martes, 2 de junio de 2015

LISIPO. APOXIOMENOS

Réplica en yeso de la copia romana.
Museo de Escultura de Valladolid

Hace ya tiempo hablábamos de Lisipo como el último clásico (postclasicismo) y el primer autor moderno (helenístico) de la escultura griega.
Si hay alguna obra en la que se refleje todas sus novedades (siempre ancladas en un minucioso estudio de Policleto) es su famoso Apoxiomenos.
El tema ya es claramente significativo, el de un atleta al que se han eliminado todos sus rasgos heroicos (realmente es el anverso del Discóbolo de Mirón). Lo encontramos cansado, taciturno, totalmente humano en la simple y rutinaria tarea de limpiar el barro de su cuerpo con el strigiles.
Y es que igual que el Hercules Farnesio o su Marte pensativo, Lisipo gusta de la cara oculta de los dioses y héroes, más allá de la fama, el aplauso o el poder. Una tendencia que ya se empezaba a advertir en Praxíteles y sus temas banales. 
Es la humanización del mito que habían cultivado Fidias o Policleto, rebajando la capacidad de idealización y belleza absoluta para acercarse a lo puramente humano, con su gesto cansado (en lo corporal), su expresión perdida (en el rostro) y su pelo revuelto.




Sus características técnicas trabajan en el mismo sentido.
Como ya hablábamos, Lisipo ama y odia a Policleto y a la vez que retoma la idea del canon, la destroza al hacerlo más alargado, proponiendo una cabeza pequeña a un cuerpo excesivamente musculoso.

De la misma manera estudia el famoso contraposto de Policleto (que utiliza en la carga de sus piernas que hacen desequilibrarse las caderas de forma vigorosa), y lo vuelve a negar con la postura de los brazos, especialmente en el adelantado.


Este poderoso gesto de escorzo frente al espectador cambia por completo la idea de la estatuaria clásica.
Ya Praxíteles había trabajado en miembros superiores que se alejaban vigorosamente del tronco, pero nunca había osado a interrumpir la visión frontal de la figura con el obstáculo visual que supone ese brazo en escorzo.

Con él la escultura gana en profundidad (constituye su espacio propio) y obliga a la contemplación en círculos.
Se crea así la escultura múltiple, constituida por varias impresiones visuales que tanto cultivará Bernini, uniendo espacio a cenestesia (movimiento), y que sólo con Picasso y su visión múltiple cubista se culminará definitivamente.
En una de estos círculos el espectador comprobará con asombro como la posición no era tan estable como pensaba y encontrará una diagonal escondida en un avance hacia delante (especialmente visible en la parte de las piernas) que hasta entonces le había pasado desapercibida

Y es que, como decíamos antes, el Apoxiomenos está en las antípodas del Discóbolo, también en el aspecto técnico y estético. Comprobadlo por vosotros mismos.



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