martes, 12 de febrero de 2013

LA NUEVA FACHADA DEL BANCO DE ESPAÑA DE RAFAEL MONEO. Arquitectura para paladares atentos



Todo el mundo que conozca Madrid habrá pasado por este edificio gigantesco que hace esquina con las calle de Alcalá y el Museo del Prado, aunque posiblemente muchos de ellos hayan prestado atención a esta fachada
Un edificio decimonónico historicista, verdaderamente emblemático de la capital, que se ha ampliado en varias ocasiones.

La última de ellas la realizó Rafael Moneo en 2003, imponiéndose a otros proyectos como Bohigas, Cubillo de Arteaga, Moreno Barberá, Vázquez Molezún ...
La verdadera prueba su verdadera genialidad (a mi juicio, por supuesto) es su propio desconocimiento. Me intentaré explicar
Frente a otras propuestas más rupturistas, Moneo ha apostado por el camuflage como forma de salvaguardar el volumen y la visión general, respetando (como tantas veces ha hecho) la historia y la memoria visual de los espacios.

Esta actitud, sin embargo, muy fácilmente podría haber caído en el pastiche, lo que no ocurre con esta fachada; una actitud posmoderna le salvaguarda de ello.
Para comprenderlo no hace falta más que ir acercándonos lentamente hacia la fachada comparándola con las antiguas.


Desde lejos casi podemos confundirlas, pues Moneo utiliza la misas formas arquitectónicas, con una estructura tripartita en altura con grandes pilastras con grutescos y columnas que flanquean un paño central. La estructura se corona por acróteras (en los laterales) y un escudo en el central.
De esta manera, como decíamos, respetando el esqueleto arquitectónico se produce el mimetismo.
Pero acerquémonos más y empecemos a comparar con cierto detalle los distintos elementos decorativos para encontrarnos con la sorpresa.

Rápidamente nos daremos cuenta que frente al neorrenacentismo de los grutescos o las acróteras nos encontramos con esculturas que bien podría haber firmado Subirach, una irónica lectura pasada por los recuerdos (que no la esencia) del cubismo y ciertas formas expresionistas que modernizan el lenguaje y lo insertan en la pura actualidad.



Como veis una perfecta estrategia posmoderna al modo Venturi en donde se juega con la historia (y el arte) de una manera tan discreta y poco ostentosa que casi podría parecer (sin serlo) una broma o, más bien, un refinado plato sólo para paladares atentos que cambia la ciudad sin que parezca que lo hace.


Y como guinda, al reducir brevemente la altura de la portada, Moneo nos regala una vista poco habitual: la cubierta de la ampliación de José Yarnoz Larrosa, un bello ejemplo de arquitectura del hierro y cristal (1929)



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