis y comentario. NOTRE DAME DU HAUT en RONCHAMP . LE CORBUSIER.


 Realizada en 1950-54 sobre el solar de un antiguo santuario destrozado totalmente en la Segunda Guerra Mundial

 Planta  movida y compleja (con ángulos agudos) que, sin perder sus formas claras, busca un mayor dinamismo y una multiplicidad de puntos de vistas según el espectador la rodea, obligándole así a participar de una forma activa en la misma

 Alzado. Los materiales  son modernos, en especial el hormigón y el cristal. La resistencia y flexibilidad de dichos materiales permite distribuir libremente la planta interior (planta libre) o crear efectos expresivos en la distribución de los vanos.
Siguiendo el esquema planteado en el plano, el alzado tiende a la expresividad a través de las formas esquinadas y en talud, y la irregularidad a la hora de distribuir los vanos, buscando efectos de inestabilidad y tensión.
Por el contrario, en el interior, la luz buscan efectos de penumbra coloreada al modo medieval que tiene un sentido de recogimiento y espiritualidad.

Cubierta. Se emplea un techo de hormigón fuertemente expresivo a través de su masividad y estructura en pico. El propio color  del material influye en su dinamismo (y su sensación de pesantez, creando nuevamente sensaciones de inestabilidad sobre el blanco, delicado, casi frágil, que le sustenta).
La extensión hacia el exterior de la cubierta puede ponerse en relación con un elemento típico del autor (el brise-soleil o quitasol de hormigón), que será muy utilizado en su última época.

COMENTARIO.
Tras ser el inventor del estilo funcional o el urbanismo moderno, Le Corbusier nunca quedó preso de sus postulados (como sí le ocurrió a muchos de sus seguidores) y siguió evolucionando en sus formas y presupuestos ideológicos.
Especialmente a partir de la II Guerra mundial sus búsquedas fueron girando sobre dos grandes ideas.
Por una parte la importancia del material que originó el movimiento brutalista en donde el hormigón no se encubre bajo capas de pinturas y se nos muestra en "bruto", con potente tactilidad.
Junto a esto, y posiblemente influenciado progresivamente por la arquitectura de Gaudí (pero también por los movimientos expresionistas de principios de siglo), rompe definitivamente con la línea recta, las formas geométricas y las maneras modulares para buscar una arquitectura de expresión, concebida (al menos en sus exteriores) como una verdadera escultura con cierta inspiración orgánica.

Ambas ideas ya estarán presentes (aunque subordinadas a un funcionalismo a gran escala, cercano al urbanismo) en su Unidad de habitación en Marsella, y se irán desarrollando cada vez con mayor intensidad hasta llegar a obras cumbres como ésta que comentamos, verdadero ejercicio espiritual que pretende una arquitectura habitada por sentimientos.
Las consecuencias de este segundo Le Corbusier serán inmensas, siendo la pieza en donde arranques todos los movimientos anticlásicos de la segunda mitad del siglo, normalmente englobados bajo la etiqueta de deconstructivismo (desde Utzon y su Ópera de Sidney al Guggenheim de Bilbao de Ghery o la arquitectura de Calatrava). Toda una forma de entender la arquitectura desde valores más expresivos que funcionales

Juan Aranda Espinosa y Vicente Camara

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