sábado, 20 de julio de 2024

AQUELLAS PRADERAS AZULES. Sensaciones

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Fueron las telarañas de luz en el azul profundo de la piscina.

Fue esa imagen, la geometría imprecisa del sol iluminando la piscina, mientras escuchaba los Beatles en la terraza, la que lo provocó todo.

Escuchaba  mientras tomaba un café y, al asomarme, vi la mañana recién inventada y un sol que hacía arder el suelo de gresite de la piscina como una invitación.

El agua tan azul y fría, el sol, la hierba recién regada.

Estaba sólo en la casa y encendí un cigarro para completar el círculo.

EUREKA

No había vuelto a escribir nada con un poco de cohesión desde aquel cuento de amor y rabia con el que había ganado un concurso de la radio y ahora, entonces, estaba frente a mi un cuento nuevo, tan fascinante como imposible para mis pocos años.

Aún así quise intentarlo y en verdad no fracasé, sino que apareciste TÚ unos días después y el mundo cambió de dirección.

Ni literatura no hostias. El milagro de tus ojos verdes borró todo lo demás de la faz de la tierra y el cuento quedó olvidado en un cuaderno que quedó en la Sierra en espera de un verano más propicio para contar todas esas sensaciones de calor, frío, agua e hierba, dejadez de lectura tumbado sobre ella, pues de aquello iba verdaderamente la cosa.

El siguiente verano yo sólo podía escribir lo desgraciado que era tras haberlo dejado contigo y luego llegó pronto el frío, porque en realidad, desde ese catorce febrero no se había ido un temblor en los huesos y el dolor de seguir viviendo sin la felicidad una vez conocida ... y perdida.

Por eso hubo que esperar otro nuevo verano en donde, esta vez sí, volví a coger el cuento y, aún sintiendo tu falta dentro lo volví a intentar... hasta que te contrataron (precisamente a tí!!!) de socorrista de la piscina de la urbanización y no pude resistir el bikini azul de infarto que me removió todo por dentro (y no sólo los sentimientos).

Por eso volvió a pasar otro año más y al tercer verano, cuando volvió a sonar Culture Club en mi alma y tus besos, lo conseguimos.

Por la noche escribía mis cuadernos azules recordándote, y luego, más tarde, cuando cesaba el murmullo de la depuradora y se apagaban las faroles interiores de la urbanización, el horizonte de montañas oscuras se llena de estrellas y, con ese Tubulars Bells en los cascos, ir desgranando como un entomólogo un insecto cada una de las sensaciones que ocurrían en el un día de verano, desde las losetas frías en los pies descalzos al levantarse de la cama al café dulzón por las tres cucharadas de azúcar y un toque de frescor por el chorro de limón, como se hacía en casa de Ciprián.

Igual que esos sintetizadores eternamente repetidos sólo sucedía lo que ocurría, sin pasado ni futuro. Sólo un presente sin razones ni sentimientos; puras sensaciones, como el olor de la hierba húmeda de la piscina y el frío enloquecedor del agua tan azul que te arrancaba un pequeño grito, el cuento no investigaba si de placer o dolor.

Pues no quería eso, sino simples estados de la materia, como las gotas resbalando por la espalda como cuchillos fríos mientras el sol comienza a morder la piel con su calor, agujas sonrientes que se tensan sobre la espalda mientras un sueño lo invade todo y, al pasar la mano se siente la toalla y su suavizante y, tras ella, la jungla pequeña de la hierba que va perdiendo su frescor de noche.

Quería contar todo eso, y la risa cristalina de los niños jugando en el agua; el aroma a cloro y frío de las salpicaduras; el aire espeso de resina de las arizónicas que bordeaban el recinto y su sombra seca, acaso llena de ruido, que competía para perder siempre con la sombra de los fresnos que tenían su viento propio, una pequeña brisa que se agradecía tras secarse y sentir la piel acartonada como papel arrugado.

Allí leer un rato pero sin siquiera conocer el título de la obra ni el autor. Sólo esa fragancia del papel que siempre me recordará a mi abuela y el tacto de sus hojas, algunas ingratas en sus bordes que cortan como navajas.

Leer y, después, cerrar los ojos muy fuerte para ver un universo de puntos rojos

(¿Seremos así por dentro?)

Contar todo esto en cinco folios por las dos caras de letra apretada y corregirlo mil veces ese verano con la intención de enseñártelo y nunca hacerlo.

- ¿Por qué? - me preguntarás tú en mi propia imaginación que te pone las palabras de estas conversaciones.

- Por miedo, quizás. Porque no te guste, porque no lo comprendas (y te haga sentir inferior), porque sea una pura mierda. 

Da lo mismo por lo que sea, pues lo cierto que siempre te puse excusas y nunca te lo dejé leer.

Ni siquiera yo mismo quise darle más vida que la propia escritura, y no lo pasé a máquina para mandárselo por ese correo literario que manteníamos ese verano Ciprián y yo.

Y quedó en la carpeta azul de Centauro, y en algún momento un rapto de furia me hizo pasarlo a máquina (la Olivetti de color verde caca de niño enfermo) y presentarlo de nuevo a un concurso radiofónico que, por supuesto, no gané.

Era demasiado fenomenológico (diría Lucas si leyera esto); le faltaba alma y sentimientos (concluiríamos Ciprián y yo).

Un puro transcurrir de las cosas que pasan como agua por las piedras, sin penetrarlas nunca. Por eso fracasaba.

Por eso y porque (a veces ocurre) hay narraciones y canciones que necesitan su tiempo propio para crecer y madurar.

Por eso necesité tres años más y un nuevo renacer contigo para, un día en la Pedriza, comprender que este cuento lo había empezado a escribir siete años antes para que se completa en ese mismo momento.



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