domingo, 11 de febrero de 2018

REMBRANDT. SANSÓN CEGADO POR LOS FILISTEOS


Aún joven Rembrandt emprende en la década de los 30 una serie de cuadros de gran formato en donde pretende medirse con sus maestros, los italianos y Rubens.
Se trata de escenas sumamente narrativas (una característica que se irá diluyendo con el tiempo para buscar una pintura más intimista que, incluso en plena acción, nos plantea una imagen congelada, previa a los acontecimientos, en donde más que la acción se retrata el ambiente que reina junto a ella)

La obra representa el comienzo de la tragedia de Sansón, cuando privado de su fuerza al cortársele la cabellera (fijaros en la derecha a Dalila con su pelo en la mano, tras haber pasado una noche de amor en su tienda), es cegado por los filisteos.

Compositivamente, la obra no puede ser más barroca, generada por un cruce de diagonales que convergen en la cara de Sansón, al que brutalmente le está entrado por el ojo la daga del soldado que le apresa por el cuello.
De forma secundaria, otra diagonal generada también desde su cabeza, nos conecta con Dadlila, que huye corriendo hacia la izquierda.
Sin embargo, acaso lo más espectacular de la obra sea su increíble utilización de la luz.
Rembrandt ya conocía las novedades caravaggiescas a través de la escuela de Utrech, y sobre ellas elabora un estilo personal que añade nuevos tratamientos.

Por una parte, y al contrario que Caravaggio, Rembrandt utiliza un foco interno de luz, lo que producirá nuevos efectos, como el profundísimo contraluz en donde se delinea el soldado de la lanza (casi como una verdadera sombra recortada, reforzando el gesto), la plena exposición a la luz de la figura escorzada de Sansón (creando, junto a las diagonales, el verdadero centro visual del cuadro), y sobre todo los brillos que surgen en los elementos metálicos que nos ayudan a reconstruir sus figuras y será casi una imagen de marca del maestro.

Su pincelada aún no es tan suelta como lo será en su época más madura, ni la luz tan dorada y sugestiva, aunque ya si encontramos ese desprecio por la belleza en favor de un realismo (atroz, como es en este caso) que se separa por completo de sus predecesores





























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