martes, 2 de septiembre de 2014

SANTO TOMÁS. VERROCCHIO


Hace unas semanas analizábamos Putti y delfín, la vertiente más cercana a la grazia en la obra de Verrocchio.
Hoy, sin embargo, cambiamos radicalmente de registro para estudiar acaso una de las mejores y más complejas esculturas del autor, la duda de Santo Tomás.
Su propio encargo ya es todo un índice de la importancia que tuvo el artista a finales del Quattrocento, pues la fachada de Orsanmichele era un verdadero museo de escultura renacentista en donde ya habían participado Donatello (el San Jorge que vimos aquí), Ghiberti, Nanni di Banco, Giambolonia, Orcagna...

Aún más, esta escultura significa toda una ruptura con los modelos anteriores, al incluir un grupo frente a las tradiciones figuras aisladas (la gran mayoría) y, sobre todo, romper con el marco arquitectónico (el tabernáculo y nicho en la pared), avanzando ideas que ya serán típicas del Cinquecento.

Para ello romperá con la postura frontal que hiciera, entre otros, Donatello para, quitándole importancia a los propios personajes, concentrarla en el gesto de la duda (los dedos que tienen que palpar la llaga para al fin creer) y en la relación de ambos.

Todo realizado a través de la postura del santo que dará casi la espalda al espectador  para, saliendo físicamente del marco arquitectónico, introducirnos en él a través de su gesto.
Algo generado a un maravilloso movimiento de pies que Leonardo retendrá en su memoria para mover a sus futuros personajes (como ya vimos aquí)




















Y junto a lo anterior, unos pliegues asombrosos, duros, potentes, que más que envolver la figuras, las generan, que volveremos a ver reaparecer en Miguel Ángel.


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