En 2013 Libeskind completó este complejo comercial y de oficinas que debía conectar el gran parque del rey con el Kö, la calle de compras de lujo de Dusseldorf.
Su edificio comparte la sinuosidad del parque (realizado al estilo inglés), reflejándose en su lago y haciendo reflejar sus árboles en sus fachadas de cristal, y la sofisticación del Kö, integrando nuevas tiendas de lujo a la ya atiborrada y exquisita oferta.
Para ello creó dos edificios conectados por una pasarela superior cuyas plantas inferiores se dedican a tiendas, siendo oficinas las exteriores.
Sus fachadas se encuentran tratadas por medio de la alternancia del mármol y el cristal que generan dibujos en sus muros ondulantes, abruptamente interrumpidos por sus ya tradicionales aperturas en forma diagonal que articulan el espacio (aunque, frente al expresionismo del museo judío de Berlín, mucho menos rotundas, incluso suavizadas por la vegetación)
DALE AL PLAY PARA CONOCER UNA HISTORIA QUE, BAJO LOS NOMBRES SUPERPUESTOS, CUENTA UNA HISTORIA TAN SUMAMENTE REAL .
Hay miradas que van más allá de la propia mirada, y tienen esa rara cualidad de traspasar las barreras con las que nos vamos rodeando para no ser dañados, yendo camino directo hasta los sentimientos. Eso fue lo que me ocurrió con Luis (Carlos en el original). Ante él no puse oponer ninguna distancia previa, pues con un solo gesto desbarataba cualquier plan de autodefensa.
Recuerdo como si fuera ayer, y ya han pasado dos años, el día en el que nos conocimos. Era un cinco de agosto; un agosto tórrido (creo que se dice así), tan típico de su ciudad. Yo pasaba las vacaciones con mi prima y su novio y habíamos quedado con algunos amigos suyos para cuando cayera la tarde.
Yo me había duchado por tercera vez en el día (es tan insoportable vivir en este sudor continuo) y me vestí sin lujos: unos pantalones vaqueros y una blusa fina sin hombros, pues en ningún momento se me podría haber ocurrido lo que iba a pasar horas después, y tanto mi vestido como mi ánimo eran los de pasar una tarde tranquila y un tanto monótona, como otras tantas.
Damián (el novio de mi prima Charo) no hacía otra cosa sino refunfuñar (¡qué bonita palabra!) mientras nos arreglábamos.
- Llegamos tarde, como siempre - decía una y otra vez en sus paseos nerviosos por el pasillo.
Y era verdad, pues eran las ocho y todavía no habíamos salido, aunque toda la culpa no fuera nuestra, pues Damián había ocupado el baño (el muy señorito) hasta cerca de las siete, y luego solo se le ocurrió meternos prisa.
Por si fuera poco, camino hacia el Metro, Charo se paró en seco, dio media vuelta y salió en dirección a casa. "No, si yendo con mujeres, ya se sabe...", dijo.
Aunque no me gustó en absoluto el comentario, opté por callarme. De nada valdría discutir, y aún menos con Damián, ante el que había comprobado ese dicho español de que tanto las simpatías como las antipatías son mutuas.
Cuando regresó Charo todo sofocada tuvo todavía que aguantar las patochadas de Damián a las que ella no hizo caso alguno, y se puso a hablar conmigo como si nada ocurriera. (Cómo me gustaba ese rasgo de carácter de mi prima, esa capacidad para ponerse por encima de las cosas que la rodeaban y seguir su camino. Por esas cosas (y otras tantas) le admiraba, pues sólo tenía cuatro años más que yo: ella 25, yo 21).
Como era evidente, llegamos tarde a la quedada en la estación del Metro.
- Ya sabéis, mujeres - dijo como palabras de saludo Damián al ver a sus amigos, un tal Roberto (al que sólo vería aquella tarde) y otros dos más de los que ni siquiera llegué a retener los nombres.
No debían ser personas muy cercana a Charo, pues ella, tras saludarlos brevemente, se separó de ellos y se volvió hacia mi para ponerse a charlar conmigo como si estuviéramos solas.
