martes, 4 de febrero de 2014

EL GRECO. LOS APOSTOLADOS


Cuatro conservados (más o menos íntegramente) y al menos uno o dos más (a los que corresponderían las piezas sueltas de distintos museos) fueron los apostolados realizados por El Greco y su taller, todos ellos pintados en sus últimos años, posiblemente la etapa más fecunda del autor y más rentable (por la aparición de nuevos mecenas en la corte madrileña de Felipe III a los que se unirían los tradicionales toledanos).

El tema, que ya aparece en las portadas góticas (las llamadas de los Apóstoles, como en Valencia o el propio Toledo) y comienza a ser frecuente tanto en el ámbito norteño (grabados de varios autores, entre ellos Durero) e Italia (Rafael - destruidos), y será posiblemente El Greco el que inicie el tema en España.

Y es que, como habla Checa, la Contrarreforma convierte al santo en el nuevo héroe cristiano (como hemos podido ver en Ribalta o Ribera), aunque, como analizaremos posteriormente, en el caso del Greco aún héroes místicos que provocan la contemplación.
Dichos apostolados (tanto los del Greco como los anteriormente citados) rompen con la imagen global de Cristo y los apóstoles en la Última Cena  del primer renacimiento (como harían Castagno o Ghirlandaio), y separan en cuadros individuales a los apóstoles. Pensados para sacristías, la pared menor será ocupada por Cristo mientras que, enfrentados, seis apóstoles le flanquearían, dirigiéndole la mirada.

Cada uno de ellos se le representaba con su símbolo parlante (la cruz en aspa de San Andrés, la copa con el dragón a San Juan...) y, a partir del Greco comenzarían a utilizar todo un lenguaje de manos y gestos (el lenguaje de los ademanes, Wittkower; influencia de las ideas de fray Luis de Granada, Checa Cremades) que será fundamental para la creación del arte barroco (los famosos afetti que hemos ya visto en Caravaggio o Bernini).

Sin embargo, la gran novedad que aportará El Greco (y que será una de las causas de su éxito) es unir en sus figuras dos géneros hasta entonces separados. Por un lado la pintura piadosa medieval típica de la baja Edad Media y que Morales había modernizado, creando unas maneras devocionales para la oración privada en las que se eliminaba el entorno (convertido en un fondo oscuro por la iluminación) y se despojaba a la figura de referencias narrativas. Se conseguía así una imagen próxima (media figura o, como máximo, tres cuartos) fuertemente iluminada que permita la concentración de su rostro y sus manos del espectador. En palabras de Sarah Schrolt  creando "una atmósfera de plegaria tranquila y meditación interior"

A estas maneras, el Greco rompe con los característicos estereotipos para convertir a cada apóstol en un retrato. Un hombre cualquiera elevado a los altares, como luego Caravaggio hará insistentemente.

La diversidad de los peinados y rasgos faciales, los distintos movimientos y posiciones ante el espectador y, fundamentalmente, la profunda introspección psicológica, hacen de cada uno de ellos una vera imagen con la que el visitante podría entablar conversación interior, encontrando lo humano dentro de lo divino como un nexo de unión.

Precisamente esta última idea enlaza con un apunte que realizábamos al principio del artículo. El Greco, aún inmerso en el espíritu de la Contrarreforma, conecta más con ciertas corrientes cercanas a la heterodoxia. Toda una idea de la religión como vivencia interna, personal, subjetiva y poco dada a la codificación litúrgica que había arrancado a finales de la Edad Media, la Devotio moderna. De ella derivará Erasmo y más tarde Lutero, pero también conocerá una vida paralela en la zona hispana y que será el fermento del misticismo (con raíces islámicas, Ibn Arabí) de Santa Teresa o, más aún, San Juan de la Cruz, que llegaron a ser sospechosos a ojos de la Inquisición.

Una religión irracional y sin ritos en donde el individuo intenta la revelación por sí mismo y el pintor, con distintos medios que analizaremos en otros artículos, es el dedo que señala a la luna, un simple medio por el que transita el fiel, escalera hacia lo alto.

En este caso son el lenguaje de gestos y el retrato divino los que le permiten la oración silenciosa, pura introspección, esa atmósfera de comunicación subjetiva con la imagen que actúa como un verdadero espejo






















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