- Apenas les veo - me dijo ante mi cara de extrañeza.
- Ya.
- Pero luego viene Luis (Carlos en el texto original). Ya verás cuando le conozcas, es alguien muy especial
Y yo volví a asentir, intrigada por el tono que habían tenido sus palabras.
La conversación se hizo lánguida (languideció aparece como corrección a mano en el texto) entonces y pasamos varias estaciones en silencio, observando la variopinta fauna del vagón en la que me sorprendió la casi absoluta falta de inmigrantes. No había negros como ocurría en París, apenas algunos sudamericanos. Había muy pocas mujeres solas y muchos grupos de gente de nuestra edad (y más pequeños aún) vestidos de punta en blanco, hablando a gritos, uno de ellos con un gran radiocassette puesto a todo volumen.
Fue la primera vez que en aquel verano escuché a Roxette.
- Mira, Ventas, Martina (Virginia en el original). Aquí está la plaza de toros.
Yo puse una mueca de asco que a mi prima la hizo sonreír.
- ¿Eres taurina, Charo?
- Ni lo soy ni lo dejo de ser.
- ¿?
- Es una tradición. Ya está
Como tantas de las que este país de mis abuelos y mi madre seguían viviendo sin plantearse nada más.
Iba a preguntar algo cuando el tren volvió a detenerse (y no en medio del túnel, como ya nos había pasado varias veces) y la cara de Charo cambió de repente.
- ¡Ese Damián! - dijo una nueva persona al entrar en el vagón - ¡Charo!, que bien que hayas podido venir.
Y entonces le vi por primera vez, casi como una aparición.
- Martina (Virginia en el original), mira, te quiero presentar a un gran amigo.
Y lo primero fueron sus ojos, ¡siempre sus ojos castaños! No parecían tener nada extraordinario pero... Eran tan brillantes, tan lúcidos (¿?). Tenían tanta...
-Luis (Carlos)... Martina (Virginia). Martina (Virginia)... Luis (Carlos) - oí decir desde muy lejos, más allá del brillo de aquellos ojos que por primera vez me miraron, y de repente sentí un beso en la mejilla cuando su cara se aproximó a la mía.
Volví a la realidad y los besé, por tres veces. Él se quedó extrañado aunque yo no supe por qué.
- Martina (Virginia) es mi prima... Vive en Francia (Alemania en el original).
- ¡Ah, claro! - respondió él sin que yo tampoco entendiera.
Durante la creación de la plaza de San Carlos, y vinculada con la boda real del heredero con Cristina de Francia, se le encargó la reforma de la iglesia, especialmente su fachada, que se relacionaba con otra pareja (San Carlos). Ambas formaban un fondo escenográfico para la plaza y su calle central (tal vez inspirado en la piazza del Popolo de Roma)
Para ello recurrió a un esquema romano en donde las columnas y las pilastras creaban un gran aparato arquitectónico tras el cual se desarrollaba una forma cóncava, cerrada por un gran frontón.El gran óculo central (ovoide) relacionaría visualmente amos pisos.
Al interior se mantuvo la forma cajón con techumbre de madera que simplemente se enriqueció.
La iglesia de San Carlos (ya en el siglo XIX), remozó su fachada para emparejarse con ella, aunque sin toda la decoración escultórica
Citando a Burhard, una de las características más exquisitas del arte islámico es su capacidad para hacer expresiva la luz, configurándola como si de un sólido se tratase.
Es un objeto básico de construcción y decoración que utilizarán para reforzar ideas que ya hemos ido analizando (el ritmo, la unidad y la multiplicidad, lo celestial)
No debemos olvidar que, por otra parte (y como herencia de lo platónico), la luz se encuentra íntimamente relacionada con la divinidad que (como es habitual en este arte) es mostrada siempre por medios indirectos (El paso de las horas, del tiempo, de lo mudable que, como una pura apariencia, esconde la unidad y eternidad de Allah)
En unos momentos puede desmaterializarse por medio de las celosías
Shirin Bika Agha Mausoleum. Samarcanda
o los lucernarios (que en origen tendrían vídrios de colores) de los baños que conseguirían un efecto de materialización de la luz en el ambiente húmedo
O atraparse en la compleja arquitectura de los mocárabes que cambiarán de forma a lo largo del día según cambie la luz
Sala de las dos Hermanas. La Alhambra
(algo que se repetirá incansablemente en su arquitectura en ladrillo para las zonas exteriores en donde el relieve genera formas fluidas sobre la propia arquitectura)
A menudo me enciendo y, sin poder evitarlo, tomo el ridículo mando de policía de balcón e inquisidor general y bramo a los imbéciles que, saltándose todo confinamiento posible, beben sin parar cervezas en un nutrido y denso grupo junto a las puertas de la tienda del chino.
Mientras grito no puedo dejar de recordar a Luis y una de sus más características frases que debía de haberse convertido en el lema del gobierno frente al coronavirus.
-Nos vamos a extinguir pero no por un virus o la contaminación, sino simplemente porque no cabe un gilipollas más
Por lo menos delante del chino no.
Como tampoco por las calles estrechas en donde ceder el paso es una serie de ciencia ficción sin apenas audiencia y todas estas gilipolleces que te encogen el alma como las mascarillas por debajo de la nariz o los perros y niños fatigados de tantos paseos y...
Pero entonces te paras.
Lo haces e... intentas la empatía.
Ya son muchos días confinados, piensas, y la gente necesita un respiro, una pequeña esperanza para seguir adelante que no es justo...
Más de cien conductores multados por intentar salir por las principal carretera que conduce a las playas de Huelva, escuchas en la radio y toda tu empatía se esfuma y te gustaría ser R., tan bestia como él, pues parece incomprensible que la gente no se entere de que cada día mueren más de trescientas personas que se contagian por todas estupideces cotidianas de no saber respetar la distancia en la cola del supermercado y salir, lo veo desde mi terraza, por la mañana a comprar un paquete de tabaco, antes de las 12 a por el pan, por la tarde a comprarse una cervecita donde el chino, y luego, un poco más tarde, al Mercadona a por un paquete de magdalenas y, un poco antes que cierren, al Día para proveerse de una coca cola grande.
Todo dando una vuelta entera al barrio para ir parándose con los otros conciencidadísimos ciudadanos que hacen lo mismo y convierten las calles en un carrusel de encuentros fortuitos en donde el virus se alegra de haber conocido a tantos gilipollas juntos.
Ya han pasado tantas pandemias coronavíricas que todo nos parece normal, incluso el de tener que encerrarse semanas sin aviso previo, varias veces al año.
Ya casi no somos conscientes de esto ni de las mil maneras que cambiaron nuestras vidas las pandemias, desde la forma de explotación laboral, ahora llamada teletrabajo, en donde el empresario ahorra costes materiales mientras estira como un chicle indefinido el horario de trabajo, a las nuevas distancias sociales que olvidaron para siempre los abrazos, o la moda (que nació entonces para quedarse) del pelo largo y mal cuidado.
Tantas cosas en la que no estuvo (pardiez) la defenestración de todos los políticos, pensadores y periodistas que utilizaron la pandemia para sus intereses espúreos de mantener el poder (en cualquiera de las escalas de nuestro frondoso estado descentralizado), ganar oyentes o
Con ellos nació lo que luego se llamó la nueva democracia del miedo en donde se dictaron nuevas leyes restrictivas para poder combatir las pandemias reales y otras tantas imaginarias que exquisitos pensadores y voceros comenzaron a explicar una por una en medios de comunicación y redes sociales que se fueron expurgando de todo tipo de bulos en los que primero se incluyeron el pensamiento incorrecto, luego el contestatario para terminar con el crítico.
Así ocurrió, niños míos.
Eso y otras cosas que yo os seguiré contando aunque me persigan por ello y me acusen de deslealtad que se paga con el confinamiento final en Buenos lugares para la desintoxicación y